12. Donovan #2
Buena pregunta. Tengo que admitir que no me importaría un tercer asalto con Carrie.
Había conseguido mantener a raya mis necesidades sexuales hasta ahora, pero desde que he vuelto a arrancar con ella, ya no resulta tan fácil.
Llevo dos días pensando en lo mismo. Da igual, no aceptará repetir de todas formas.
—Te llamo.
—Vale. Luego hablamos.
La vista se me llena de lucecitas cuando dejo la barra. Tengo los brazos ardiendo y la frente empapada de sudor. Es como si me hubiera exigido tanto para soltar algo que llevo dentro. Mi padre me echaría una bronca tremenda. Arriesgarme a que me dé un tirón por una sesión de pesas es de idiotas.
Después de pasar por la taquilla, me meto en la última cabina de las duchas del vestuario.
Es la más amplia y la única que tiene un banquito de azulejos para sentarse.
Pero, sobre todo, lo más importante es que es la más apartada, y no me apetece que ningún compañero me pille con las manos en la masa.
No me molesté en avisar a Carrie de que volvería al club de lectura esta noche, pero imagino que esta vez se lo espera.
Giro el pomo y empujo suavemente la puerta de la sala. El mismo grupo que el mes pasado está sentado a la mesa, enzarzado en una discusión que parece bastante acalorada.
De un vistazo rápido localizo a Carrie entre las demás. Nadie me ha visto todavía.
—¡Una polla enorme! —corean dos voces al unísono.
—¿Habláis de mí? —suelto con voz alegre.
Todo el mundo se calla, y luego unas risitas llenan la sala mientras avanzo hacia ellas. Mi querida profe me lanza una mirada resignada por encima del hombro.
—¡Ay! Eres un tío de lo más...
—¿Bien dotado? —termino por ella mientras le estrujo el moño.
«Está tan suave y esponjoso, ¡me encanta!».
Aparta mi brazo, aunque me dedica una ligera sonrisa de bienvenida. «¡Victoria!». Esta tía necesitaba desfogarse como agua de mayo, no me arrepiento de haberme sacrificado.
—Has vuelto, ¡qué bien! —exclama una morena cuyo nombre se me escapa.
Por suerte, Carrie acude al rescate y vuelve a hacer las presentaciones.
—Encantado de veros otra vez, chicas. ¿Qué se cuece en el reino de las lectoras compulsivas?
—¿Te has leído el libro? —se emociona Lynn señalando con la barbilla la novela que llevo en la mano.
—¡Sip! Hasta los agradecimientos.
—Estábamos analizando el personaje de Rodney. ¿Qué te parece?
Saco una libreta de la mochila y busco las notas que he ido tomando.
—¡Guau! ¡No te has quedado corto! —se entusiasma Amanda.
—Yo nunca hago las cosas a medias —respondo, aprovechando el doble sentido para picar a Carrie—. He seguido los consejos de mi coach emocional . ¿Estás orgullosa de mí? —añado, mirando a la interesada.
—Bien hecho, Wolinski.
Nos enzarzamos en un duelo de miradas, pero cedo antes de que se me vaya la cabeza a pensamientos guarrillos.
—A ver, Rodney... Un padre que lo apaliza, una madrastra que abusa de él, luego el perro que le muerde. Después van y le queman el coche, lo atraca una banda criminal mexicana y le dejan tirado en el desierto. Pues menuda papeleta.
—Demasiado drama —comenta mi vecina, sorbiendo por la nariz.
—Está en el fondo del pozo cuando, oh milagro, se cruza con una exestríper de humor ácido. Hablando de ella, ¿qué le pasa con los besos?
Reconozco que mi pregunta no es inocente. Ese detalle se me quedó grabado, porque tuve la sensación de que Carrie hizo todo lo posible por evitar mi boca mientras me cabalgaba.
—Es el síndrome de Pretty Woman —explica Amanda muy seria—. El típico rollo de la chica que «lo hace todo, pero no besa en la boca».
—¿Por qué?
Me giro instintivamente hacia Carrie al preguntarlo, pero ella mantiene la vista clavada en su vaso.
—Porque para ella es demasiado íntimo —continúa Amanda.
—¿Más íntimo que una penetración?
—Eso es muy subjetivo —interviene Lynn—. A mí, personalmente, me da igual.
—¿Tú qué opinas, Carrie? —le pregunto, frunciendo el ceño.
—No me choca que actúe así.
Me quedo mirándola, intentando descifrarla. Me desconecto de la conversación y me pregunto qué demonios estará pasando por su cabeza.
—¿Donovan? —me llama Eleanor.
—¿Me has dicho algo?
—Te preguntaba tu impresión general de la historia.
Vuelvo a coger el cuaderno.
—Sexo, road trip , sexo, mentira, discusión, sexo, disparo, boda, hijo.
Levanto la cabeza.
—Ah. Me he dejado el pene enorme.
Garabateo una ilustración rápida y cierro la libreta.
—Creo que estamos todos de acuerdo en que la historia no es gran cosa —concluyo.
—Falso, ¡nos encantan los tíos torturados! —protesta Eleanor, echándose la trenza hacia atrás—. La forma en la que superan sus bloqueos, se curan las heridas y renacen de sus cenizas... Es precioso.
—Ah... ya...
Es lo único que se me ocurre decir. De hecho, esas dos palabras resumen prácticamente todas mis intervenciones siguientes. Me queda mucho camino por recorrer en el terreno de la novela romántica, porque el noventa y nueve por ciento de lo que dicen estas chicas no me provoca nada.
—Conmigo aún te queda mucha tela que cortar —le advierto a Carrie mientras salimos hacia el aparcamiento.
—He visto tu cara de desesperación —se ríe por lo bajo, mirándome con cierta compasión—. Pero me ha gustado tu análisis de Rodney. Me dieron ganas de enterrarlo en el desierto y escribir en la arena «aquí yace el tipo con peor suerte del universo».
—¿Con un corazoncito al lado?
—Con un pene gigantesco —matiza con toda naturalidad.
«Joder, ¿por qué ha tenido que decir esa palabra?».
—¿Dónde has aparcado? —pregunta, buscando mi coche.
—He venido andando.
—Entonces ¿por qué vas en la misma dirección que yo? Tu piso está al otro lado.
—Es tarde. Te acompaño hasta tu habitación y luego igual me paso por casa de Lane. Ya vendrá Adam a buscarme.
—Muy amable por tu parte, pero estoy acostumbrada a cruzar el campus sola los viernes por la noche, ¿sabes?
—Te acompaño.
—Bonita iniciativa. Te doy diez puntos por eso.
—Ah, ¿que ahora llevas la cuenta?
—Acabo de decidirlo, sí. Ganarás créditos por cada gesto que hagas digno de un buen novio.
—Te voy a reventar el marcador, nena.
—Lástima, acabas de volver a cero.
—¿Por lo de «nena»?
—Exacto. Como mínimo es empalagoso; como máximo, ridículo.
Procuro caminar muy despacio, esperando que el aire fresco calme mis ganas persistentes y, de paso, espero alargar un poco más nuestra conversación, tan instructiva como siempre.
—Entonces, según tú, ¿debería tatuarme algo chulo en el pecho para reforzar mi lado oscuro?
—Es sexi .
—¡Está muy visto!
—¿Te dan miedo las agujas?
—No le tengo miedo a nada.
—¡Respuesta incorrecta! Tienes que trabajar tu lado vulnerable, a las chicas les gustan los chicos sensibles.
—La última vez me dijiste que odiabas a los llorones.
—Te hablo de sensibilidad, no mezcles.
La discusión continúa en su escalera, delante de la puerta de su habitación. Esta cabezota quiere tener la última palabra, como siempre.
—Gracias por acompañarme —dice, con voz melosa y pestañeando.
Se apoya en la pared mientras busca las llaves en el bolso. Apoyo la mano en la pared, por encima de su hombro, buscando una excusa para que me deje entrar. (Erección: uno ‒ Aire fresco: cero) Por fin encuentra el llavero y se da un susto al levantar la cabeza.
La tensión que sale de mí viaja enseguida hasta ella, y me encanta oír cómo traga saliva. Agita la mano entre los dos para indicarme que me aparte. Incapaz de encontrar un rodeo para llegar hasta donde quiero, opto por el ataque frontal.
—Diría que vuelves a estar frustrada —susurro.