12. Donovan
Donovan
Un ruido de voces lejanas y de tacones repiqueteando sobre el suelo me saca del sueño. Mi habitación está ultrainsonorizada, así que esto no es nada normal. A menos que Lewis y Adam hayan decidido traer gogós a casa... Algo que le pegaría a Lewis, pero en absoluto a Adam.
Tardo un momento en recordar que esta noche no he dormido en mi cama.
La luz del día se cuela entre las cortinas cerradas, cambio de postura para ponerme de lado, y la alfombrilla turquesa que tengo delante de los ojos me despierta del todo.
Ese pequeño trozo de tela inocente sobre el que Carrie y yo nos acostamos... la segunda vez.
No estaba previsto repetir, pero apenas había anudado el preservativo y me había zampado tres M tan sorprendida como desequilibrada, se cae hacia delante soltando un grito ahogado.
Intento sujetarla como puedo para que no se abra la barbilla, y mi acto heroico me deja sin aliento.
Bueno, más bien es el cuerpo de Carrie cayendo pesadamente sobre el mío lo que lo provoca.
Apoyo un codo en la moqueta y levanto el cuello antes de echarme a reír. Los espasmos de mi barriga hacen rebotar el culo que ocupa todo mi campo de visión. Me veo tentado de darle un par de cachetadas a esta bonita perspectiva, pero algo me dice que sería el último gesto de mi vida.
En un ángulo imposible, mi love coach se retuerce y rueda hacia un lado.
—Es el despertar más épico que he presenciado en mi vida —comento, empujándome con los brazos para sentarme.
Me fijo en su cara mientras se coloca los mechones rebeldes detrás de las orejas.
¿Me sorprende no despertarme con una tía de ojos hinchados por culpa de un rímel corrido?
Sí. ¿Alucino al ver hasta qué punto Carrie está en el extremo opuesto, con esos ojos grandes y la marca de la almohada en la mejilla? Es posible.
—¿Has dormido aquí?
Su capacidad de deducción es increíble.
—Eh, sí. Caíste rendida en tu cama y a mí me quedaban las fuerzas justas para arrastrarme hasta la otra.
—Ah.
—¿Qué? ¿Te da vergüenza verme aquí después de nuestra noche loca de desenfreno?
—Me parece que estás exagerando ligeramente.
—¡Anda que aún lo negarás! —replico con una mueca satisfecha.
—¿Y quién te dice que no lo haya fingido? —suelta forzando una sonrisa.
—Dame un segundo para encontrar las palabras correctas... Lo leí en algún lado... ¡Ya está, lo tengo! Pues lo sé porque tu coñito estrecho, húmedo y perfecto me apretó la polla en un delicioso abrazo de terciopelo.
Se le desencaja la mandíbula. He dado en el blanco.
—Estoy creando un monstruo... —finge alarmarse.
—Sin olvidar tu orgasmo explotando en un millón de pequeñas partículas luminosas...
—¡Vale, basta, por favor, me vas a dar asco al final!
—En cualquier caso, te veo de un humor radiante. Ha merecido la pena.
Se encoge de hombros mientras asiente, antes de tirar del cuello de su camiseta para olerla.
—Tengo tu olor por toda mi ropa —susurra, poniéndose de pie—. Voy a darme una ducha.
—No nos dio tiempo de comentar lo de Max y Sheryl. ¿Quieres que vayamos a desayunar después?
—Vale, pero que sea algo rápido. Ya me he perdido la primera clase del día.
Desaparece en el baño y, después de volver a ponerme el resto de la ropa, me tumbo otra vez a mirar el techo.
«¡Qué noche más rara!». Había venido a arreglar las cosas con Carrie y acabé arreglando bastante más de lo previsto.
La verdad es que me estuve preguntando cómo reaccionaría esta mañana, y me alegra ver que la situación no es incómoda.
—¿Vamos?
Me giro hacia Carrie, que está a mi lado, ya vestida.
Le tiendo una mano; la coge sin protestar y me ayuda a incorporarme.
Nuestra diferencia de altura la obliga a levantar la cabeza hacia mí.
Mientras se aplica un bálsamo transparente en los labios, recuerdo que no la besé ni siquiera una sola vez mientras nos acostamos.
—¿Vamos? —repite, chasqueando los labios.
Recojo mi mochila y el móvil antes de abrirle la puerta. Mientras cruzamos su residencia, noto miradas sorprendidas siguiéndonos.
Una vez fuera, Carrie se detiene y apoya el índice contra mi pectoral.
—Por cierto, lo de esta noche es top secret , ¿vale?
—¿No vas a llamarme Donny? —pregunto, solo para picarla.
—Jamás-en-la-vida.
—¿Lo vamos a repetir? —me oigo preguntar en voz más baja.
Al decirlo, me palpita la entrepierna, y el pantalón aprieta que revienta y me atormenta. «¡Bonita rima, oye!».
—No está previsto —articula, tragando saliva—. Una vez ya es...
—¡Dos veces!
—Necesito ese café —zanja, retomando la marcha.
Carrie se bebe el café en tiempo récord.
—¿Quieres otro o te va a poner demasiado nerviosa?
—Sí, otro. Me espera un día largo.
—¿En plan?
—Tengo clase hasta las cinco y luego he quedado con John en su casa.
—¿Con ese tío de la biblioteca?
—Sí.
—¿Qué vais a hacer?
Mi tono no suena como pretendía. Noté la química cuando los vi hablando; estoy seguro de que esos dos ya han pecado.
—No me mires como si fuera a tirármelo —se indigna, robándome el dónut—. Aunque podría. Pensaba hacerlo, de hecho —añade, dando pequeños mordiscos—. Pero solo voy a depilarle la espalda.
Había olvidado su actividad paralela.
—Además, ¿por qué me estoy justificando?
No es que yo no haya estado con dos tías con menos de cuarenta y ocho horas de diferencia entre ambas, pero me sentiría profundamente picado si ella pensara acostarse con ese John cuando la huella de mi polla seguramente sigue aún marcada en ella.
—¿Habéis salido alguna vez, él y tú?
—No. Me cae bien, pero nada más. Ambos perdimos la virginidad juntos cuando íbamos al instituto. Básicamente para quitarnos el tema de encima, y después repetimos unas cuantas veces.
—Me dejas a cuadros. Me había imaginado que le habrías entregado tu flor a tu primer amor.
—¿Has memorizado muchas frases como esa? —pregunta, limpiándose la boca.
—Un montón.
Se ríe abiertamente. Es agradable.
—¿La primera chica con la que te acostaste estaba enamorada de ti?
—Para nada.
—Como ves, no todas somos delicadas florecillas. ¿Cómo se llamaba?
—Ana Anderson. Íbamos juntos al instituto en Washington. Ella también estudió aquí, pero terminó hace dos años.
—Espera, ¿perdiste la virginidad con Ana Anderson? ¿La estudiante de Veterinaria?
—¿La conoces?
—No la llegué a conocer, ya se había ido de la facultad cuando llegué yo. Pero ¡todo el mundo conoce a esa chica! ¡Ha desvirgado a más tíos que Courtney Love!
—Me juró que, de todos, yo era su favorito.
—Te mintió, colega. Le dijo lo mismo al hermano de una amiga.
—¡Todas mis certezas se derrumban! —exclamo, llevándome las manos a las mejillas.
Se vuelve a reír. Creo que mi polla es mágica, porque la Carrie que tengo delante no se parece en nada a la de antes.
—Me gusta cuando estás así —le digo en voz baja, casi en confidencia.
—Ya, bueno, no te acostumbres demasiado, ¿vale? Tengo que irme, nos vemos más tarde.
Sale disparada, y no me da tiempo ni a despedirme ni a preguntarle qué entiende exactamente por «más tarde».
Como cada viernes, paso varias horas en el gimnasio con Lewis.
Aunque los entrenamientos todavía no han empezado oficialmente, sigo un plan deportivo muy estricto que me preparó mi padre.
Podría escaquearme, pero, aunque él ya no vaya rondando tanto por el campus como antes del infarto, estoy seguro de que tiene ojos y oídos por todas partes.
—Tío, añádeme más peso, porfa —le digo a Lewis mientras vuelvo a subir la barra.
Termina de secarse la cara y obedece.
—Me alegro de verte, Don. Últimamente estás desaparecido.
—Estoy adelantando materia antes de que empiece el campeonato. Es un año clave, no puedo cagarla.
—Ya... No te he visto estudiar mucho. ¿Qué te traes entre manos con la compañera de piso de Becca?
—¿Hablas de Carrie?
«¡Alerta! ¡No llamar la atención, repito, no llamar la atención!».
—Sí, la rubita esa mona que trajiste a casa.
—Quedamos a veces, sin más.
—Raro... Mi Wolinski no suele quedar con chicas... Y hace tiempo que no te veo con ninguna otra. ¿Te gusta?
—Es simpática. Me cae bien, pero nada más.
Acabo de repetir exactamente las mismas palabras que Carrie usó para referirse a John.
—Vale. Es cierto que, de todos modos, no es tu tipo.
—¿Desde cuándo tengo un tipo?
—Bueno, digamos que tienes un no tipo. Y Carrie entra ahí.
Levanto la barra con más fuerza. De repente me noto algo irritado por lo que acaba de decir Lewis. ¿Qué le hace pensar que Carrie no es mi tipo? Me da igual, no es como si estuviera planteándome nada con ella, pero...
—¿Vas a cenar a casa de Lane esta noche? —me pregunta mi colega mientras reduce la velocidad de la cinta.
—No, ya tengo planes.
—Qué vergüenza.
—Pero igual me paso más tarde.
—¿Duermes en el piso?