11. Carrie #2
Le doy al Play otra vez y Donovan se recoloca junto a mí sin replicar, pero sin apartarse tampoco. Su aliento cálido rebotando contra mi mejilla pone todos mis sentidos en alerta. El sonido resuena de pronto más fuerte en mi cabeza.
—Hay algo que no entiendo —intervengo de nuevo sin poder evitarlo.
—Te escucho.
—¿Qué te impide... satisfacer tus necesidades masculinas con una chica que no espere nada de ti?
—Lo que yo espero de mí es lo que cuenta. Siempre tendría la sensación de estar siendo un egoísta.
—No sería así si se lo explicaras a la chica en cuestión.
—Tú eres la única que lo sabe. Así que, a menos que quieras acostarte conmigo, tendré que esperar un poco más.
Me quedo mirando las patas de mi escritorio. Es el momento perfecto para soltarle una pulla, pero no me sale. Uso toda mi concentración para apartar las imágenes que flotan en mi cabeza.
—Aquí es donde normalmente me mandas a la mierda —se sorprende tirando de un mechón de mi pelo.
—Haz como si lo hubiera hecho.
—¿En qué estás pensando, Carrie?
«En ese orgasmo con el que fantaseo».
—En Netflix —respondo, volviendo por milésima vez a la pantalla.
Para hacerme sufrir aún más, los dos actores siguen dale que te pego con sus jueguecitos eróticos. «¡Esto es inhumano!».
Me dejo arrastrar por la estupidez que se expande entre mi pecho y mis muslos.
Donovan vuelve a tenderme una mano llena de bolitas de colores y, mientras hago rodar una entre mis labios, noto su mirada insistente sobre ellos.
—Carrie...
—Puede que esté extremadamente necesitada de sexo, pero ¡no estoy tan desesperada! —estallo sin controlar mis palabras.
—Iba a preguntarte algo sobre el comportamiento de Max, pero ahora que lo mencionas, entiendo mejor por qué estás tan nerviosa últimamente.
—Para nada.
Cierro el portátil y me giro hacia él. Sus ojos bajan hacia la parte delantera de mi pijama; la sensación de la tela sobre mis pezones endurecidos no deja lugar a dudas sobre el espectáculo que le estoy ofreciendo. Cruzo un brazo sobre el pecho, pero ya es tarde.
—Te atrae mi increíble carisma...
—¡Lo que me falta es oxitocina y prolactina! ¡Me importa un bledo tu increíble carisma!
—¿Las hormonas del orgasmo?
—Ah, ¿que lo sabías?
—Me tiré a una estudiante de Medicina.
—Cómo no.
—Si me lo pides con educación, yo...
Vuelve a observar mis pechos ocultos, mis pezones intentan llamar su atención presionando contra mi brazo.
—Sabes que yo...
—¡Por Dios, cállate!
—Como quieras —cede—. Pero estoy totalmente a favor si cambias de opinión. Los dos saldríamos ganando. Una Carrie más relajada y un Donovan más ligero.
Habla en un tono despreocupado, y no estoy convencida de que vaya en serio.
Puede que solo lo diga para ver mi reacción...
Por mi parte, sopeso los pros y los contras de ese acuerdo excepcional.
Me saca de quicio nueve de cada diez veces, no tengo ninguna intención de salir con él, y está buenísimo. Sería un buen sustituto de John.
—Supongamos que, en un momento de debilidad, me planteo esa opción... Estamos de acuerdo en que se limitaría a un momento de placer, ¿no? Quiero decir, que sería algo puramente pasajero, ¿verdad?
—Sí, señora.
—Y estaría claro que no tiene nada que ver contigo ni... En fin, que básicamente me estaría aprovechando de tu polla.
—¡Tú sí que sabes cómo ponerme cachondo!
Nos quedamos mirándonos un rato, pero una parte de mí —la mitad inferior— ya ha tomado su decisión.
—¿Has traído protección? —pregunto con tono despreocupado.
—No.
Pongo los ojos en blanco.
—Espera, te recuerdo que yo no había venido aquí para esto, en principio.
—Regla número uno del book boyfriend : llevar siempre un condón en el bolsillo trasero de los vaqueros, ¡pase lo que pase!
—Pero ¿quién hace eso? Y aunque lo hiciera, llevo un pantalón corto de deporte sin bolsillos.
—Sí, bueno, si tú tampoco pones de tu parte...
Me giro hacia un lado y avanzo de rodillas hasta mi cómoda.
Abro el cajón inferior, rebusco dentro y saco mi caja de preservativos.
«¡Qué alegría volver a veros, chicos!». Arranco uno y vuelvo hacia Donovan.
La forma en la que me mira me da ganas de tirarme por la ventana, pero le lanzo el sobrecito acompañándolo de un gesto con la cabeza.
Lo hace pasar de una mano a otra con una mueca inquietante.
—Venga, ¡acércate! —ordena con una sonrisa victoriosa.
«¿Sí? ¿No? ¡Mañana por la mañana me voy a flagelar tanto!».
Borro la distancia que nos separa, respiro hondo y paso una pierna por encima de las suyas para sentarme a horcajadas. Transcurren varios segundos y, cuando apoya las palmas a lo largo de mis muslos, me quedo sin respiración.
—¿Piensas quedarte con el camisón y los calcetines largos? —pregunta mientras sube las manos hasta que quedan medio escondidas bajo la tela.
—Sí.
—¿Y las braguitas también?
Mmm, qué dilema. Tal como está la goma de estas bragas viejas de las que debería avergonzarme, podría perfectamente colarse apartando la tela. Aun así, decido quitármelas y maniobro para deslizarlas, una pierna tras otra.
—Podría habértelas arrancado como en los libros.
—Nadie arranca bragas en la vida real —sentencio tirándolas lo más lejos posible.
Me alegra conservar el camisón; no me imagino completamente desnuda sobre él.
—Bueno... —empieza dando una suave palmada sobre mis piernas—. ¿Apagamos la luz?
—Sí, sí.
Extiende el brazo, tira del cable de mi lámpara y acciona el interruptor. No estamos completamente a oscuras; puedo distinguir perfectamente el contorno de su cara. Desliza las manos hasta mis caderas y me empuja más contra él. Me aferro a sus hombros soltando un gemido lascivo. «Allá vamos».
—¿A quién vas a imaginar? —susurra—. ¿Al tío de tu libro fantástico?
—Sí, muy buena idea —respondo, ya sin aliento.
Estoy tan tensa y excitada que el más mínimo roce se extiende por todo mi cuerpo. Sigue haciéndome balancear contra su erección; aprieto la base de su nuca mientras me muerdo los carrillos.
—¿Estás segura de esto?
En respuesta, deslizo las manos entre nosotros y tiro de la goma elástica de su pantalón corto para que baje, a lo que él levanta las caderas para ayudarme a quitárselo.
Me obligo a no fijarme demasiado en lo que estoy sosteniendo entre las manos ahora mismo.
Y, sobre todo, a no pensar en lo que estoy a punto de hacer con él. «Donovan Wolinski».
Le oigo rasgar el envoltorio del preservativo. Contraigo los muslos para elevarme lo justo y, antes de arrepentirme, vuelvo a caer lentamente sobre él.
Un gemido grave y simultáneo vibra en el aire húmedo, mientras un «¡Uf, joder, por fin!
» llena mi mente. Apoyo la frente contra su clavícula, y me quedo así el tiempo necesario para acostumbrarme a su embestida.
Aún no ha empezado nada de verdad y, sin embargo, los músculos de mis piernas ya están fuera de juego, paralizados por la electricidad que me recorre con demasiada intensidad.
Siento los labios de Donovan posarse en mi cuello.
Me estremezco al cerrar los brazos alrededor de él.
Ya he perdido el control y me dejo arrastrar por la sensación, pero él no me da tregua y toma las riendas de mi cuerpo; me hace subir y bajar dominando el ritmo de forma precisa.
Aún no me he adaptado al nuevo compás cuando, de pronto, acelera.
—Deja de gemir así... no voy a aguantar... —consigue decir con dificultad.
«¿Gemir?». Ni me había dado cuenta; de hecho, tengo la sensación de haber perdido toda mi capacidad auditiva. Su boca trepa por mi mejilla. Tengo la impresión de que busca mis labios, pero no dejo que los alcance.
—¿Por qué no quieres besarme?
Quiero decirle que el sexo me basta y me sobra, y que el resto es para quien quiera algo más. En su lugar, opto por la respuesta útil.
—Lee más romances y entenderás por qué.
No parece ofenderse.
Permanezco en la misma postura, sien contra sien, saboreando el inicio de lo que estoy esperando. Y no tengo que esperar mucho. Mis caderas golpean más rápido, más fuerte, y una oleada fulminante me atraviesa de arriba abajo. «¡Sí, sí, sí! ¡Larga vida al rey Orgasmo!».
Mi cerebro funciona a cámara lenta; prefiero no obligarlo a recuperar su velocidad habitual. Mejor alargar este estado de embriaguez todo lo posible antes de enfrentar las consecuencias de esta locura. Acabo de tirarme a Donovan Wolinski.