Novio perfecto (Campus Drivers 2) 11. Carrie
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11. Carrie

Carrie

Dos breves golpes en mi puerta me hacen levantar la cabeza tan deprisa que casi pierdo las gafas. Nadie viene nunca aquí sin avisar, y menos un martes por la noche. «A lo mejor ha habido un incendio o un ataque químico...».

Dejo el portátil y espero un poco más; la verdad es que me va el riesgo. «De todos modos, probablemente es un error».

Los golpes vuelven, ahora con más fuerza e insistencia. «Joder, más vale que sea cuestión de vida o muerte, ¡porque estaba totalmente metida en la película!».

Camino hasta la puerta y maldigo que un chicle de los años noventa esté taponando la mirilla.

—¿Quién es? —pregunto, con una mano en el cerrojo.

—Soy yo.

«Muy bien, pero ¿acaso soy adivina?».

Por lo que parece, la voz es de un tío, pero como me llega a través de un tabique más grueso que los de Alcatraz, no la reconozco.

—Vamos a ver, ¿quién se presenta así si no es un inútil arrogante convencido de que su «soy yo» bastará para que le abra?

—Donovan Wolinski —añade entonces.

Me quedo mirando la puerta, boquiabierta, intentando imaginarlo detrás. «¿Qué demonios pinta aquí ahora?». No hablamos en ningún momento de una quedada hoy, y mucho menos aquí.

Vuelve a llamar otra vez. Tiro del picaporte.

—¡Buenas noches! —saluda con voz alegre.

Mi yo interior le daría con la puerta en las narices de muy buena gana.

—¿Qué se le ofrece?

Abre la boca, pero la cierra enseguida.

—Perdón, es que iba a decir algo subido de to...

—Agradezco el esfuerzo.

—¿Puedo pasar?

—Mmm... ¿para qué?

—Pues verás, el primo de Adam ha aparecido en el apartamento por sorpresa y les he querido dejar a solas. Así que he pensado que podía pasar a saludarte.

A su espalda, unas cuantas chicas se han quedado paradas en el pasillo, junto al tablón de anuncios, y nos observan cuchicheando.

«¡Fantástico!, en diez minutos, toda la residencia sabrá que el capitán del equipo de baloncesto ha venido a verme.

¡Y en veinte, todo el campus pensará que soy otra más en la lista de conquistas de Wolinski! ».

—¿Su primo? —insisto con desconfianza, decidiendo ignorarlas.

—Ramos Fernando. Viene de México.

—¿Adam tiene un primo mexicano?

—Una rama lejana, sí. He traído M&M’s —añade, sacando una bolsa enorme de su mochila.

«¡Ale, lo que me faltaba! ¿Por qué ha tenido que elegir justo la única cosa capaz de hacer que me reblandezca?».

—Pasa —suspiro, apartándome para dejarlo entrar.

—Agradezco el esfuerzo —suelta irónicamente entrando en mi habitación—. Oh... esta habitación es...

—¿Escandalosamente minúscula comparada con la tuya?

Me lanza una mueca de disculpa y se deja caer en la antigua cama de Becca. Es rarísimo verlo ahí.

—¿No tienes compi nueva de cuarto? —pregunta, acomodándose el cojín en la espalda.

—No. Becca prefiere que sus padres sigan pagando. No les ha dicho que vive con Carter a tiempo completo. Así tiene un plan B por si la dejan, como a Lois.

—Lewis y yo a eso lo llamamos que te «kirkicen». Bueno, está guay que puedas estar aquí a tu aire.

—Sí, salvo cuando alguien se presenta sin avisar a las nueve y media de la noche...

Añado una pequeña sonrisa para remarcar la broma.

En el fondo, habría preferido que no viniera, porque sigo sufriendo el SFS —el famoso síndrome de frustración sexual—, pero intento trabajar en mi mal humor.

Sigue inspeccionando mi diminuta habitación hasta que se queda mirando la puerta del baño, que se ha quedado abierta.

—El inodoro está tan cerca que podría mear sin moverme del colchón. Triple, sin despeinarme.

—Me encantaría verte intentarlo —lo amenazo mientras cierro la puerta corredera.

—Por cierto, me gusta mucho tu camisón.

—Es una camiseta para dormir —lo corrijo, tirando de ella para taparme las rodillas.

Aprovecho también para subirme los calcetines.

—Si me hubieras mandado un mensaje, habría podido ponerme ropa de verdad —añado con un deje mordaz.

—Sí, hombre, ¿y perderme esto? —se ríe, examinándome de arriba abajo—. ¡Jamás! ¿Estabas viendo una serie?

—Una película.

—¡Así que no solo lees!

—Es la adaptación de un libro.

—¿Cómo? ¿Me estás diciendo que me estoy tragando páginas y páginas cuando podría limitarme a tumbarme en la cama y ver la tele? ¡Me siento traicionado, Carrie!

—Relaja, hay muy pocas adaptaciones en proporción a lo que se publica.

—¿Es de amor? —continúa, señalando mi portátil—. Olvida la pregunta, se cae por su propio peso. ¿Puedo verla contigo?

Oscilo entre su sonrisa simpática y mi ordenador.

—Si quieres.

—¿Tengo que tomar apuntes?

—Ya la comentamos luego.

—¿Cuando los personajes ya estén casados, con hijos y sean dueños de una casita monísima?

—Al final mueren.

— ¡Spoiler!

—Supéralo y ven a verla ya. ¡Y trae los M&M’s!

Mientras vuelvo a mi sitio —sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la cama—, él me imita, sentándose a mi lado. Apoyo el portátil en equilibrio sobre nuestras piernas pegadas y vuelvo a poner la película desde el principio.

Oigo el ruido del paquete de M&M’s al abrirse, y su mano llena de bolitas de colores aparece delante de mi nariz. Voy cogiendo de vez en cuando, satisfecha por el silencio reinante. Donovan no es de los que lo comentan todo. «¡Gracias al cielo!».

—¿Este tío va en serio? —protesta al cabo de un cuarto de hora.

«Me retracto mentalmente».

—No me digas que Max todavía no ha entendido que Sheryl es la desconocida con la que habla por internet. ¡Es ridículo!

—¡Shhh!

—¿Cómo puede confundirla con esa impostora de Abby? ¡Apesta a traición! Seguro que es porque tiene un culo de infarto.

—¡Cállate! ¡Te juro que, si sigues, te echo de aquí por las malas!

—Vale, vale, tranquila. Estás muy tensa. ¿Te estás mordiendo las uñas así desde el principio por Max?

Ha acercado la cara a la mía para decírmelo, y su proximidad me pone de repente nerviosa. «¡Uf, no!... otra vez así, no».

Modero la respiración para recuperar pensamientos coherentes y me concentro en la pantalla.

Donovan estira el brazo sobre el colchón, detrás de mi cabeza, provocándome sin saberlo escalofríos en la base de la nuca y en la punta de los pechos.

«A grandes males, grandes remedios: cuando vea a John la semana que viene para depilarle la espalda, ¡aprovecharé para retomar nuestros revolcones!

Solo una vez, dos como mucho, para relajar el perineo».

No es que sea el polvo de mi vida, pero con él es fácil.

—Espera, ¿no va a acostarse con Abby? Joder, Max, ¡no la cagues! Sal de ese piso, ¡Sheryl vive en el bajo! No, no... ¡Sí! Ahí está.

Me echo a reír. Está completamente metido en la historia, y me gusta verlo tan implicado. A veces olvido hasta qué punto está obsesionado con convertirse en mejor novio.

—¡Amén! Premio gordo, colega, está a punto de dejar que te la fo...

El codazo que le clavo entre las costillas le impide terminar la frase. Se ríe, y su mano, que sigue detrás de mi cabeza, se agarra a mi moño para sacudirlo. «¿Qué les pasa a todos con eso?». ¡Precisamente llevo siempre el pelo recogido para que nadie me lo toque!

Sigue toqueteándolo distraídamente, con la atención totalmente puesta en lo que ocurre en la pantalla.

Mi cuerpo está disfrutando demasiado —¡demasiado!

— de esa estimulación capilar. Sobre todo en un momento como este, en el que mi libido, la escena de sexo de la película y el hombre que está peligrosamente cerca de mí se mezclan en un torbellino peligroso.

De repente tengo calor. Voy recuperando el aliento poco a poco, para que no note el estado en el que estoy.

Max y Sheryl por fin consuman su amor turbulento, y nos lo muestran todo...

Se me contrae el vientre, tengo la sensación de que Donovan pesa tres veces más apoyado contra mi hombro. Aun así, no me muevo ni un milímetro.

—Tienes las orejas completamente rojas —le oigo susurrar.

Le ignoro y acerco una rodilla contra el pecho para aliviar el hormigueo.

—¿La peli es la culpable de que te esté subiendo la temperatura? —insiste en un tono tan bajo que me pone la piel de gallina—. No es tan cursi como pensaba. Me gusta la tensión que hay entre ellos.

—Estoy de acuerdo...

—No pensaba que pudiera provocar tantas reacciones físicas.

—¿Cómo que reacciones físicas? —pregunto, girando la cara hacia él.

—Olvida lo que he dicho.

Los ojos se me van solos hacia cierta zona prohibida, pero reacciono a tiempo. ¿Cómo habría reaccionado si hubiera visto que estaba empalmado? Él se da cuenta y rompe a reír. Está encantado de haberse salido con la suya.

—Mira que eres cerdo. Voy a hacer como si no hubieras dicho nada —murmuro mientras subo el volumen.

«¡Mira quién fue a hablar!».

—Lo siento, es que hace bastante que no practico lo que Sheryl y Max están haciendo.

—¿Bastante? ¡Venga ya! En la escala temporal de Donovan Wolinski, ¿eso qué significa? ¿Una semana como mucho?

—Más de tres meses.

Le doy a pausa. La pantalla se queda congelada en el culo desnudo de Max. «Bonito, por cierto».

—¿Te estás quedando conmigo?

—No.

—Vamos, ni siquiera yo llevo tanto tiempo de sequía... Bueno, más o menos, pero joder, ¡yo no soy como tú!

Extiende la pierna, inclina la cabeza hacia delante y me observa en silencio.

—Más de tres meses... Eso sería finales de junio, principios de julio —razono en voz alta—. O sea, ¿durante todo el verano no has... ni una sola vez...?

Cierro la boca en cuanto mi cerebro ata cabos.

—Bueno, tampoco es para tanto... —balbuceo—. No es tan fuerte, en realidad.

Sigue mirándome, pero ahora no sé dónde meterme. ¿Cómo salgo de esta?

—Es por lo de tu hermana —murmuro al final.

—Te dije que me pasé las vacaciones dándole vueltas. No habría podido acostarme con una chica en ese estado, necesitaba cambiar.

—¡Guau! No pensaba que te hubiera afectado hasta ese punto. Habrá sido duro.

—Duro como una piedra —se burla arqueando una ceja.

—Gracias por los detalles, siempre soñé con ser tu confidente...

—Así que tú tampoco...

— Stop . Fin de la conversación.