9. Carrie
Carrie
Desde aquella encantadora tarde en compañía de Donovan Wolinski, el tiempo ha pasado volando.
Ya es martes, y estos últimos cuatro días han sido tranquilos.
Cero conflictos con mi querida madre. Tal vez el último fin de semana que pasé en su casa haya dado sus frutos.
No me lo creo del todo, pero sigo esperando que, por fin, vuelva a levantar cabeza.
Me vibra el móvil. «Hablando de la reina de Roma...». A mí también me parecía raro este silencio. ¡Ya empieza otra vez el jaleo de siempre!
Espero ver el nombre de mi madre en la pantalla, pero lo que veo en ella me hace fruncir el ceño.
BOYFRIEND
Yo no he escrito eso. ¡Jamás haría algo así! «¿Ha sido Donovan?». Él mismo guardó su número en mi agenda, y no se me ocurrió comprobar qué había hecho.
Dejo que la llamada salte al buzón. El mismo número insiste unos segundos después.
BOYFRIEND
Me entran ganas de pisotear el móvil para que deje de parpadear. Al no obtener respuesta, me manda un mensaje.
BOYFRIEND: Por si te lo estabas preguntando, soy Don. Pero como estás soltera, ¡seguro que lo has pillado al momento!
CARRIE: ¡Ah! Así que eres tú. Para que lo sepas, tengo a un tío en cada puerto. Así que gracias por la aclaración, ¡casi te mando una foto de mis tetas!
BOYFRIEND: No me lo creo.
CARRIE: Acabo de cambiarte el nombre, es más seguro así...
WOLINSKILLME: ¡Me rompes el corazón!
CARRIE: ¿Qué quieres? ¿Quedamos en dos horas y la cosa no podía esperar?
WOLINSKILLME: Justamente, me ha surgido un imprevisto, ¿podemos aplazarlo?
CARRIE: Con muchííííísimo gusto .
WOLINSKILLME: ¿Mañana a las cuatro de la tarde te va bien?
CARRIE: ¡Ok!
WOLINSKILLME: ¿Algún consejillo sensato para aguantar hasta entonces?
CARRIE: Recordad la protección.
WOLINSKILLME: ¡Solo piensas en eso!
CARRIE: El que lo dice lo es.
WOLINSKILLME: Estoy destrozado, tenía muchísimas ganas de verte hoy, eres tan dulce y simpática conmigo...
CARRIE: ¡Soy tan feliz haciéndote daño! Ah, por cierto, ¡no me llames JAMÁS!
WOLINSKILLME: ¡JAMÁS deberías haber dicho eso!
Dejo el móvil en la mesilla y abro el portátil para trabajar.
Reorganizo mis notas, añado alguna investigación personal aquí y allá, pero me cuesta horrores concentrarme.
Me había preparado mentalmente para pasar el final de la tarde con Wolinski, y casi me decepciona que lo haya cancelado.
Me dan ganas de raparme la cabeza solo de pensarlo, pero, contra todo pronóstico, me lo pasé bien en el Sweety.
«¡Debo de tener una vida de mierda para haber llegado a esa conclusión! ».
Cierro el portátil de golpe y me tumbo en la cama con el nuevo libro que he recibido esta mañana.
Al llegar al capítulo seis, me hormiguean los dedos de las ganas que tengo de enviarle un mensaje a Donovan.
Su idea estúpida de querer ser un buen novio me ha calado tanto que, en lugar de disfrutar de la historia, mi cerebro va anotando todos los detalles que podrían servirle.
Al final cojo mi cuaderno de borradores y escribo rápidamente una pequeña lista.
Cuando cierro la novela a las dos de la madrugada, tomo una gran decisión: voy a abandonar los libros románticos y me voy a pasar a la novela negra.
Más que nada, porque acabo de leer una historia entera con la cara de Wolinski como protagonista. Y eso es inadmisible.
Son las tres y cuarenta y siete de la tarde y no tengo noticias de mi alumno de infantil.
He hecho el esfuerzo de aceptar el cambio de hora de nuestra «clase», y parece que ya está harto.
¡Mejor! Eso sí, si cree que puede llegar tarde sin consecuencias, va listo.
Se lo he advertido: no pienso ser una profe simpática.
Le quedan trece minutos para plantarse a los pies de mi edificio; si no, le haré pasar las peores torturas.
Pero ¿por qué me estoy poniendo nerviosa si la hora de nuestra quedada ni siquiera ha pasado aún?
Justo entonces, aparece un mensaje suyo en la pantalla del móvil:
WOLINSKILLME: ¿Puedes venirte a mi casa? He estado entrenando y tengo que cambiarme. A menos que quieras soportar mi fragancia viril (¡he leído en un libro que funciona!). Estoy al otro extremo del campus, y mi piso queda a medio camino.
Me apetece decir que no; no me hace ninguna gracia meterme en su guarida, pero si espero a que llegue hasta aquí seguro que el plan se alarga.
CARRIE: Ok.
WOLINSKILLME: ¡Genial! Hasta ahora...
Me envía el nombre y la dirección de su residencia.
Me pongo unos shorts , una camiseta de tirantes y unas chanclas y salgo al sol de septiembre. Tras quince minutos caminando, me arrepiento de haber aceptado: me muero de calor y estoy casi sin aliento.
—¡Carrie!
Localizo a Donovan por los grandes aspavientos que me hace desde las escaleras de su edificio. Baja trotando a mi encuentro. No ha mentido: está rojo, sudado, y su camiseta de baloncesto no es más que un trapo empapado.
—No te acerques a mí —sentencio haciendo una mueca—. Estás loco, ¿cómo puedes entrenar con este calor?
—Estoy acostumbrado. ¿Subes?
—Puedo esperarte aquí.
—Tengo aire acondicionado y té helado.
—¡Te sigo!
Abre camino mientras me cuenta lo que ha hecho durante el fin de semana.
Al llegar a la puerta de su piso me siento incómoda, pero no me da tiempo de echarme atrás cuando me empuja hacia dentro.
—¿Qué pasa, tío? —oigo que alguien le dice.
Me giro hacia la voz y reconozco a... uno de los suyos. Tengo su nombre en la punta de la lengua.
—¡Eh! Carrie, ¿qué tal? —me pregunta con una sonrisa contagiosa.
—Bien...
«Mierda, ¿cómo se llamaba?».
—Adam —me sopla con un guiño amistoso.
—Perdona, esperaba actuar lo bastante bien como para que no notaras mi lapsus.
—¡Fallaste!
—¡Hola! —dice otra voz a mi espalda.
No me esperaba que el piso estuviera ocupado a estas horas.
Echo un vistazo por encima del hombro.
Es Lane. Fácil acordarme de él después de haber pasado varias semanas con su novia.
La acogí generosamente el invierno pasado cuando discutieron y tuve que aguantar esa especie de depresión que le dio durante días.
Parece que gestionar corazones rotos es mi castigo divino. Primero mi madre, luego Lois...
Es buena chica; eso es lo único que me impidió echarla a patadas gritándole que tener pareja es una mierda.
—¿Qué tal está Lois? —pregunto.
—Muy bien —responde con una voz cargada de amor.
—¿Estáis solos? —pregunta Donovan.
—No, Lewis también está, pero lleva al menos una hora montando una estantería en el baño.
Miro hacia la puerta que señala Lane, cuando un estruendo seguido de un «me cago en la puta» resuena desde dentro.
—Ey, ¿te echo una mano? —digo avanzando hacia el baño.
—Carrie, ¿qué estás haciendo? —exclama Donovan agarrándome por los hombros.
—Tu colega parece necesitar ayuda.
Lane se echa a reír mientras Adam me observa con un puño frente a la boca.
—¿No le has explicado nuestras normas, Don? —le pregunta, claramente divertido.
—¿De qué habláis? —pregunto, inquieta, mirándolos uno a uno.
—¡Está cagando! —me explica Donovan, obligándome a retroceder.
Lo apuñalo mentalmente al visualizar con todo detalle aquello de lo que acabo de librarme. «Ya sabía yo que era mala idea plantarme aquí; ¡tendría que haberle hecho caso a mi instinto!».
Lane apoya un codo en el respaldo del sofá y gira la cabeza hacia mí.
—Para que lo sepas, Carrie, si algún día oyes a Lewis decir que tiene que ir a poner una cuña bajo su escritorio, no entres en su habitación. Bajo ningún concepto, ¿vale?
—Intentaré acordarme —respondo haciendo una mueca.
—No veo qué pintaría ella en su cuarto, de todos modos.
Sorprendida, alzo la vista hacia Donovan.
—¡Yo lo veo clarísimo! —declara Lewis, a quien no he oído salir del baño—. Eres la compañera de habitación de Becca, ¿no?
—Mmm.
No me da tiempo de terminar la frase cuando me estampa contra su pecho a modo de saludo. «¡Espero que se haya lavado las manos!».
—Sacadme de aquí —articulo con voz entrecortada, agitando los brazos.
—Se parece a Lois —se burla Lane.
—¿Qué pasa? ¡Solo me estaba presentando como es debido! —se justifica al fin, soltándome—. Lewis Conley, encantado.
Me aliso la camiseta de tirantes antes de crear un perímetro decente entre nosotros. Detesto la efusividad, sobre todo con este tipo de personajes excéntricos.
—Mírala, la has dejado descolocadísima —exagera Lane con fingida reprobación.
—No, no, ¡estoy bien! —los tranquilizo sonriendo—. Además, tuve un perro que se llamaba Lewis. Era ruidoso y un poco raro... pero muy cariñoso —concluyo, dándole una palmada en el hombro.
—Acaríciame, muñeca —susurra, muy gallito.
—Le pasé por encima dando marcha atrás —sentencio con voz firme—. Creo que sufrió.
—¡Retiro lo dicho! —se carcajea Lane—. ¡Es peor que Lois!
—Siempre os traéis a tías agresivas —lloriquea Lewis, arrastrando los pies hasta la mesa baja—. ¡Nadie me quiere!
Si alguien me hubiera dicho, a principios de año, que acabaría en el cuartel general de los Campus Drivers, habría apostado por una noche demasiado alcohólica o por un repentino trastorno de personalidad.
—Bueno, ¿vienes? —interviene de pronto Donovan.
Doy un respingo al oír su voz; llevaba un rato sin abrir la boca. Dejo de fijarme en Lewis y vuelvo a mirarlo.
—¿Qué estáis tramando vosotros dos? —pregunta uno de ellos, curioso.
—Vamos a recoger higos —responde Donovan, tirando de mi camiseta—. Sígueme, Carrie.
—¡Buena cosecha, Donny! —ironiza Lewis cuando Donovan da un portazo al salir del salón.
—¿Quieres mi consejo diario ahora o dentro de diez minutos? —susurro mientras me dejo guiar por el pasillo.
—Suéltalo...
—Cuando traigas aquí a la elegida, asegúrate de que tus colegas no estén. Y deja que se enamore perdidamente de ti antes de presentárselos.
—Lo tendré en cuenta.
Entra en la última habitación del fondo y se me escapa un silbido de asombro.
—Pero ¿qué es este sitio tan increíble? No sabía que la universidad tuviera habitaciones así.
—Que mi padre sea el entrenador del equipo universitario tiene sus ventajas.
Doy una vuelta sobre mí misma: hay espacio de sobra para hacer la voltereta lateral sin romperte una tibia. Me muero de envidia. Pero lo que más me sorprende es el ambiente. Está limpia, ordenada y bien decorada. Me fastidia admitirlo, pero la habitación de Donovan me gusta.
—¿Esperabas una guarida cutre de soltero o te sorprende simplemente que la cama esté hecha?
—¡Las dos cosas!
—Voy a ducharme, tú como si estuvieras en tu casa.
Sale de la habitación y yo me quedo de pie, observando las cuatro paredes.
Me acerco a su escritorio, curioseo las notas que hay por ahí y luego dirijo la atención a las estanterías y a las fotos colocadas encima.
Los Campus Drivers salen en la mayoría, posando delante de sus coches como si fueran sus propios primogénitos.
Tarareo mientras camino hasta la ventana. ¡Hasta las vistas están bien!
A punto de morirme de aburrimiento, me siento en el borde de la cama y pruebo el colchón. Esto debe de costar una fortuna, nunca había dormido sobre algo tan elástico. Se me ocurre una idea que me hace sonreír.
Me quito los zapatos y me subo de pie en medio de la cama. Es de mala educación, pero es un reflejo que arrastro desde preescolar.
Donovan reaparece justo en ese instante. Lleva solo un pantalón de chándal y una toalla alrededor del cuello. Me mira como si estuviera haciendo el pino. Desnuda.
—¿Qué narices estás haciendo? —dice, entornando los ojos.
—Has dicho «como si estuviera en mi casa».
—Prohibido saltar encima.
—¡Vamos! ¡Por favor! Es que parece uno de esos colchones hinchables para críos.
Empiezo a dar pequeños saltos bajo la mirada insistente de su dueño.
—Carrie...
—Wolinski... —respondo, saltando más fuerte.
—No deberías hacer eso...
Sigo rebotando sin hacer caso a la advertencia.
Cuando mis pies vuelven a hundirse en el edredón, un rebote inesperado me desequilibra y veo pasar mi vida ante mis ojos cuando mi cuerpo toma una trayectoria letal.
Suelto un chillido horrible que enseguida se convierte en un gruñido animal.
Caigo de lado y acabo dándome en la espalda contra la moqueta, mientras mis piernas siguen en alto sobre ese maldito colchón asesino.
Me preparo mentalmente para pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas.
Oigo una risa burlona y luego el crujido del somier, hasta que la cara de Donovan aparece entre mis tobillos.
Tumbado boca abajo sobre la cama, me dedica una mirada insolente, y yo doy gracias por haberme puesto en pantalón corto.
—Te lo había advertido... ¿Necesitas una mano, Wonder Woman?
—¿Y tú una patada, Bad Boyfriend?
Se arrodilla, se inclina un poco y me tiende los brazos. En mi posición perpendicular no veo muy bien cómo piensa sacarme de esta forma, pero me apetece verle sufrir. Le agarro los dedos y, con un gesto absolutamente inhumano, me desliza hasta él.
Mi trasero supera el borde del colchón y me quedo sentada en la cama, frente a él, con las piernas envolviéndole las rodillas.
—Sabes caerte con un sentido artístico indudable —susurra, demasiado cerca de mi cara.
¿Por qué susurra? ¿Y por qué todavía no he soltado mis dedos de los suyos? ¿Y por qué diantres tengo de pronto el estómago encogido?
—¡Me he dado un golpe horrible en la cabeza! —Suelto con la voz entrecortada antes de rodar hacia un lado.
«Vale, Carrie. De verdad que ya va siendo hora de un buen orgasmo porque... ¡estamos hablando de Wolinski, joder!».
Donovan se mueve inquieto a mi espalda; me concentro en mis chanclas y me las pongo despacio.
—¿Quieres quedarte aquí o volvemos al Sweety? —pregunta en voz baja.
Echo un vistazo por encima del hombro: se está poniendo una camiseta y su espalda musculada me provoca un escalofrío. «Una habitación + un tío con el torso desnudo + una Carrie frustrada...».
—¡Al Sweety! —grito sin querer.
Se gira de golpe.
—¿Por qué gritas?
«Wolinski, Wolinski, Wolinski...», me repito hasta el infinito.
—Te espero abajo —suspiro, poniéndome de pie de un salto.
¡Que le den al té helado! Al fin y al cabo, puede que también tengan en el Sweety.
Salgo disparada hacia el salón y, tras un breve adiós a los Campus Drivers, bajo a toda prisa los pisos de la residencia hasta aterrizar en los adoquines.
Levanto la cabeza hacia el cielo y tomo una larga —larguísima— bocanada de aire.
No es suficiente para poner mis ideas en orden, pero sí para aliviar mi angustia.