Novio perfecto (Campus Drivers 2) 8. Donovan #3
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8. Donovan #3

—Lo siento, pero es que él se niega a admitir sus errores —se queja la chica, cruzándose de brazos.

—¿Qué errores? —protesta el tío.

—Tío, llevas veinte minutos mirándole las tetas a la chica del fondo —suelta Carrie, apuntándole con la pajita.

«¿Se ha dado cuenta de eso?».

—¡Ajá! —se carcajea la chica con tono triunfal—. ¡Lo sabía! ¡Qué cabrón!

—¡Eh! Tú tampoco te libras —salta él—. ¿Crees que no te veo mirarle a él por encima de las gafas de sol?

El «él» soy yo. Me acerco el café a la boca y escondo la risa detrás.

—Las cosas ya están claras. Así que salid a dar una vuelta, romped, follad o id a recoger higos —les suplica Carrie—. Lo que queráis, pero, por favor, ¡largaos de aquí!

Todos nos quedamos mirándola sin decir nada hasta que el tío responde:

—Vete a...

—¡Hala, hala! Amigo, ni se te ocurra —le advierto, girándome hacia él—. Llevo un buen rato conteniéndome, así que no me hagas arrepentirme.

Finalmente, remato mi perorata con el ceño fruncido de los Wolinski: una amenaza implacable desde hace generaciones.

—Venga, cariño, nos vamos —gruñe, tendiéndole la mano.

Se levantan y se marchan dedicándonos una mirada asesina.

—¿«Id a recoger higos»? —le pregunto a Carrie.

—¿Qué broma es esta? —se indigna, siguiéndolos aún con la mirada.

—También es verdad que no los has tratado con mucha delicadeza.

—Odio a la gente que hace eso. Lavar los trapos sucios en público me pone...

—¿A cien?

—¡Querías un ejemplo concreto, pues aquí lo tienes! ¡Mal novio!

—¿De verdad le estaba mirando la delantera a otra tía?

—No estoy segura; también había un chico en su línea de visión, pero no he querido empeorar la situación. Pensándolo bien... ¡debería haberlo hecho!

—Eres malvada.

—Levanta ese brazo musculoso para hacerle un gesto a tu groupie , necesito otro batido.

Pongo los ojos en blanco y voy a buscárselo yo mismo.

Al volver a la mesa, dejo el vaso grande de color naranja delante de ella.

—Por cierto, no te has defendido nada mal —me suelta sin rodeos.

—¿Con el batido?

—Con el otro imbécil —aclara, deslizándose la pajita entre los labios.

—¿Te refieres a cuando he defendido tu honor jugándome el pellejo?

Cierra los párpados a modo de asentimiento. Levanto el puño en señal de victoria.

—No cantes victoria tan pronto, Wolinski. Te vi guiñarle el ojo a su novia cuando se fueron.

—¿He hecho eso?

—Ajá.

—Joder, ni siquiera me he dado cuenta.

—Trastorno obsesivo-compulsivo —articula mientras busca su bolígrafo y su lista.

Después de esta escena, por fin podemos charlar con más calma.

Cuando mi móvil empieza a sonar, me doy cuenta de que llevamos más de dos horas en esta cafetería.

—¿Son casi las seis? —cae en la cuenta al mismo tiempo que yo.

—Hemos trabajado bien, ¿no?

—Lo reconozco.

—¿Cuándo nos vemos de nuevo? De momento tengo las tardes libres, ya que todavía no hemos retomado los entrenamientos oficialmente.

Saca su agenda y la consulta murmurando.

—¿El miércoles? —propone—. Termino a las cuatro.

—¿Tan tarde? Hoy es sábado, yo más bien estaba pensando en el lunes.

—¡Tengo vida al margen de ti!

—¿El martes? —lo intento con una mueca tristona.

—Vale, el martes.

—¿Soy yo o te estás ablandando?

—¡Me he acordado de que, cuanto antes nos veamos, antes habremos terminado!

Guarda sus cosas y, ya de vuelta en mi coche, deslizo el dedo por la notificación de la apli para validar mi siguiente viaje.

—¿Te dejo en el mismo sitio?

—Sí, gracias. Es bastante agradable tener a un chófer tan entregado.

Al contrario de lo habitual, el tráfico está sorprendentemente fluido para ser sábado. Casi me decepciona aparcar tan rápido cerca del campus. He pasado un buen rato con ella; ha sido agradable no estar dándole vueltas a la cabeza.

—¿Qué me recomiendas leer mientras tanto?

—Aún me cuesta oírte pedirme eso... Te mandaré una lista. ¿Cuál es tu correo electrónico?

Desbloquea el móvil; se lo cojo y guardo mi correo y mi número. Luego me envío un SMS para tener el suyo de vuelta.

—Ni se te ocurra bombardearme a mensajes —me advierte al recuperar su teléfono.

—Siempre he soñado con tener una confidente —confieso, juntando las manos sobre el corazón.

—Olvídate, eso no va a pasar nunca.

—Puedes enviarme un mensaje por cada idea brillante que saques de tus lecturas. También acepto sexting , si ayuda al ejercicio.

—¡Como si te hiciera falta!

Se separa y aparta de su frente un mechón rebelde que se le ha escapado del moño. De pronto me pregunto cómo será con el pelo suelto.

—Las chicas de antes te están esperando, ¡pásalo bien!

—¿Dónde quedamos el lunes?

—¡El martes!

—Al menos tenía que intentarlo... Pues eso, ¿dónde?

Sale del coche y deja la puerta abierta. Con una mano apoyada en el marco superior de la puerta, se inclina hacia delante para responderme:

—Hablamos el martes por la mañana. Que pases un buen fin de semana.

—Te envío un mensaje mañana por la noche para contártelo.

Levanta el dedo corazón en mi dirección, y la sigo con la mirada mientras sube la calle.

No sé qué saldrá de esta colaboración tan atípica, pero hacía mucho que no me sentía tan bien. Desde julio... y quizá incluso desde antes.