8. Donovan #2
En principio, estar aquí los dos debería incomodarme; sin embargo, me sienta bien.
Ayer, mientras le confesaba el porqué de todo, vi en su rostro que le había afectado, pero eso no le impide lanzarme un sarcasmo detrás de otro ahora que lo sabe.
Esto es tan perfecto que ni me lo creo, y es que yo no habría podido soportar otro enfoque.
No quiero a mi lado a una persona que se apiade de esta historia, solo a alguien que me eche una mano para corregir una faceta de mí que ya no soporto.
Y sé que Carrie es la candidata ideal para eso.
Es más de patadas en el culo que de abrazos reconfortantes.
Supongo que me he vuelto adicto a los métodos duros de mi padre.
—¡Bien! —empieza, destapando su bolígrafo—. Vamos a hacer un esquema de objetivos.
Traza una línea horizontal a lo largo de toda la hoja y escribe un «aleluya» en el extremo.
—Aquí está el resultado.
—Ya lo había entendido.
—Estamos aquí —continúa, dibujando una pequeña calavera al comienzo de la línea—. Si partimos de la base de que al final estarás listo para conquistar a una chica extraordinaria, según tú, ¿qué elementos hay que incorporar para llegar hasta ahí?
Frunzo el ceño ante ese planteamiento... ¿minimalismo y aburrimiento?
—¿Y bien, Wolinski? ¡Te escucho!
—¡Ese es tu trabajo! —me escaqueo.
—Pues no, no lo creo.
—Si te he pedido ayuda es porque estoy perdido.
—Vale. Déjame pensar...
Arranca otra hoja y dibuja una tabla de dos columnas.
—Vamos a listar tus cualidades y tus defectos. Ya partes de un perfil bastante positivo. Deportista, cara bonita...
—¿Te parezco un pibón? —la interrumpo.
—Punto negativo: engreído, con una notoria tendencia a la exageración.
Subraya dos veces esta última palabra antes de mordisquear el bolígrafo.
—¿Eres buen estudiante? —pregunta, señalándome con la punta.
—¡Sip!
—¿Qué estudias, por cierto?
—Gestión Deportiva.
—¿No piensas hacer carrera en la NBA?
—Claro que sí. Pero he querido dejar esta puerta abierta por si me lesiono o para dedicarme a otra cosa cuando sea demasiado mayor como para competir.
—No es habitual que un jugador como tú se quede tanto tiempo en el equipo universitario. He oído que los jugadores de baloncesto prometedores se van a la NBA al terminar el primer año.
—Es más complicado que eso, pero quiero terminar los estudios. Cumplo veintidós años el mes que viene, así que aún me quedan muchos años para la NBA.
Asiente y añade adjetivos en la columna de mis cualidades: «aplicado» y «previsor». Sin embargo, mi éxito dura poco; enseguida empieza a llenar la otra columna con un entusiasmo excesivo.
—Así está más claro —comenta al releerse—. ¿Se te ocurre algo más?
—Bueno, ya es suficiente, ¿no? Si añades otro guion más, me tiro al río Scioto.
Por fin deja el bolígrafo y le da un sorbo a su batido .
—¡Yo te escucho, oh, gran sacerdotisa! Dime, ¿qué tengo que hacer? ¿Cuál es la receta mágica dictada por tus libros cursis para moldear al novio perfecto?
—A ese novio del que hablas se le llama book boyfriend —me explica con total seriedad—. Eres consciente de que, en teoría, es puramente ficticio, ¿no?
—Te devuelvo la pregunta.
—¡Claro que lo sé! —se ofende al instante—. Precisamente por eso me gusta.
—No te lo he preguntado, pero ¿tienes novio?
—¡No!
Su tono no admite réplica, como si estar con un tío estuviera totalmente fuera de sus principios.
—¿Por qué respondes así?
—Porque no quiero novio, punto.
—Creía que todas las tías estaban deseándolo.
—Yo no.
—¿Puedo preguntarte por qué?
—Puedes preguntar, pero ¡yo puedo no responder!
—Carrie... —La fulmino con la mirada para que deje de ponerse cabezota.
Aprieta los labios, los mueve de un lado a otro antes de volver a abrirlos.
—Primero, porque prefiero centrarme en los estudios...
La frase suena rara, como si estuviera insinuando algo más.
—Y segundo, porque siempre me monto mil películas con los chicos y, al final, siempre me decepciono.
—¿Y qué te imaginas conmigo?
—¡Absolutamente nada! —replica con viveza—. Contigo soy muy realista.
«¡Qué cabrona!».
—Ilumíname, Carrie. ¿Qué esperas de un hombre?
Se mete el último trozo de dónut a la boca y se chupa los dedos mientras reflexiona.
—Quiero a alguien que esté tan loco por mí que use sus poderes para salvarme la vida, aunque esté prohibido.
«Eh... ¿cómo?».
—¿Qué estás leyendo ahora? —le pregunto, con un punto burlón.
—Un romance paranormal... Estoy enamorada de ese tío —suspira, apoyando la mejilla en la palma.
Se queda pensativa un instante antes de negar con la cabeza.
—Da igual lo que yo espere. Lo que importa es que...
—¿Que...?
—¡Joder, no lo sé! —se lamenta dejándose caer en la silla—.
Vale, leo un montón de libros sobre gente que se enamora y vive para siempre en el fuego ardiente de su amor.
Vale, te he echado una mano porque tu confesión me ha puesto la piel de gallina.
Pero no sé qué hacer, ¿vale? No tengo ni idea de cómo orientarte. Yo...
—Respira, Carrie. ¿En qué momento me has oído pedirte una redacción de doce páginas sobre el tema? ¿O una tabla? ¿No podríamos simplemente hablar y ver qué sale?
—Mmm... También está bien —admite, clavando la vista en su vaso.
—No pienso tatuarme una ficha técnica en el culo. Solo quiero que compartas tu punto de vista conmigo, teniendo en cuenta que te mueves en este tipo de rollos literarios.
—¿«Este tipo de rollos literarios»? —Se muestra irritada al mirarme por fin de frente—. ¿Se supone que esa pretende ser una frase?
Ha subido el tono, pero no por nuestra conversación. No, tiene que hablar más alto porque en la mesa de al lado una pareja apenas mayor que nosotros está discutiendo. No he pillado el inicio, pero el tema va de un móvil, espuma de afeitar y cinta adhesiva. «¡Apasionante!».
Carrie intenta tapar sus voces, pero el volumen sube aún más.
—¡Vale, ya está bien! —estalla de pronto, girándose hacia ellos—. ¿No podéis mataros entre vosotros sin público?
Me atraganto con la bebida, pillado por sorpresa por su arrebato espontáneo. Carrie nunca se anda con rodeos para mostrar su hartazgo, y esa es la faceta de su personalidad que más me gusta. Puro espectáculo. Además, por una vez que no soy yo su objetivo, pienso disfrutarlo.
La pareja baja la voz, pero sus cuchicheos crispados son una tortura para los oídos. Miro a mi nueva amiga conteniendo la risa.
—Vale, no puedo más —lanza ella, haciendo rechinar las patas de la silla contra el suelo al levantarse.