8. Donovan
Donovan
Los chillidos que resuenan dentro de mi coche me dan ganas de estamparme contra un árbol. Pese a que la mayoría de mis viajes incluyen a una o dos clientas, hoy he hecho pleno: cuatro estudiantes sobreexcitadas en mi coche.
—¿Cuándo retomáis los entrenamientos? —me grita una de ellas en la oreja.
—El mes que viene.
—¡Vamos a todos vuestros partidos! —proclama otra—. ¡Sois increíbles!
—¡ Go Buckeyes! —chillan al unísono.
Por fin me acerco a la entrada sur y veo a Carrie esperándome en un banco. Leyendo, cómo no. Acelero y hago chirriar los neumáticos al frenar a su altura. Da un respingo, observa el coche y a sus pasajeras antes de cerrar el libro.
Estoy a punto de reunirme con ella, pero un muro de groupies me bloquea el paso.
—Gracias por el viaje, guapo —me suelta la morena de pelo corto.
—Siempre es un placer serviros —respondo guiñándole un ojo.
—Te llamo esta noche para la vuelta —me susurra la rubia mientras me abraza.
Le devuelvo el abrazo y repito la misma dinámica con las otras tres. Seguimos charlando y, al echar un vistazo por encima del grupito, veo a Carrie perdiendo la paciencia. «¡Alerta!».
—Tengo que irme, ¡el deber me llama! —suelto mientras me escabullo de su círculo.
Se alejan entre risitas. Ahora ya puedo alcanzar mi objetivo.
—¿Cómo estás? —le pregunto abriendo los brazos para abrazarla.
—Estoy bien —replica, apartándose hacia la derecha para esquivarme.
Camina hacia mi coche. Me adelanto y le abro la puerta delantera del copiloto.
—¿Adónde vamos? —pregunto mientras se sienta.
—Al Sweety, ¿lo conoces?
— Yes.
Rodeo el coche y, al abrocharme el cinturón, noto su mirada penetrante clavada en mi mejilla.
—¿Qué?
—Cuatro estudiantes en un solo viaje, buen trabajo...
—¡Me encanta este curro!
—Parecían satisfechas...
—Sí, y encima quieren más.
Su pecho sube y baja lentamente. Se quita las gafas para limpiarlas con el bajo de la camiseta y se las vuelve a poner.
—¿Estás listo para tu primera lección del día? —suelta con voz cantarina.
—¡Totalmente!
—¡La mo-no-ga-mia! —dictamina con un tono seco, separando las sílabas.
La sorpresa hace que se me cale el coche. «Pero ¿de qué está hablando?».
—¡No pensaba tirármelas! Son clientas a las que intento dejar contentas.
—Estás tan implicado en la misión que resulta admirable. No, de verdad, te admiro.
Consigo arrancar y salgo del aparcamiento haciendo rugir el motor. Estaba de buen humor y acaba de fastidiarme el ánimo.
—Es trabajo. ¿Qué se supone que tenía que hacer?
—No sé, ¿eres chófer o gigolo ?
—¡Ay! Mira que eres bruta.
—Imagínate la escena: no soy yo a quien vienes a buscar, sino a una chica que te gusta y con la que te apetece salir. Es maja, empieza a pillarte cariño y, ¡zasca!, apareces con cuatro histéricas que, en su cabeza, ya te están follando.
—¿Cómo que follando? Yo no estaba pensando en eso.
—¡Venga ya! ¡He visto ese brillo de lujuria en tus ojitos!
Aprieto el volante mientras reflexiono. Intento rebobinar la escena y no veo muy bien qué he podido hacer que sea tan reprobable.
Vale, estaban buenas y, en otras circunstancias, seguramente habría ido saltando de una a otra, pero no tengo la sensación de haberme pasado de la raya.
Y, joder, ¡tampoco es que haya pedido consejos de castración!
—No pienso hacerme monje —gruño.
—No es eso lo que digo. Pero comportándote así, no te sorprendas de dar una imagen negativa.
—¡En el libro que tocaba el otro día en el club de lectura, a la chica le gusta cuando el tío hace eso!
—Cierto... pero solo porque él modera su comportamiento cuando ella está cerca. Una de cal y otra de arena, vaya.
—Joder, lo tuyo es chino mandarín.
—Plantea el problema al revés —suspira, girándose hacia mí—. Hay una chica supermaja a la que empiezas a pillar cariño.
—¿Estamos hablando de la misma de antes?
—¡Nos da igual!
—No, es que necesito visualizarlo...
—¡La misma, si quieres! —se altera, agitando la mano en el aire—.
En fin, el caso es que te gusta esa chica, notas que hay algo diferente en ella, te atrae.
Bien pues, ¡ala!, de repente un día llega a vuestra cita en el coche de un Campus Driver más salido que el pico de una mesa con el que coquetea descaradamente.
Su credibilidad cae en picado. ¡Adiós al matrimonio y a los hijos! Hola alcohol y ETS.
Reduzco la velocidad y la miro a los ojos. Esta persona está como una cabra.
—Quizá exagero un poco —matiza al ver mi cara de pasmo—. Pero lo que tienes que retener es que deberías mostrarte menos... «accesible» y «salido»...
—Anotado —gruño, arrancando casi el intermitente.
—¡Oye, que me diste tú este papel, te lo recuerdo!
—No he dicho ni mu.
—Estás gruñón, Wolinski.
—¡Lo estoy intentando entender! Eleanor dijo que a las chicas les gustan los personajes masculinos que acumulan conquistas porque, cuando empiezan a interesarse por la protagonista, eso la hace «especiaaal».
Suelto el volante para entrecomillar con los dedos.
—Estoy de acuerdo, pero tú ya tienes esa reputación, tío. Así que créeme: la chica en la que te fijes se sentirá inevitablemente «especiaaal».
Ella también hace comillas con los dedos, sonriendo con insistencia.
—No te estoy diciendo que dejes de follar...
—¡Uy qué sucio que esa palabra tan vulgar salga de tu boquita de fresa! Pero mi polla te lo agradece.
En realidad, no me he acostado con ninguna tía desde la conversación con mi hermana, pero me lo guardo para mí.
En su lugar, enciendo la radio y pongo mi playlist personal, la que escucho cuando voy solo en el coche.
Me gustan los clásicos, es mi jardín secreto.
Should I Stay or Should I Go de The Clash empieza a sonar por todo el coche.
—¡Guau! ¡Tu radio me lee la mente! —exclama Carrie—. ¿Has puesto esta canción por mí?
—¿Qué? ¿Ya te estás arrepintiendo?
—Digamos que tengo una imagen bastante clara de lo que me espera, y aún me pregunto si debería irme o quedarme.
—Solo me gustan las canciones antiguas.
—Pegan con tu coche y con tu papel de Campus Driver.
—No pongo esto durante los viajes, dejo que elijan los clientes.
—No me has preguntado que qué quería escuchar.
—Viajas gratis.
—¿O sea, que estoy condenada a sufrir tus gustos musicales?
—¿No te gusta?
—No lo sé, y de todos modos eres tú el capitán a bordo, así que...
—Me encanta cuando me dices eso.
—Conduce y calla.
—Normalmente canto.
—No me pongas a prueba, Wolinski. He sido amable hasta ahora.
—¿Ah, sí? Joder, ¿y cómo eres entonces cuando te pones borde?
—Canta una sola nota y lo sabrás.
Guardo silencio y, al entrar en el Sweety tras diez minutos de trayecto, dejo que Carrie se instale en una mesita y voy a pedir a la barra.
La camarera de hoy es una chica de la facultad.
Y no una cualquiera. «¡Definitivamente, hoy estoy gafado!
». Sé perfectamente lo importante que es causar una buena impresión en los profesores los primeros días.
Eso determina la relación que tendrás con ellos durante todo el curso.
¡Y de momento voy fatal con Carrie! Aunque creo que ya iba fatal incluso antes de eso, en realidad.
«¡Bah, a la mierda las buenas primeras impresiones! ».
—Siéntate, te lo llevo en un minuto —susurra al devolverme el cambio después de tomar nota.
Estoy tentado de decirle que no para evitar que se acerque a nuestra mesa, pero ya se ha dado la vuelta hacia la cafetera. «¡Maravilloso!».
—¿Dónde está la merienda? —se sorprende Carrie al verme volver con las manos vacías.
—La camarera nos la trae.
—¿Desde cuándo tienen servicio de mesa? Vengo aquí a menudo y...
—¡Aquí tenéis! —exclama Maddie dejando una bandeja delante de mí.
Al menos a una le he recordado el nombre, debería alegrarme. La veo lanzar una mirada de soslayo a Carrie, la evalúa rápidamente y se relaja.
—¡Avísame si necesitas algo más, Donny!
—Muy amable, gracias.
Le dedico una sonrisa tensa y, cuando vuelve detrás de la barra, centro de nuevo mi atención en mi profesora en cuestión. Echo los hombros hacia atrás, preparándome para el comentario que seguro va a soltarme.
—Una Donnies... —se lamenta golpeándose la frente contra la mesa—. ¡Esto me supera!
—¿Quieres una tarjeta de socia?
Es demasiado fácil picarla y, en lugar de calmar las cosas, disfruto perversamente echando más leña al fuego. Soy un masoca.
Levanta la cabeza despacio y me mira como si estuviera intentando venderle una daga satánica cubierta de sangre. Cojo un dónut de azúcar y me lo acerco a la boca.
—¿Cómo explicarte esto con palabras sencillas? —empieza, con un dedo bajo la barbilla—. Si esa chica es una Donnies, yo soy uno de esos dónuts. Con grasas, transgénicos... En resumen, todo lo que no le conviene a un deportista como tú.
—Me gustan los dónuts —comento, haciéndolo girar entre los dedos—. De hecho, me parece muy interesante que hayas elegido este ejemplo.
—¿Por qué dices eso? Espera, no acabas de meter el dedo en el agujero de ese dónut, ¿verdad? Dime que he soñado ese gesto absolutamente inapropiado.
Suelto una risita. Es exactamente lo que acabo de hacer.
—¡Suelta eso, por Dios! ¡Es asqueroso!
—Te voy conociendo —remato, dale que te pego con mi numerito—. Es por entender el concepto.
Su expresión horrorizada me hace estallar de risa. Me arranca el objeto del delito mientras me insulta y me lo lanza tan rápido a la cara que no me da tiempo de esquivarlo.
—¡Buen tiro! —me parto de risa mientras me quito los granos de azúcar de la mejilla.
—Cuando te veo hacer estas cosas, me doy cuenta de que el camino hacia tu transformación va a ser largo, y entonces me arrepiento de haber aceptado... ¿Por qué te dije que sí?
—Porque te di pena... —sugiero.
—¡Ah! Claro, es mi lado generoso.
—Pensaba añadir unas cuantas lágrimas a mi discurso de ayer, pero cediste antes.
—Si te hubieras puesto a llorar, me habría negado en redondo. Detesto a los llorones.
—Uf, salvado.
Juega con sus gafas antes de sacar un cuaderno de la mochila.
Mientras pasa las páginas, la observo con atención.