7. Carrie #3
—Créeme, me habría encantado. Pero alguien se encargó de ello por mí. Lo atropelló un coche en San Diego durante su segundo año de universidad. Murió en el acto.
—¡Karmaaa! —grito tan fuerte que atraigo miradas hacia mí.
Donovan se echa a reír y yo me pongo roja.
—Vale, eso ha estado feo... —susurro frunciendo los labios.
—No se lo he contado a nadie, ni a mis padres ni a mis amigos... —murmura siguiendo con el dedo las vetas de la madera de la mesa.
—Puedes confiar en mí.
—Es raro, porque apenas te conozco, pero lo sé.
Levanta la vista un instante para subrayar sus palabras con una mirada sincera.
—He pasado el verano removiendo el pasado, dándole vueltas y buscándome excusas para luego rebatirlas.
—¿Y tu hermana? ¿Lo ha superado?
—Dice que sí. Se apuntó a boxeo para desahogarse y sale con un chico desde hace un año. Un buen tipo, por lo visto.
—¿Sigue enfadada contigo?
—Sí... Me he disculpado cien veces, le he mandado mensajes, he intentado llamarla. Sigue ignorándome. Necesita tiempo y, como no puedo hacer nada al respecto, quiero demostrarle que he entendido el mensaje y que voy a corregir mi rumbo.
—Soy hija única, así que solo puedo imaginar lo que debe de ser perder la confianza de tu hermana. Lo siento por ella... y por ti.
—¿Por mí? —se ríe entre dientes, negando con la cabeza.
—Sí.
Un destello triste atraviesa sus ojos; estoy a punto de cogerle la mano, pero me contengo. Demasiada empatía es perjudicial para la salud.
—Quiero que me perdone, pero antes tengo que demostrarle que he cambiado. ¿Sabes qué es lo peor de todo esto? Hasta que me enteré de todo, seguía siendo ese pobre imbécil egoísta al que solo le importaba disfrutar sin pensar.
—No es tan terrible; la mayoría de la gente funciona así. Créeme, no hay edad...
«¿A que no, papá?».
—Fui un hermano mayor de mierda y ya no puedo cambiar lo que pasó.
—¿Y crees que convirtiéndote en el novio perfecto vas a redimirte? —resumo, viéndolo por fin claro.
—Esa es la idea. Te parece una tontería, ¿no?
«Un poco».
—No entiendo por qué necesitas llevar esto al terreno de las chicas —declaro intentando ir con cautela.
—Desde mi punto de vista, tiene toda la lógica del mundo.
—Eso es lo importante, supongo.
El silencio se instala entre nosotros. Siento la mirada de Donovan sobre mí mientras hago pedacitos mi servilleta. De repente, entiendo por qué reaccionó con tanta susceptibilidad cuando lo acusé de acosarme.
—Siento haberte comparado con un acosador. Fue excesivo.
—Me acojoné cuando me dijiste eso, pero admito que me puse bastante insistente.
—Creo que lo de «insistente» se te queda corto.
Vuelve de nuevo el silencio, y detesto las ideas que se me pasan por la cabeza.
Siempre he visto a Donovan tal como acaba de describirse; todavía me cuesta creer que haya llegado a esa conclusión.
Convertirse en un novio digno de ese nombre para redimir su consciencia suena de lo más extraño.
Aun así, admiro lo que intenta hacer para enmendar sus errores.
—Tengo que irme —interviene de pronto mientras consulta el móvil—. Me ha venido bien hablar de esto con alguien. Yo... Gracias.
«¿Se va a marchar así, sin más?».
—De nada —susurro, haciéndome crujir los dedos.
—Puede que nos crucemos en otra ocasión —añade al ponerse de pie.
—Quién sabe.
Sigo sus pasos hasta que salimos de la cafetería y nos quedamos frente a frente, en medio de una marabunta de estudiantes con prisas.
—Que tengas un buen día, Carrie.
—Igualmente.
Levanta la mano y empieza a caminar.
Después de haberme contado todo eso, esperaba que volviera a pedirme ayuda.
Observo su enorme silueta alejarse y me sorprendo sonriéndole cuando me mira por encima del hombro, unos metros más allá. «¿Debería...? ¡No! ¡Además, es absurdo creer que la fórmula mágica esté escondida en algún lugar de mis libros fetiche!».
—En serio, Carrie, eres la peor consejera en este terreno —me reprocho—. Entre el ejemplo de tu padre y tus amoríos desastrosos...
«Eso es, Donovan ha acudido a la persona equivocada, y hasta le estoy haciendo un favor dejando que se las apañe solo. Yo no puedo...».
—¡Espera!
Echo a correr hacia él, dejando de lado lo que me grita la consciencia. Voy a arrepentirme muy pronto, seguro, pero por ahora corro hacia él.
—¡Wolinski, espera! —repito sin aliento, cortándole el paso.
Me examina con su mirada de deportista mientras yo prácticamente me muero a sus pies. Nací sin fondo físico, ¿qué le voy a hacer?
Levanto una mano para indicarle que necesito un minuto para resucitar. Cuando mi corazón acepta darme una segunda oportunidad, me enderezo y me cruzo con la mirada divertida de mi futuro pupilo. Es una auténtica locura, pero...
—¿Cuándo empezamos? —suelta entonces como si fuera una bomba atómica.
Una parte de mí, la que alucina al oírle decir eso, se muere de ganas de clavarle el dedo corazón en un orificio de su nariz. Pero la otra, la que se ha visto tocada por su vulnerabilidad, se impone.
—Mañana. Pásate a recogerme por la entrada sur a las tres. Y no llegues tarde, no voy a ser una profe indulgente en absoluto.