Novio perfecto (Campus Drivers 2) 7. Carrie #2
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7. Carrie #2

Vale. Había conseguido dejar a un lado mi actitud habitual al verlo tan mal, pero aquí me rindo. Ya me he disculpado; eso era lo que quería para sacarle de mi vida con calma. Fin del juego .

Me cuelgo el bolso en el hombro y me deslizo del banco hasta ponerme de pie.

—Que tengas un buen día, Donovan. Deseo de corazón que sigas siendo ese tremendo degenerado arrogante, apestoso y... bueno, con eso ya es suficiente.

Cierro mi perorata, un pelín excesiva, con un gesto elocuente de cabeza. A puntito he estado de añadir un comentario despectivo sobre sus pelotas, pero va a acabar creyendo que es una obsesión mía. «¡Menudo fiasco!». Eso sí, esta vez no tendré ni un ápice de remordimiento por haberle hablado así.

Me doy la vuelta hacia la salida, pero apenas he avanzado tres pasos cuando siento una mano de hierro cerrarse sobre mi codo. Donovan parece estar un poco al límite y le cuesta respirar.

—Este verano pasó algo —repite.

Lo fulmino con la mirada e intento zafarme. Tira de mi brazo, y casi me levanta del suelo al acercarme a él. Mi nariz choca con sus pectorales que, ahora que me fijo, son bastante más imponentes de lo que creía. No me ha soltado y, peor aún, apoya la mejilla en mi sien para susurrarme al oído:

—Es mi hermana... La cagué. Y lo de ser un buen novio es lo único que se me ocurrió como compensación, para no perder los papeles. ¿Te volverías a sentar de nuevo?

Cuando le tengo cerca, mis pensamientos suelen estar en plena ebullición. Sin embargo, esta vez parecen apagarse de golpe. Asiento y doy un paso atrás.

En lugar de soltarme de golpe, afloja la mano, y sus dedos me recorren el brazo hasta la muñeca mientras me aparto. «¡Pues sí que ando necesitada de contacto masculino, para que esta tontería tan grande me provoque un escalofrío!». No lo ha hecho adrede, se le nota en la mirada.

Vuelvo a sentarme frente a él y lo observo mientras va a por dos cafés. Ahora que ha empezado a hablar, me muero de curiosidad. Pero juego la carta de la indiferencia. ¡Ni de broma voy a dejar que note que puede tenerme en vilo con una buena historia!

—Entonces... tu hermana —retomo, apoyando las mejillas en los puños cuando vuelve.

—Primero: de esto no se habla, ¿vale?

—¿Por quién me tomas?

—No nos conocemos.

—Eso era antes, en los viejos tiempos.

Le sonrío. Él permanece impenetrable.

—¿Sí o no?

—¡Sí! Prometido, jurado, si quieres sello el pacto escupiendo en mi mano y tendien...

—Vale. Nada de escupir, ya he visto lo que has hecho con el café hace un rato.

Respira profundamente antes de lanzarse a la explicación que de verdad me interesa.

—Amelia es tres años menor que yo —empieza, con dificultad—. Llevamos años en punto muerto. Por no decir «tremendamente tensos», de hecho.

—¿Por qué?

—Hasta antes de este verano, nunca me lo había planteado en serio. De críos nos llevábamos bien, y cuando entré en el instituto la dejé un poco de lado porque tenía... otras cosas en la cabeza.

—¿Cosas con tetas? —apunto, arqueando una ceja.

—Sí. De hecho, había una chica de segundo con unas... En fin, que me voy del tema.

— Nah , ¿tú crees?

—¡Es que con esa forma de mirarme me haces perder el hilo! —replica, recogiendo una rodilla contra su pecho.

—¡Sigue, joder!

Le estoy provocando, pero no me pasa desapercibido lo duro que le resulta contar lo que viene.

—Nuestros padres se divorciaron el verano antes de que yo entrara a la universidad. A mi padre le ofrecieron entrenar a los Buckeyes, así que nos fuimos los dos, y Amelia se quedó en Washington con mi madre. Por lo que empezamos a vernos incluso menos que antes.

«¿Divorcio, dice?». No es precisamente mi tema favorito; ya me estoy arrepintiendo de haber preguntado.

—No sé si lo sabes, pero a mi padre le dio un infarto durante el último partido, justo antes de las vacaciones de verano.

—Me suena vagamente —asiento, un poco avergonzada por haberlo olvidado—. ¿Está bien?

—Fuera de peligro.

—Me alegro. Y entonces...

—Mi madre vino a cuidarlo durante un mes...

—Pero acabas de decir que están divorciados —lo interrumpo sin poder evitarlo.

—Sí, pero se llevan bien. Incluso mejor que antes.

Procuro ocultar lo que esa información me provoca. No sabe la suerte que tiene. Ojalá los míos hubieran logrado algo así; me ahorraría todo lo que llevo soportando desde que mi padre se largó.

—¡Ah!, vale. Pero entonces ¿eso qué tiene que ver con tu hermana?

—Ella también vino unos días en julio, y la cosa estaba entre nosotros más fría imposible. Esta vez la obligué a hablar. Tenía la sensación de que me guardaba rencor desde hacía años y quería que por fin soltara lo que llevaba dentro. Me esperaba una chorrada infantil, pero... por desgracia, no.

—¿Qué le pasó?

Como si temiera ser incapaz de terminar, lo suelta todo de golpe. Su rostro se ensombrece con cada frase. Se me queda un sabor desagradable en la boca. Ojalá no haya acabado como creo.

—¿Ese Cooper la...? —susurro, inclinándome sobre la mesa.

—¡Dios, no! —sisea, abriendo mucho los ojos—. Menos mal que se fue a la universidad al mismo tiempo que yo; quién sabe cómo habría terminado la cosa de no ser así.

Golpea la mesa con el puño, aprieta la mandíbula y deja escapar un gruñido áspero. Mi cuerpo se estremece y se inclina hacia él; entrelazo los dedos para no agarrarle la mano.

—No me di cuenta ni por un segundo de lo que estaba consintiendo sin querer.

Amelia empezó a rehuirme, y yo me planté en la OSU sin intentar entender por qué.

Ella era mi hermana pequeña pesada. Yo, el hermano mayor, estrella del baloncesto.

No vi más allá, y me pareció la cosa más normal del mundo.

Con perspectiva, recuerdo que intentó decírmelo, me dijo que ese tío era raro.

Me lanzó una indirecta y yo no vi nada, joder.

Estaba tan centrado en mí mismo que la dejé tirada. Ella me ve como una especie de...

—¿Cómplice?

—Exacto —murmura, pasándose una mano por el rostro tenso.

—Podría haber hablado con vuestros padres.

—Eso le dije, pero se rio como si fuera la mayor estupidez del mundo.

Mi padre estaba volcado en su carrera, mi madre echaba demasiadas horas en el hospital...

y su matrimonio se caía a pedazos. La mayor parte del tiempo ella estaba bajo mi responsabilidad, y yo la cagué.

Siempre me tuvo en un pedestal, y no supe cuidarla. Me odio.

—¿Y qué fue del cabronazo en cuestión? ¡Dime que le atropellaste!

Se parte de risa al ver mis aires de justiciera.