7. Carrie
Carrie
He ganado: ha tirado la toalla. Ya ha pasado más de una semana sin que Donovan Wolinski vuelva a aparecer para montarme su numerito.
Ni una sola vez. Debería suspirar aliviada por haberme librado de él, pavonearme con los puños en alto, en plan victoriosa, y retomar por fin mi rutina de estudiante centrándome en olvidar rápido este episodio tan raro.
Y entonces, ¿por qué estoy tan alterada?
Me sorprendo buscándolo entre los grupos que se mueven a mi alrededor y levantando la vista del libro cada vez que siento que alguien se acerca. «¡Me odio!».
Vale, le advertí mil veces de que más le valía dejar de rondarme, pero me arrepiento de cómo perdí los nervios el jueves pasado.
No era el momento oportuno para venir a insistirme.
Yo estaba al borde de las lágrimas por culpa de mi maldita madre.
Sé que está mal, entiendo los motivos de su depresión, pero ya no consigo aceptar que se abandone tanto.
¡En diciembre hará dos años, por Dios! En fin, volver a casa de urgencia no entraba en mis planes, y los cinco días que pasé con ella, perdiéndome, de paso, demasiadas clases para mi gusto, agotaron mi paciencia.
Donovan no pudo elegir peor momento para irrumpir en mi burbuja.
En ese instante, su jueguecito no me hizo ninguna gracia.
Desde entonces, intento averiguar qué dije exactamente para ahuyentarlo de una vez por todas.
No lo veía rindiéndose tan fácilmente. «¡Joder!
Incluso sin estar aquí, sigue metiéndose en mi cabeza».
Anteayer lo vi pasar cerca del polideportivo; tenía mala cara. Puede que sea la culpa la que me haga pensar así, y pese a todo, noto una desagradable presión en el pecho. Tengo que resolver esto para poder seguir adelante.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí dentro?
Una de las uñas de Becca me golpea la frente. De pronto recuerdo que lleva delante de mí al menos cinco minutos.
—Perdona, ¿qué decías?
—Que probablemente duerma contigo esta noche.
—¿Carter se ha ganado un castigo?
—¡Y uno de los gordos, además! Ese maldito perro se ha puesto mis zapatos favoritos. ¡Están para ir directos a la basura!
—¿Y por qué ha hecho eso? —me río al imaginar la escena.
—¡Para darle más realismo a su última creación! ¡Imagínate esas pezuñacas dentro de mis Aquazzura! Voy a necesitar una vida entera para borrar esa imagen horrible de mi mente. Así que nada, esta noche le dejo solo.
—Todavía me cuesta creer que yo haya sido capaz de establecer algo parecido a un vínculo contigo —murmuro, negando con la cabeza—. No tengo ni idea de qué son unas Aquazzura.
—Y por eso mi vida era tan apacible cuando vivía contigo y... tus sandalias amish .
Concluye su frase lapidaria lanzando una mirada reprobatoria a mis zapatos.
—¡Esta noche tendrá que conformarse con la compañía de sus colegas! —remacha.
—¿Has visto a Donovan estos últimos días? —le pregunto en voz baja.
—En casa de Lane, a principios de semana —responde sin sospechar nada—. Más que nada estuvo de cuerpo presente, porque no abrió la boca en toda la noche. Me gustaba más antes, cuando hablaba sin parar de sus groupies. ¡Ahora es un muermo!
Analizo sus palabras, con el corazón acelerado.
—¿Me lo preguntas por tus cosas? —añade, con el mismo tono.
—¿Qué cosas?
—Las que te dejaste en su coche. Vino a preguntarme dónde estabas la semana pasada. Quería devolvértelas.
«¡Menudo mentiroso!».
—Sí, eso... ¡eso mismo! Me voy a casa. Avísame si al final vienes a dormir.
La conozco: es incapaz de meterse en una cama que no sea la de su novio.
Tengo muchas papeletas para acabar la noche tranquila, bajo el edredón, devorando una nueva novela romántica.
Mi mayor dilema será decidir cuál empezar de la pila pendiente.
Creo que me apetece algo ligero, una comedia romántica, para despejarme.
De dramas voy sobrada, ¡no hace falta añadir más!
Voy arrastrando los pies cuando, al llegar a un cruce de caminos, decido desviarme hacia la cafetería que hay un poco más adelante. ¡Mi cuerpo me pide a gritos algo dulce!
Cinco minutos después, la campanilla de la puerta de cristal me recibe con un entusiasmo exagerado. Me pongo en la cola y escaneo distraídamente la sala llena de estudiantes. Mis ojos pasan por encima de alguien y, de pronto, se detienen en seco.
Al fondo, junto a la ventana, está Donovan.
Con un puño bajo la barbilla, la mirada perdida hacia el parque soleado, da vueltas a la cucharilla de plástico en su vaso.
Desde aquí parece tan deprimido que me duele el estómago.
«¡Es Donovan Wolinski, joder! ¿A santo de qué podría mi insignificante persona ser la responsable de ese humor tan negro? ».
Aunque lo más sensato sería largarme para no reactivar la cosa, no puedo evitar avanzar hacia él. «Llegas, te disculpas por haberlo tratado mal y te piras».
Antes de arrepentirme, me deslizo en el banco frente a él y tamborileo sobre la mesa. Sigue absorto en el ir y venir de la gente de fuera. Tengo que carraspear tres veces para que se digne a mirarme.
—¿Qué hay de nuevo, Wolinski? —digo con un tono ligero.
«No, ahora en serio, ¿estás de coña, Carrie?».
—Tienes una cara horrible —añado para compensar mi entrada en escena.
—¡Qué placer volver a verte, Cassie!
Silba las eses para devolverme el golpe, pero sin su entusiasmo habitual.
—¿Qué haces aquí? —prosigue, suspirando.
—Pasaba por delante de la cafetería y he notado cómo tus malas vibraciones rebotaban por todas partes. Así que he venido a ver qué pasaba. Dicen que soy una chica maja, una experta en relaciones humanas... Ya sabes de qué hablo, ¿no?
—No mucho. Para serte sincero, llevas un minuto moviendo la boca, pero solo oigo blablablá . Quizá porque normalmente te diriges a mí de una forma más...
—¿Directa?
Se encoge de hombros y se lleva el café a los labios. Definitivamente no está como otras veces. En principio me he acercado para disculparme, pero me conozco y sé que no me va a bastar.
—Vale, abandono el enfoque amable. ¿Qué problema tienes?
—¡Ah! Ya estamos de vuelta al universo correcto. Por un momento pensaba que había caído en una dimensión paralela en la que tú eras agradable —ironiza, mirando alrededor.
—Habla —ordeno, perdiendo la paciencia.
«¡Comunicar, lo que se dice comunicar, se me da de lujo!».
—Todo va estupendamente.
—Sí, claro. Llevas la alegría de vivir pintada en la cara. Es tan contagiosa que me entran ganas de cortarme las venas con la boquilla del azucarero.
—¿Desde cuándo te importa eso?
—Desde que, de un día para otro, dejaste tu...
—¿Acoso? —escupe, apretando el vaso entre los dedos—. Mensaje recibido alto y claro, Carrie.
Frunzo el ceño; es la primera vez que lo veo tan cortante.
Está claro que mi estallido del otro día se le ha atravesado.
Bueno, yo paso, le pido perdón y me voy a comprar algo dulce, como había planeado desde el principio.
Luego podré retomar mi vida tranquilamente.
«¡Joder, no puedo creer que esté a punto de hacer esto! ».
—Escucha, el jueves estaba... —empiezo, jugueteando con mis gafas.
Ni hablar de sacar a relucir los problemas con mi madre. ¿Me atrevo a poner como excusa una regla dolorosa? ¿Una uña encarnada especialmente sensible?
—El jueves estaba...
—No me apetece hablar.
—Pues cállate y deja que termine —replico, plantando las palmas sobre la mesa—. El jueves pasado no estaba teniendo mi mejor día y, aunque ya te había suplicado un millón de veces que me dejaras en paz con tu extraña fijación, no tendría que haberte hablado así. Así que... lo siento.
«¡Misión cumplida!». Respiro hondo y le quito la bebida sin pedirle permiso. Me bebo su café tibio haciendo una mueca.
—Joder, pero ¿cuántos azucarillos le has echado a esto? ¡Está asqueroso!
Escupo el resto del líquido en el vaso y lo dejo entre los dos. Una mueca de disgusto cruza el rostro de Donovan antes de apartar el vaso de un manotazo, lo más lejos posible. Apoyo los codos en el respaldo del banco y suelto un suspiro satisfecho.
—¿Te sientes mejor? —me pregunta mientras emula mi postura.
—Sí.
—Me alegro.
—Este es el momento en el que dices: «Acepto tus disculpas, Carrie».
—Ah.
Espero, pero se limita a mirarme. Le hago un gesto con la mano para invitarle a que lo suelte ya.
—Acepto tus disculpas, Carrie —dice al fin, con voz apagada—. Te libero de tus remordimientos, puedes retomar tu maravillosa vida sin miedo a cruzarte conmigo.
—¡Perfecto!
—Perfecto.
Nos observamos durante un largo minuto. Debería levantarme e irme, pero no consigo apartar la vista de sus ojos. Reflejan ese no sé qué que me oprime el pecho.
—¿Qué pasa? —me oigo murmurar, a mi pesar, con un tono demasiado compasivo.
Su rostro se cierra; los dedos se le clavan en el cuero del asiento.
—He dejado de acosarte, he aceptado tus disculpas —enumera en tono amargo—. ¿Por qué sigues aquí?
«Buena pregunta. ¿Mi vena masoquista, quizá?». Hasta hoy, su petición absurda no tenía ningún sentido. Pero viéndolo tan tocado, tengo la sensación de que hay algo más profundo.
—Sabes, si hubieras sido un pelín más claro, seguramente me habría mostrado más predispuesta contigo.
—Mira tú qué putada, ¿eh? Parece que he perdido mi oportunidad.
—¿Por qué te importaba tanto eso de volverte el novio perfecto? ¿Es que... te sientes solo?
—¿Cómo? ¡Nada que ver! —dice riéndose—. Puedes dejar de jugar a hacer de psicóloga barata, no te pega nada.
«Me saca de quicio...».
—O quizá estás enamorado de una chica que no lleva bien esa actitud tuya de...
—¿De qué?
—¿De follador compulsivo? —propongo, con la boca pequeña—. Sin ánimo de ofender.
—Tú sí que sabes subirle el ánimo a cualquiera. Tienes un auténtico don.
—Gracias por notarlo. No sabes lo que me cuesta. Sobre todo, cuando sigues comportándote como un verdadero capullo. Última oportunidad, amigo: ¿por qué quieres cambiar?
—Este verano pasó algo —empieza, inclinándose hacia mí—. Dios se me apareció en sueños para anunciarme que me aguardaba un gran destino si dejaba de hacer el imbécil.