Novio perfecto (Campus Drivers 2) 6. Donovan #2
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6. Donovan #2

También le he vuelto a comprar el libro que se olvidó en mi asiento para reemplazar el que destrocé.

De hecho, es la única vez que he conseguido arrancarle una pequeña sonrisa de satisfacción.

A cambio, he ganado un diminuto consejo lleno de sentido común: «Deberías ir más a clase en lugar de perder el tiempo persiguiéndome; a las chicas nos gustan los tíos inteligentes».

Es su forma de mandarme a paseo, pero me da igual. Está menos hostil, y eso es lo único que importa. Vale, sigue lanzándome esas pullas mordaces de las que solo ella tiene el secreto, pero nada de eso me asusta.

¿Se puede saber dónde se esconde? ¡Hoy es imposible pillar a mi futura coach !

Por mucho que la busco por el campus, no hay manera de encontrarla.

También hay que decir que la OSU es enorme y que, entre los viajes para los Campus Drivers, los entrenamientos personales y las clases, no es que me sobre precisamente el tiempo como para jugar a ser detective.

Cuando el día llega a su fin, estoy desmoralizado. Incluso me pregunto si no habrá hecho pellas, pero no veo por qué se iba a poner a evitarme de repente. Además, que no le pega nada.

Empiezo a preocuparme: hoy tampoco hay rastro de ella. Al ver a Becca salir de la biblioteca, voy directo hacia ella. Se desliza las gafas de sol por la nariz empolvada y me devuelve la sonrisa.

—Si buscas a Lane, le he visto con Lois en la sección de Medicina.

—No, busco a Carrie.

—¿Ah, sí? ¿Por qué?

Cuando decía que no se había tomado en serio nuestra conversación en casa de Lane, no iba desencaminado. En vez de recordárselo, opto por una excusa más inocente.

—Se dejó algunas cosas en mi coche durante un viaje.

—¿Carrie pidió un Campus Driver? ¡No me lo creo! —Se parte de risa—. Preferiría andar diez kilómetros haciendo el pino antes que hacer eso.

—Se le estropeó la bici y llegaba tarde a su clase.

—Ah, ya veo. Deberíamos confiscarle ese trasto oxidado. ¡El tétanos le pisa los talones!

—¿Sabes dónde está?

—Me mandó un mensaje el viernes por la noche para decirme que tenía que volver a casa de su madre, así que puede que haya alargado la visita.

—¿Vive lejos de aquí?

—Ni idea. ¿Has probado a llamar a su puerta?

—¿En qué residencia vive?

Teclea un mensaje rápido en el móvil y, acto seguido, recibo el nombre del edificio y el número de su habitación.

—Le mando un SMS para decirle que la estás buscando —añade.

—Pásame su número, será más fácil —pruebo suerte, intentando sonar indiferente.

—Lo siento, Don, pero eso no se hace. Si quieres, puedes dejarme lo que se olvidó y yo se lo llevo.

—Sí, en el peor de los casos hacemos eso —esquivo, mordiéndome la lengua.

Nos despedimos y me dirijo a la residencia universitaria de la lectora compulsiva para probar suerte allí.

Una vez más, misión fallida: nadie responde a mis llamadas.

Mientras bordeo uno de los parques de la facultad, un moño despeinado llama por fin mi atención. «¡Aleluya!».

Troto hasta la mesa de madera que ocupa, sin que me vea llegar.

Me detengo y la observo a escondidas. Desde la noche del club de lectura he tenido bastantes ocasiones de familiarizarme con su actitud, pero ahora, incluso a cierta distancia, la noto distinta.

Parece tensa y cansada. Dudo a la hora de acercarme y me pongo a dar vueltas antes de decidirme.

Sin pedir permiso, aparto la silla frente a ella y me dejo caer con un suspiro de alivio. Saco una gorra, una botella de agua y mi táper, antes de alzar la vista hacia ella. Se sostiene la cabeza con tres dedos, con la mirada perdida hacia su izquierda.

Justo cuando estoy a punto de hablar, resopla por la nariz. Hasta ahí, nada nuevo.

—Entonces, tú...

—No es el momento, Donovan.

Oír mi nombre hace que el pecho se me encoja un instante. «¡Qué progreso!».

—No sé qué me sorprende más: que te dignes por fin a dirigirme la palabra o que lo hagas pronunciando mi nombre. Hasta había acabado creyendo que lo habías olvidado.

—Haces todo lo posible para que me acuerde —replica con sorna.

Hoy tiene muy mala cara. Me pregunto qué puede estar preocupándola tanto. ¿Estará enferma? En cualquier caso, no tiene nada que ver conmigo. De hecho, llevamos días sin vernos.

El ambiente pesa. Busco la mejor manera de destensarlo.

—Ayer no te vi, ¿no? ¿Hiciste pellas?

Se encoge de hombros. Espero a que gire la cabeza hacia mí, pero sigue mirando un punto imaginario en la distancia. Pruebo con otro tema.

—He empezado a leer uno de los libros de la lista y...

—Te he dicho que no es el momento —me corta en seco, con voz irritada.

—Vale, vale, tranquila.

—¡No, no estoy bien! ¡No estoy bien! —repite, fulminándome con sus ojos marrones—. ¡No es el día, joder! Ni los anteriores, la verdad, pero ahora menos que nunca. ¡He venido a plantarme aquí, sola, por una buena razón! —sentencia, subrayando sus ganas de estar a solas.

—¿Qué razón?

Cambio de tono en cuanto percibo el brillo velado bajo sus pestañas. No hay duda: algo va mal, y soy el primero en sorprenderme de lo mucho que me inquieta.

—¿Ha pasado algo?

—Lo que pasa es que no puedo más con encontrarte en cada esquina. ¡Déjame en paz! Estoy harta de tener que repetirte una y otra vez lo mismo. ¡No quiero nada contigo! Estás acostumbrado a que todo el mundo ceda a tus deseos, pero métete bien en la cabeza que conmigo no va a funcionar.

«Ay». Está realmente cabreada.

Cuando creo que ya ha terminado, me asesta un último golpe que no veo venir.

—¿Sabes cómo se llama lo que estás haciendo? Acoso.

Esa palabra me golpea de lleno en la garganta y una tos áspera me oprime la tráquea. Me pitan los oídos y el corazón se me acelera de forma brutal. Sé que he sido insistente con ella, pero no la estaba acosando. «No, ¿verdad?».

Me ha mandado a la mierda un número incontable de veces, pero nunca con tanta violencia.

Hasta ahora me había hecho gracia, pero esta vez no.

No soy un acosador, esa idea me resulta insoportable.

Joder, vuelvo a sentirme patético, y el golpe es duro.

Me aferré demasiado a la idea de que esta chica podía ayudarme, me convencí de que nuestros rifirrafes eran una especie de juego entre nosotros, y por eso sus palabras me hunden todavía más.

«Acoso».

Recojo mi comida y la meto de cualquier manera en el fondo de la mochila. Bajo la visera de la gorra para que me oculte la cara y me levanto sin decir una palabra. Siento su mirada clavada en mi perfil; imagino que está contenta de que me largue. Ha ganado. Lo dejo estar.

Cancelo la sesión de gimnasio que tenía prevista con Lewis y tiro directo al piso. En este estado podría hacerme daño, o hacérselo a alguien. Rezumo rabia y arrepentimiento.

Llego a mi habitación con unas ganas salvajes de estampar el puño contra la pared.

Barro de un manotazo todo lo que hay sobre el escritorio en un arrebato de furia y luego me dejo caer en la cama, apretándome las sienes con las manos.

Me siento impotente, miserable, muy lejos del tipo que era antes de que mi hermana lo hiciera saltar todo por los aires.

Joder. Había encontrado una especie de paz poniendo mis esperanzas en Carrie, y acaba de destrozarlo todo. Me machaco la cabeza con esa palabra que ha usado: «acoso».

Había conseguido relegar a un segundo plano la conversación fatídica que tuve con mi hermana a principios de verano para centrarme en mi plan de redención. Pero, ahora, cada palabra que me lanzó Amelia vuelve a golpearme de lleno.

Mi madre ha insistido en que mi hermana volviera en avión en vez de en autobús, así que me ha obligado a llevarla al aeropuerto. ¡Genial! Ya resulta bastante complicado convivir en una casa grande; pero meternos en un coche a los dos es un auténtico infierno.

Amelia suspira cada catorce segundos y yo no paro de darle vueltas a la cabeza como un imbécil. Su actitud no es nada nuevo para mí, pero desde el ataque de mi padre se me ha instalado en el cráneo una especie de espíritu familiar exacerbado, y nuestra mala relación me duele más que antes.

Llevo toda la semana intentando hacer que hable, sin éxito. ¡Tiene que dejar de comportarse como una cría!

Detengo el coche en el arcén y me giro hacia ella. Inclina la cabeza hacia la carretera y consulta la hora en el móvil.

—¿Qué coño estás haciendo?

—Te escucho. Ha llegado el momento de que sueltes lo que llevas dentro.

No necesito decir nada más. Lo capta al instante.

—¡Voy a perder el vuelo!

—Pues habla.

—Arranca —me espeta, clavándome esa mirada desagradable.