6. Donovan
Donovan
Como casi cualquier domingo, paso a ver a mi padre a su casa.
Voy notando que cada vez está mejor, y hoy vuelve a demostrármelo.
Después de semanas sin trabajar, parece que se le ha metido en la cabeza prepararme un entrenamiento intensivo para compensar la frustración de su parón forzoso.
Aún no se ha reanudado el campeonato, pero eso nunca ha frenado al Coach.
Al contrario, él opina que tengo que aprovechar este tiempo para recuperar mi mejor nivel.
—Vale, ya has calentado lo suficiente —sentencia cuando acabo de completar otra vuelta más a nuestra cancha de baloncesto privada.
Me acerco al centro a trote suave, con la frente empapada de sudor.
—¿Seguro que eso era solo el calentamiento?
—¡Este es tu año, Donovan! —continúa en cuanto me planto frente a él—. Los ojeadores de la NBA estarán al acecho desde el inicio de la temporada universitaria.
—Lo sé.
—Tus estadísticas son muy buenas, pero si quieres estar entre las primeras elecciones del draft 1 , tienes que darlo todo.
—Tranquilo, papá, Lewis me lo recuerda cada día.
—Mmm... —asiente, aunque estoy convencido de que no aflojará la presión ni un ápice—. Venga, una hora de tiros.
Encadeno tiros libres, mates y triples. Cuando me pongo en una posición que no le convence a mi padre, me cae un balón en la nuca. Es un auténtico torturador, pero lo prefiero mil veces así. Y más sabiendo que lo hace por mí. Él sabe muy bien hasta qué punto el baloncesto es importante en mi vida.
—¡Suficiente por hoy! —concluye por fin tras treinta minutos extras de ejercicios defensivos.
Me dejo caer al suelo y me quedo tumbado, recuperando el aliento. Hace mucho calor, y ahora mismo solo sueño con un zumo bien frío y con cualquier cosa para comer.
Sigo a mi padre al interior y subo a ducharme.
Cuando bajo de nuevo, ya ha puesto la mesa, repleta de comida perfecta para el posentreno.
—Pero bueno, papá, ¡si te has convertido en todo un amo de casa!
—Come y calla, ingrato.
Pone la cadena de deportes en la tele y empezamos a elaborar teorías sobre los equipos favoritos de la nueva temporada.
Mis ojos vagan por el salón hasta detenerse en una foto enmarcada de Amelia y de mí. Tendría unos doce años; por aquel entonces todo era perfecto.
Dejo el tenedor sobre el plato; de repente se me ha ido el apetito. Vuelvo la mirada hacia mi padre, preguntándome qué sabe sobre su hija. Con todo lo ocurrido, aún no me he atrevido a tantear el terreno para saber qué piensa de la relación que tengo con mi hermana.
—¿Has sabido algo de Amelia? —le pregunto en tono neutro.
—Algo. Anda muy liada con las clases. Ya conoces a tu hermana, no es precisamente muy habladora, que digamos.
—¡Pues mira que yo de cría la recuerdo como una auténtica cotorra!
La nostalgia me retuerce el estómago. Me muevo inquieto en la silla.
—¡Como su madre! Esa loca me llama casi cada día para amenazarme con los peores castigos si no me tomo la medicación correctamente.
Protesta por inercia, pero como a mi madre se le ocurriera pasar varios días sin dar señales de vida, se volvería loco. Mis padres tienen una relación única; a pesar del divorcio, nunca han dejado de hablarse más de dos días seguidos. ¿Por qué no es así con Amelia? Podría haberme dicho algo...
—¿Se te ocurre alguna razón por la que Amelia se haya vuelto tan distante?
Necesito que me diga algo que me ayude a arreglar esta situación.
—No está distante, solo es muy independiente.
—¿No te da la impresión de que me guarda rencor por algo? —suelto, conteniendo la respiración.
—¿Por qué iba a guardarte rencor?
—No lo sé, pero mamá y tú habréis notado que no somos precisamente uña y carne.
—Bah, pero es normal que los hermanos discutan.
Bebe un vaso de agua. Decido dejarlo ahí. No sospecha nada, y eso me fastidia. Un empujoncillo paternal no me habría venido nada mal. Así que solo me queda una última opción: Carrie.
Al entrar en casa, veo a Adam y a Lewis sentados en los sofás. Cada uno va a su bola con el móvil, y me saludan con el mismo gesto de cabeza antes de volver a sumergirse en sus respectivas conversaciones.
Paso por mi habitación para dejar la mochila y cojo uno de los libros que compré el sábado por la mañana en la librería del centro comercial.
La dependienta me miró rarísimo cuando, al llegar al mostrador, le pasé el libro que estaba encima de la pila.
Lo más probable es que el tío medio en pelotas que aparecía en la cubierta tuviera mucho que ver con su estupefacción.
Tendré que preguntarle a Carrie qué es lo que les pone tanto de un torso aceitado e hinchado como una salchicha al punto. De verdad que para mí es puro misterio.
Pillo una bebida isotónica al pasar por la cocina compartida y me dejo caer en un sillón del salón. Se acaba el fin de semana, y yo estoy reventado. Ojalá llegue enero y mi padre vuelva al trabajo, porque si seguimos así, voy a envejecer diez años de golpe.
Abro el libro por la hoja con la esquina doblada, recordando la cara de Carrie el viernes por la noche cuando descubrió mis manías de lector novato.
Retomo la lectura en el capítulo siete. Intento concentrarme, pero no es fácil cuando la tía de la historia se pasa el día lloriqueando por un amor no correspondido.
De pronto, un par de nalgas se posan en el reposabrazos de mi sillón.
—Tío, aquí me tienes si necesitas un oído amigo.
Lewis lo dice en tono burlón y levanto la vista hacia él, sorprendido.
—¿De qué hablas?
Señala mi libro con la barbilla.
—¿Qué es lo que te sorprende de que esté leyendo?
—¡Pues un montón de cosas! Acepto este rollo lector y tal, porque somos mejores amigos...
—Noto que viene un «pero...».
—Pero la cubierta de esta cosa me está mandando un mensaje muy claro, y quiero que sepas que puedes contármelo todo.
Durante un segundo me pregunto cómo ha podido captar lo que busco entre estas páginas. ¡Si todavía no les he contado nada sobre Amelia!
—Conozco a unos cuantos tíos que fantasean bastante fuerte contigo y que estarían encantados de... bueno... ¿cómo decirlo de forma bonita?
Me separo del respaldo y me giro hacia él.
—¿De qué coño hablas, tío?
—Sin presión, colega. ¡Estamos entre amigos!
Miro el libro y los pectorales del modelo de la cubierta me dan una sacudida. «¡Ahí quería llegar el imbécil! ¡Piensa que soy gay!».
—No seas idiota —me río, dándole un golpe—. Estoy investigando activamente para ligar con una tía.
—¿En serio? ¡Eso me interesa muchísimo!
—Espera, ¿quién fantasea conmigo?
—No quieres saberlo... Venga, suelta trucos, Donny.
—Lo siento, tío, aún estoy en pañales. Pero prometo compartir lo que descubra.
—¡Tú sí que eres un verdadero amigo! Bueno, voy a arreglar el mueble del baño. Nos vemos en media hora.
Su frase en clave me arranca una carcajada a la que se une Adam. Cruzo miradas con él, y se me apaga un poco la sonrisa.
—¿Desde cuándo necesitas ayuda para ligar con chicas? —me pregunta cuando Lewis se aleja.
Me armo con mi expresión despreocupada habitual para despistar. Mejor dicho: la exagero aún más para poder sortear a Adam. Estoy seguro de que, en otra vida, fue espía del KGB o mentalista. O incluso ambas cosas.
—Es un trabajo constante, no hay que dormirse en los laureles. Deberías probarlo si quieres que la primera chica con la que te acuestes quede doblemente satisfecha.
—¿Ah, sí?
—Es importante renovarse, si no acabas como esos ligones de pacotilla que sueltan una parida sobre las estrellas antes de pedirle el número a las tías —añado, con una convicción que, sorprendentemente, no es del todo falsa—.
Eso ya no se lleva. Ahora quieren sutileza.
Así que me estoy poniendo al día. Deberíais hacer lo mismo, chicos.
«¡Para! Don, hablas demasiado. ¡Te estás cavando tu propia tumba!». Si la telepatía existiera, oiría perfectamente el «No te creerás por un segundo que me la estás colando, Don» que Adam está pensando. Y si existiera la teletransportación, ya estaría en lo más profundo de Papúa Nueva Guinea.
Vuelvo a sumergirme en la lectura para escapar del silencio de mi compañero de piso y de su penetrante mirada.
Este libro es un poco aburrido. No veo nada que me sirva, así que paso por alto algunos fragmentos.
En cambio, me concentro mucho más en las escenas de sexo.
No pensaba que pudieran ser tan excitantes como una peli, pero la erección que empieza a asomar bajo mis calzoncillos me demuestra lo contrario.
Adam sigue sentado a mi lado, por lo que pillo un cojín del sofá y me lo coloco sobre los muslos.
Al final acabo leyendo en diagonal tres cuartas partes del libro. Cuando mi polla me suplica que me ocupe de ella, distraigo a mi colega para poder levantarme y me encierro en mi habitación.
Un cuarto de hora después, retomo el libro, obligándome a ser más serio. El sexo no es lo que debería buscar entre estas páginas, pero por muy motivado que esté, nada de lo que leo se me queda. «¡Menudo lío!».
Insisto un poco más antes de rendirme. Estoy convencido de que necesito que alguien me lleve de la mano y, antes de quedarme dormido, preparo la siguiente fase de la Operación Carrie.
Para empezar la nueva semana de forma productiva, aprovecho que me cruzo con Carter en el aparcamiento de nuestra resi para sacarle información con la que activar la nueva fase de mi plan infalible.
O, más concretamente, para sonsacarle datos y poder improvisar otra vez.
Como su novia es la excompañera de piso de Carrie, es el informador ideal.
Consigo sin problema el horario de mi objetivo, aumentando así mis posibilidades de toparme con ella «por casualidad» mientras merodeo por la zona de Artes y Ciencias.
Gracias a eso, consigo multiplicar durante cinco días las buenas acciones hacia ella.
Le abro las puertas cuando se presenta la ocasión, le tiendo una servilleta cuando el aliño de la ensalada le chorrea por la barbilla y, si no temiera llevarme una patada en las espinillas, incluso le cortaría la manzana que se come cada mediodía.