5. Carrie #2
—Oye, Donovan —lo interpela Shelby—, ¿Douglas te ha parecido un personaje creíble?
—Me gustó mucho en la primera mitad del libro. Pero cuando de repente se vuelve loco de amor por Sam, me decepcionó. No entendí ese cambio tan brusco.
—Qué raro —mascullo.
—¡Estoy de acuerdo con él!
«Yo también, Shelby, pero ni hablar de admitirlo».
Los noventa minutos siguientes se me hacen el doble de largos.
No consigo concentrarme en los intercambios que se suceden ante mí.
No paro de darle vueltas a la cabeza sin parar, preguntándome qué hace un tío como Donovan Wolinski aquí sentado.
Más allá de picarme, se dedica a argumentar muy seriamente sobre los puntos que van mencionando cada una de mis amigas.
—Carrie, ¿no quieres decir nada? —me susurra Amanda.
—No.
No es propio de mí, pero mi maldito vecino me ha arruinado la tarde.
—Esta primera sesión ha llegado a su fin —concluye Lynn, ordenando sus cosas—. He preparado una lista con algunas de las próximas novedades prometedoras. ¿Os viene bien el viernes 11 de octubre para la próxima reunión?
—Creo que sí —dice Donovan, apuntando la fecha en su cuaderno.
«¡El tío toma apuntes y todo, hay que joderse!».
—Ah, ¿porque piensas volver? —me preocupo.
—Ha estado bien, así que sí. A menos que me des un curso intensivo durante todo el mes de septiembre.
—¿Me estás haciendo chantaje?
Responde con un encogimiento de hombros cómplice.
—No contéis conmigo el día once; estaré en la cárcel por homicidio. Buenas noches, chicas —suelto, colgándome la mochila en la espalda tras levantarme.
Al girarme hacia la salida, me cruzo con los ojos de Donovan. Durante una fracción de segundo, su mirada me hace sentir culpable, no soy tan desagradable normalmente, pero recuerdo que lleva días acosándome y me doy la vuelta sin decir una palabra más.
Empujo de mal humor las mismas puertas batientes que antes. Me muero de hambre; voy a vengarme con una doble hamburguesa con queso.
Me detengo para sacar la cartera del bolso cuando una silueta enorme y sin aliento se planta frente a mí.
—¡Caminas superrápido para ser tan pequeñita!
Alzo la vista hacia Donovan, bien arriba, porque me saca casi dos cabezas.
—Puede que sea bajita, pero soy lo bastante alta como para llegarte a los huevos —replico con saña.
—¿Siempre sueles hacer tantas alusiones a los testículos? Porque el tema sale casi cada vez.
—Es lo único en lo que pienso —articulo, sonriendo.
—¿Has cenado?
Mi estómago responde por mí.
—Yo también me muero de hambre —ríe, echándose el pelo hacia atrás—. ¿Picamos algo?
—No, gracias.
He hablado con educación esta vez. ¡A lo mejor así funciona!
—¡Vamos, venga! Te dejaré robarme patatas. Seguro que además tenemos un montón de cosas en común.
—No tenemos nada en común, tú y yo.
—Falso, los dos tenemos sentido del humor.
—Falso, yo soy mucho más graciosa que tú. Y ahora, buenas noches.
Doy un paso para rodearlo, pero él se mueve y me lo impide. Paso a la izquierda, que él emula. Luego a la derecha. Me vuelve a imitar.
—Esto empieza a dar mal rollo, tío.
—Por favor, Carrie.
—¿Por qué no eliges a una de las chicas del club? Lynn es la que más lee y, con el entusiasmo que ha mostrado al verte esta noche, estoy segura de que estará encantada de hacerte de consejera. Incluso deberías poder tirártela sin mucho esfuerzo.
—Y precisamente por eso ni ella ni las otras sirven —replica, apretando los dientes—. No quiero a una chica que se interese por mí de esa manera, sería contraproducente. Te quiero a ti.
Parpadeo ante esa última frase.
—¡Guau!, Dios mío... Casi podría sonar a una declaración de lo más romántica. Deberías apuntar esas últimas palabras en tu cuadernito secreto, han sido preciosas.
—Carrie, por favor —suspira, frotándose los ojos—. ¿No podrías dejar dos segundos de hablarme como si fuera un imbécil y escucharme?
—Pero ¡si te estoy escuchando! ¡Eres tú el que se niega a oír lo que estoy diciendo!
Desde que te acercaste en la cafetería te he repetido que no tengo ganas de ayudarte, y tú sigues insistiendo.
Ni siquiera entiendo este lío en el que te has metido y, aunque lo entendiera, no tengo nada que aportarte. Así que déjalo ya, ¡joder!
Me quedo sin aliento, y un principio de migraña me quema las sienes.
—Que tengas un buen fin de semana —concluyo con voz cansada.
—Igualmente —murmura, metiendo las manos en los bolsillos traseros.
Empiezo a alejarme, incómoda, pero aliviada por haber conseguido por fin que el mensaje cale.
—¡Eh! ¿Carrie? —lo oigo llamarme.
Me vuelvo hacia él. No se ha movido. Me tomo el tiempo de observarlo más de lo habitual.
Es mi tercer año aquí, así que he tenido ocasiones de sobra de cruzármelo por el campus.
Y, sin embargo, esta noche parece distinto.
Casi podría hasta creer que va en serio con esa historia de convertirse en buen novio...
Pero estamos hablando de Donovan Wolinski, el ejemplo perfecto de tío que no se toma nada en serio salvo a sí mismo.
—¿Qué? —digo al fin.
—¡Hasta el lunes!
Y se marcha a toda prisa en dirección contraria, dejándome sin réplica.
«Me equivocaba: ¡todavía no está dispuesto a poner fin a todo esto!».