5. Carrie
Carrie
Empujo las puertas batientes del edificio de la asociación silbando. ¡Llevo esperando este momento todo el día! Distingo enseguida al grupito de compañeras, que están formando un círculo junto a la máquina de café.
—¡Carrie!
Me reciben cuatro sonrisas, las de Shelby, Amanda, Lynn y Eleanor. Tan apasionadas por la lectura como yo, adictas a los book boyfriends y fervientes defensoras de las novelas románticas en todas sus vertientes. «¿Libroadictas? ¡Presentes!».
No soy muy dada a las grandes amistades; ellas tampoco, así que solo nos vemos durante los clubes de lectura mensuales.
—¿Qué tal, chicas?
Mientras nos dirigimos a nuestra sala habitual, las escucho comentar sus vacaciones y, como no podía ser de otra manera, las innumerables historias que han devorado.
Después de casi dos meses en casa de mi madre, he leído más libros que las cuatro juntas.
Sumergirme en una novela es mi vía de escape.
Nos sentamos alrededor de una larga mesa rectangular; Amanda saca sus notas y unos briks de zumo de naranja. Me recojo el pelo y, justo cuando procedo a endulzar mi capuchino, oigo la puerta chirriar a mi espalda, seguida de un sonido de sorpresa procedente de una de mis amigas.
—Eh... ¿podemos ayudarte? —balbucea Lynn, con un tono más agudo de lo habitual.
Se oyen pasos acercándose y, por las caras que ponen todas, una idea descabellada me cruza fugazmente la mente. «¡ Nah , imposible! No empieces a montarte películas, Carrie».
—Buenas noches, vengo por el club de lectura.
Me atraganto con el capuchino. «¡Decidme que estoy soñando! ¡Esa voz que acaba de sonar detrás de mí no puede pertenecer a quien yo creo!».
—¿Ah, sí? —se atraganta Lynn, con babas que percibo en la comisura de sus labios.
Es una broma. Muy graciosa, lo reconozco... siempre que te pille con ganas de reírte, claro.
Apoyo las palmas sobre la mesa y me giro muy despacio hacia mi pesadilla en persona. «Y sí, ¡es él! Donovan Wolinski».
—Voy a cerrar los ojos, contar hasta tres y habrá desaparecido —declaro a modo de bienvenida.
Recibo de inmediato una patada bajo la mesa. Varias, de hecho.
—¡Está bromeando! —se ríe tontamente Amanda—. ¡Siéntate!
—No sabía si había que inscribirse en algún sitio, así que he pensado en pasarme por aquí directamente —añade, con una sonrisilla de cabrón dirigida exclusivamente a mí.
—El grupo ya está completo.
—¡Has hecho bien! —chilla Lynn por encima de mi voz mientras ordena sus cosas—. ¡Toma asiento encima de Carrie!
«Pero ¿qué leches está diciendo?».
—¿Perdón? —se extraña él.
—Disculpa, quería decir «toma asiento al lado de Carrie».
«Luego tendrá que explicarme cómo ha podido equivocarse de esa forma».
Donovan arrastra la silla contigua a la mía y se sienta con una seriedad inquietante. Abre las piernas y apoya las manos sobre los muslos.
—¿Qué coño haces aquí? —gruño en voz baja.
Sus hombros se agitan con una risa contenida. El cabrón está disfrutando de su entrada. Me pongo a toquetear mis gafas en un tic nervioso mientras mis amigas idiotizadas lo miran con la boca abierta.
Donovan se aclara la garganta y lanza un pequeño gesto al aire con la barbilla.
—Es mi primera vez, así que... —empieza, frotándose el pantalón.
Ojalá ardiera ahora mismo. «Cálmate, Carrie». Pero un enésimo suspiro bobalicón acaba con mi paciencia.
—Lynn, bébete ese vaso de agua antes de que te lo vacíe encima de la cabeza.
Ella obedece, roja como un tomate. Me giro hacia Donovan, con ojos amenazantes.
—Lárgate de aquí, Wolinski.
—¿Qué tal va tu bici, Carrie?
—No sabía que os conocíais —se sorprende Shelby.
—¿No te lo ha contado? —finge ofenderse—. Uno de mis colegas sale con su compañera de piso. Somos amigos.
Extiende el brazo sobre el respaldo de mi silla; me aparto de inmediato, haciendo chirriar las patas contra el suelo.
—No soy su amiga —replico ante las cuatro caras estupefactas clavadas en mí—. Voto por su expulsión inmediata.
—¿Cómo? ¡No!
Pues parece que se está gestando una rebelión ante mí. Lástima: me caían bien.
—¡Es un club abierto a todo el mundo! —replica Eleanor—. Ya somos pocas, ni hablar de rechazar a un nuevo miembro.
—¡Y qué miembro! —añade Shelby.
—Cuando dicen «miembro», no se refieren a tu... En fin, ya me entiendes —aclara Lynn.
«Será coña, ¿no? ¿Puedo entrar en coma ahora mismo, por favor?».
Donovan dirige una ceja arqueada hacia mí. Siento vergüenza ajena por ellas.
—¿Están hablando de mi polla? —articula en voz baja, ladeando la cabeza.
«¡En serio, un coma!».
—Aquí no se puede decir «polla» —lo reprendo de mal humor.
—Él sí que puede decir «polla» —me contradice Shelby.
—Por el amor de Dios... Me rindo. ¡Que se quede! ¿Podemos empezar ya, entonces?
—¡Venga, vamos allá! —anuncia por fin Amanda sacando su libro—. Antes de empezar el curso intercambiamos unos correos para elegir la lectura de la que íbamos a hablar esta noche. Donovan, te hago un resumen rápido para que puedas seguirnos.
—Muy amable, pero no será necesario.
Apoya la mochila en las rodillas y saca el libro previsto para hoy, exhibiéndolo con orgullo.
—¿Cómo has...? —susurro antes de callarme.
El muy cabrón. «Claro, fue ahí donde me lo dejé, ¡en su coche!». Me pasé toda la tarde preguntándome dónde diantres lo habría metido. Jamás he perdido un libro, estaba al borde de la histeria.
—Lo encontré en mi asiento, junto al folleto del club de lectura —me explica, como si nada.
—Y pensaste: «Mira, el sitio perfecto para venir a tocarle las narices». ¿O qué? —exploto, asustando a las demás.
—No —replica con voz cansina—. Pensé: «Mira tú por dónde, Carrie lo ha dejado ahí aposta, como un mensaje del cielo, ¡qué detalle! ¡Voy a seguir su consejo y leeré esta mina de oro!». Me dijiste que me apañara solo, ¿no? Pues eso es lo que he hecho.
—¿Lo has leído? ¿Entero? Sí, hombre...
—Cuando me propongo algo, voy hasta el final —me devuelve—. Aunque eso signifique no pegar ojo en toda la noche.
—No entiendo nada de lo que están diciendo estos dos —murmura alguien.
—Venga, Wolinski, ¡explícales a Amanda y a las demás por qué me estás amargando la vida desde principios de semana!
Espero incomodarlo, pero parece ser que eso es subestimarlo.
—Le pedí a Carrie que me diera algunos consejos, pero se empeña en negarse.
—¿Qué tipo de consejos? —se interesa Lynn, muy atenta.
—Me gustaría trabajar en una mejor versión de mí mismo.
Al tío se le da demasiado bien embaucarlas. Aplaudo, primero despacio, luego más fuerte.
—¡Guau! ¡Wolinski presidente!
Me manda un beso, a lo que yo finjo que voy a vomitar.
—Cree que puedo ayudarlo a convertirse en un buen noviecito —lanzo sin apartar los ojos de él.
—¿Tú? —se ríe Lynn—. Perdona, pero entre todas las que estam...
Mi mirada asesina hace que cierre el pico.
—Vale, lo has leído, bravo —ataco de nuevo al jugador de baloncesto—. Pero colarte aquí, no.
—¡Carrie! —interviene Shelby—. ¿Por qué le hablas así?
—Sí, Carrie, ¿por qué eres tan mala conmigo? —lloriquea él.
Agarro mi capuchino y rezo para que el café calme mis impulsos homicidas.
—Es la primera vez que conozco a un chico que lee novela romántica —añade Lynn—. Es genial.
—Solo ha leído una...
—Tengo curiosidad por conocer tu opinión —ronronea Shelby, entrelazando las manos bajo la barbilla.
—Dime que has encontrado la respuesta a todas tus preguntas y que vas a dejarme en paz —suelto, alzando las manos al cielo.
Me guiña un ojo. Por un instante me veo clavándole el bolígrafo en su pupila marrón. Por suerte, mi cuerpo es menos rápido que mi mente.
—Voy a ser sincero, no me lo esperaba así en absoluto —empieza, pasándose la mano por el pelo—.
No estoy seguro de que este libro me ayude a mejorar.
El tío se pasa todo el rato acostándose con la tía, vendándole los ojos y dándole azotes.
¿Es eso lo habitual? Me parece guay, pero no es exactamente la dirección en la que me gustaría progresar.
—No me digas —se oye una risita.
—Conclusión: te he hecho caso, Carrie. Pese a haber leído, no he encontrado nada que solucione mi problema.
—Claro, si te quedas solo con las escenas de sexo... La evolución de los personajes, de sus sentimientos, de su psicología, son cosas que se te pasan por alto.
—¡Ah! Ya... ¡Entonces estaba en lo cierto al decirte que te necesitaba!
—Ardeee en el infieeerno —canturreo exasperada, levantándole el dedo corazón.
—Pues a mí me ha encantado —suena Eleanor—. La manera en la que Douglas arrastra a Samantha a su mundo...
Ya no la escucho. Toda mi atención está fija en el perfil de Donovan. Estoy que echo humo de rabia por que haya tenido el descaro de plantarse aquí. Le importa una mierda esta reunión, lo único que quiere es sacarme de quicio. ¿Por qué a mí?
—Sobre todo en el capítulo once —continúa—. Temía que cayera en el cliché, pero la autora me sorprendió.
—Totalmente —asienten Lynn y Amanda.
Donovan va pasando páginas mientras escucha las opiniones de las demás.
—¡Un momento, stop ! —vocifero de repente.
Le arrebato mi libro y lo abro por la mitad. «No estrangules a este tío, Carrie. No ahora. ¡Hay testigos!».
—¿Has subrayado pasajes? —bramo.
—Sí, he usado un código de colores: amarillo cuando es gracioso, rosa cuando la cosa se pone hot , azul cuando...
—Pero ¡eso no se hace!
«¿Un código de colores? Este tío me está tomando el pelo o algo así».
Prácticamente solo veo rosa.
«¡Solo se ha fijado en las escenas de sexo! ¡No me extraña que se pasara la noche en vela!».
—¿Por qué?
—Y ahora va y me pregunta que «por qué» —siseo, alborotándome el pelo recogido—. Vale, estás expulsado.
Se ríe, provocándome unas ganas feroces de pegarle.
—Estás. Expulsado —repito, marcando cada palabra.
—Se le pasará —susurra Lynn con complicidad.
—Ha doblado las esquinas para marcar las páginas —añado de pronto en voz alta—. La palabra respeto, ¿te suena de algo? —escupo, intentando golpearlo con el libro.
El libro ya está perdido. Puestos a eso, mejor sacrificarlo del todo para darle una paliza a este imbécil. Por desgracia, no le causo daños irreversibles y bloquea mi arma sin dificultad.