4. Donovan
Donovan
Llevo dos días dándole vueltas a mi estrepitoso fracaso.
Dos putos días repasando una y otra vez aquella conversación con Carrie.
Intento entender qué fue lo que falló y por qué me recibió con tanta antipatía cuando ni siquiera nos conocemos.
Quería ir de tío relajado y simpático, y me miró como si fuera el mayor capullo del campus.
Vale, mi entrada en escena fue un desastre y no me ayudó precisamente, pero ¡Carrie o Cassie viene a ser lo mismo!
Me paro en doble fila para recoger a una clienta, a la que localizo enseguida en la acera de enfrente.
—¿Laura? —la llamo, levantando una mano.
Cruza la calle corriendo para alcanzarme. Está mona con su pantalón corto naranja.
—Lena —me corrige, al meterse en el asiento de atrás—. No Laura.
«Joder, pero ¿qué me pasa?».
—Perdón.
—No pasa nada, Donny.
«Ah. Una groupie ». La observo por el retrovisor, pero una vez más su cara no me dice absolutamente nada. Empiezo a preocuparme.
—¿Qué tal estás? —me pregunta con amabilidad, sacando un espejito del bolso.
—Genial, ¿y tú?
—¡Lo mismo!
Espero que se inicie algo parecido a una conversación, pero sigue retocándose el pintalabios. Ha llegado el momento de esforzarme, aunque no sé muy bien por dónde empezar.
—¿Has pasado buenas vacaciones?
«Vale, este es un buen comienzo».
—¡Han sido increíbles! Me fui de ruta con unas amigas hasta Miami.
—¿En qué coche? —pregunto, por puro reflejo de Campus Driver.
—Era gris.
«¡Guau! Hay que ver... qué precisión». Vale, hablar de coches no es el tema más adecuado.
—¿Y qué hiciste en Miami?
—¿Vienes a la fiesta de Douglas? —suelta, sin prestar la menor atención a mi pregunta.
Definitivamente, esta chica no valora el esfuerzo.
—¿Cuándo es?
—Mañana por la noche.
—Puede ser.
—¡Genial! Lo podemos retomar allí.
Capto su guiño en el retrovisor y asiento con una sonrisa. Pero... ¿quién es esta chica? Voy a acabar llamando a mi médico: mis neuronas necesitan un tratamiento de choque.
Pasa el resto del trayecto al teléfono, mientras yo intento poner en orden los últimos años de mi vida.
—¡Hasta mañana! —me dice cuando la dejo.
Levanto el pulgar antes de reincorporarme al tráfico.
Mi móvil emite dos pitidos familiares y, justo cuando voy a aceptar la siguiente carrera, veo a una estudiante en apuros un poco más adelante.
—Anda, mira tú.
El destino acaba de poner en mi camino una nueva oportunidad de convencerla. Aunque, pensándolo bien, tampoco tenía intención de quedarme quieto sin hacer nada. Ya había planeado interceptarla por los pasillos hasta que cediera. Soy un competidor nato, conviene no olvidarlo.
Apago el motor y salgo del coche con una sonrisa confiada. Cuando la abordé en la cafetería anteayer, creía que me convenía ir de chico bueno, pero, visto el resultado, mejor sacar la carta Wolinski.
Me acerco a Carrie. Está de espaldas, en cuclillas frente a la rueda de su bici. Me fijo en su enorme moño rubio, preguntándome cómo algo tan grande puede sostenerse sobre su cabeza sin hacer que pierda el equilibrio.
—Maldita bicicleta de los cojones —la oigo gruñir mientras estira de la cadena—. Hoy no me vas a joder, te lo advierto. Voy a contar hasta tres y... ¡Ay!
Acaba de pillarse un dedo con el mecanismo, y no consigo contener la risa. Se gira hacia mí y se pone una mano a modo de visera para protegerse del sol. Me observa apenas unos segundos antes de volver a centrarse en su bici.
—Solo me faltaba este —murmura, sin demasiado disimulo.
—¿Va todo sobre ruedas, Carrie? Bueno, es un decir, porque viendo el estado de tu cacharro, ya veo que no...
—¿Te ha llevado mucho tiempo dar con ese juego de palabras de mierda? —replica, estirando las piernas para ponerse de pie.
Rodea la bici y vuelve a agacharse junto al pedal.
—¿Necesitas ayuda? —insisto, sin inmutarme ante su humor tan encantador como de costumbre.
—Sí, gracias. Si puedes colocarte un poco a la izquierda para hacerme sombra, perfecto.
Obedezco sin rechistar. Me conviene mostrarme servicial, aunque no voy a negar que me apetece dejarla achicharrándose un rato más. Con los brazos cruzados sobre el pecho, echo un vistazo a mi reloj.
—¿Tienes clase a las nueve? —le pregunto.
—Para nada. Me encanta ir en bici alrededor del campus a las ocho y veinte de la mañana, comerme todo el gas de los tubos de escape y sentir que estoy a punto de acabar atropellada... ¿Quién prefiere quedarse en la cama? ¿Quién?
Esta chica arruina todos mis intentos por ser amable, pero en lugar de echarme para atrás, solo consigue volverme todavía más audaz. Me recuerda a aquel jugador de los Lions que intentó morderme la temporada pasada.
—Tengo clase a las nueve —acaba cediendo, dándole una patada a la rueda—. ¡En la otra punta del campus, joder!
Le asesta otro chute más y pienso que quizá no haya elegido a la mejor consejera. Si casi hasta me da miedo.
Me quedo mirando la chatarra que yace a mis pies, cuando noto los ojos de Carrie clavados en mi cara.
—A todo esto, ¿qué haces aquí? —espeta de pronto.
—Te he visto en el borde de la carretera y me ha apetecido ayudarte.
—¿Sabes reparar bicis?
—Nop, pero tengo un coche que sí funciona. Sube, que te llevo.
Va a decir que no, veo cómo las dos letras se le forman en la boca apretada. Mira el reloj; los labios se le mueven mientras calcula la probabilidad de llegar a tiempo si decide ir andando. Ninguna. Y su suspiro resignado demuestra que lo ha entendido perfectamente.
—No tengo dinero para el viaje —objeta, arqueando las cejas.
—No me estaba refiriendo al servicio de los Campus Drivers, sino a echarte una mano.
—Mmm, ya, claro. Seguro que me pedirás algo a cambio.
«Sí, podría ser».
—Tú verás. Al fin y al cabo, tu clase no será tan importante. Seguro que puedes faltar sin problema...
La veo palidecer. Estoy seguro de que no es de las que se saltan clases sin un motivo de peso.
—Vale, venga... —acepta de mala gana.
Ata la bici a una valla, prometiéndose volver a ocuparse de ella, luego recoge la mochila con una mano, un libro con la otra y avanza hacia la puerta del copiloto de mi coche.
Creía que tendría que insistir más; me sorprende verla abrocharse el cinturón tan tranquila. De vuelta al volante, arranco el motor y apago la radio.
—Bonito coche —comenta, pasando un dedo por el salpicadero.
—Plymouth Road Runner del 71 —declaro con voz admirativa.
—Lo he dicho por educación, no te emociones.
Niega con la cabeza antes de sumergirse en su libro.
Me dice la dirección de destino sin ni siquiera apartar los ojos de las páginas, y conduzco cinco minutos en un silencio total. Luego, busco la mejor manera de retomar el tema iniciado en la cafetería.
—No —declara de repente.
—¿Cómo?
—Mi respuesta sigue siendo no —repite, moviendo la cabeza de lado a lado.
«¿Acaso me lee el pensamiento?».
—¡Si solo te estoy pidiendo cuatro consejillos de nada!
—¿Por qué?
Entonces me preparo para soltar la frase que llevo días repitiendo en mi cabeza para que suene natural.
—Dentro de poco cumplo veintidós años, va siendo hora de sentar cabeza. Tengo el nivel de un crío de primaria, y me hace falta volver a las bases.
—De follar a sentar las bases no hay desfases —ironiza, deslizándose las gafas por la nariz.
—Muy poético.
—Mira, perdona, pero es que es una idea tan absurda que hasta da risa. Sigo pensando que te estás cachondeando de mí. Y, además, ¿por qué yo y no Becca o Lois?
—Me han dado calabazas —admito entre dientes.
—Pero ¡yo también te doy calabazas! Así que búscate otra opción.
—Becca dice que con tus libros y todo eso eres una experta en la materia.
—¡Venga ya! —se ríe sin cortarse—. Es lo más estúpido que he oído en mi vida. Te das cuenta de que es ridículo, ¿no?
—Unos consejitos, eso es todo —insisto, haciendo temblar mi labio inferior con fingidos pucheros.
Gira la cabeza hacia la ventanilla soltando un gruñido irritado.
Los metros se suceden. Levanto el pie del acelerador para ganar tiempo. Es dura de pelar. Sin saberlo, su actitud ya me da una primera lección, hay que saber insistir, pero me aseguraré de no decírselo. No la conozco, pero estoy seguro de que disfrutaría rechazándome aún más.
—¿Carrie?
—Prefería cuando me llamabas Cassie —murmura al volverse hacia mí.
Me clava sus ojos marrones, afilados, y me quedo atrapado en ellos durante un instante. Me obligo a devolver la atención a la carretera.
—Si de verdad crees que vas a encontrar esa chispa a base de novelas románticas, conozco una librería estupenda en la ciudad para recomendarte. Puedes ir tú solo, como un nene mayor. Eso sí, no prometo que funcione.
Aparco junto al bordillo y Carrie se desabrocha el cinturón al instante.
—¡Bueno! Pues gracias por el viaje. Te deseo suerte con... todo eso.
Ya está saliendo del coche cuando me inclino hacia la ventanilla abierta del copiloto.
—¡Acabo de hacerte un favor, me he ganado un empujoncito!
Se queda quieta, de espaldas, unos segundos, sopesando pros y contras. Por fin se da la vuelta, sin acercarse demasiado.
—Ahí va mi único consejo, Wolinski, así que abre bien las orejas: la próxima vez que te acerques a una tía, procura no equivocarte de nombre. Créeme, ya será un progreso enorme.
—¿Cómo?, ¿eso es todo? —grito mientras ya se aleja.
—¡Adiós!
Agita la mano en una despedida sádica y me hundo en el asiento, derrotado.
«Joder, es terca como una mula». Lástima para ella, porque yo lo soy cien veces más, y ya estoy pensando en mi próximo movimiento. Tendré que recurrir a Becca para investigar un poco y saber por dónde se mueve; acabará hartándose y cederá.
Cuando estoy a punto de retomar la marcha, algo me llama la atención en el asiento que acaba de dejar Carrie: se le ha olvidado su libro. «¡Bien! Eso me da la excusa perfecta para reabrir las negociaciones».
Al cogerlo, se cae un folleto:
CLUB DE LECTURA ROMÁNTICA VIERNES 6 DE SEPTIEMbrE, 19:00H
«Vaya, vaya, así que la señorita Carrie asiste a un club de lectura, ¿eh?».
Me gusta bastante la idea que empieza a tomar forma en mi cabeza.
Repaso el resto de los datos del folleto y descubro que el libro que se ha olvidado está incluido en el programa de su pequeño encuentro de mañana por la tarde.
—Gracias por el consejo —me río por lo bajo, acariciando mi pequeño tesoro.