Novio perfecto (Campus Drivers 2) 3. Carrie
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3. Carrie

Carrie

«Lo oigo bajar las escaleras a toda prisa detrás de mí. Corro, pero no lo bastante rápido como para perderlo. Una parte de mí desea que me alcance, aunque le guarde rencor por haberme engañado.

—¡Mel, espera! ¡No es lo que crees!

¡Claro que no! ¿Cómo pude esperar, aunque fuera por un segundo, que cambiara por mí?

Por fin llego a la acera y, con la mente demasiado nublada por el corazón hecho trizas, sigo corriendo sin rumbo fijo.Sin preocuparme por los faros que barren el asfalto».

Estoy sumergida en la lectura de una escena clave de mi novela, cuando un carraspeo resuena por encima de mi cabeza. Lo ignoro y me apresuro a pasar la página. Es increíble lo enganchada que estoy a esta historia.

«Más allá de los gritos que me llenan la cabeza, más allá de los gritos que estallan a mi espalda, oigo con total claridad el claxon que empieza a rugir y el chirrido de neumáticos que le sigue. Me vuelvo hacia la luz cegadora que se acerca demasiado rápido.

Cuando mis músculos se tensan anticipando el impacto fatal que estoy a punto de sufrir, siento que vuelo. Un cuerpo amortigua mi caída, y unos brazos poderosos me estrechan mientras rodamos hasta el arcén.

Cuando por fin nos detenemos, abro los ojos y me encuentro con el rostro de Jonas. Sus ojos están llenos de miedo y de un brillo que parece sacado de un sueño».

Otro carraspeo, más insistente, me obliga a releer la misma frase. «Quienquiera que seas, ¡lárgate!».

«—Mel —susurra, cubriéndome el rostro de besos—. Mel, yo te...».

Creía que mi orden mental había funcionado, hasta que una mano enorme se interpone entre las líneas que devoro con avidez. ¡Justo en el momento más esperado!

—¡Ejem!

Inspiro hondo para evitar darle un mordisco a la maldita mano que se agita delante de mí y alzo la vista hacia el intruso, armando la mirada como una ametralladora cargada.

Al reconocerlo, entrecierro aún más los ojos. Tamborilea con los dedos sobre la mesa mientras me dedica una sonrisa calculada. Casi podría creer que nos conocemos bien, a juzgar por la forma despreocupada con la que se dirige a mí.

—Hola, Cassie.

«¿Cassie? Mal empezamos, chaval». ¿Me sorprende viniendo de él? En absoluto. ¿Mi pobre corazoncito sufre lo más mínimo? En absoluto.

—¿Qué tal, Donald?

—Donovan —me corrige, con voz ofendida—. Me llamo Do-no-van.

—Y yo Carrie —replico, insistiendo también en mi nombre.

Parece que por fin se le enciende una bombilla en ese cerebro de zopenco.

—Vale, uno a uno —dice, sentándose en la silla frente a mí.

—No exactamente —gruño, cerrando el libro.

Lo observo mientras estira las piernas bajo la mesa y gruño cuando su zapatilla choca con mis dedos descalzos.

—¿Estás teniendo un buen día? —insiste, con voz cantarina.

Giro sobre mí misma y escaneo los alrededores en busca de una explicación para la presencia de este tipo en mi mesa.

¿Por qué desafortunada broma del destino ha ido a parar a mi espacio vital cuando quedan mesas libres?

Peor aún: distingo al resto de los Campus Driver s al fondo de la cafetería, lo que me desconcierta todavía más.

Al volver mi atención de nuevo hacia Donovan Wolinski, me doy cuenta de que está hablando.

—¿Qué quieres? —lo interrumpo sin el menor pudor.

—Una cocacola me vendrá de lujo, gracias.

Abro la boca, la cierro, y luego deslizo las gafas por el puente de la nariz con ese tic que vuelve locas a mis amigas. Estoy a punto de preguntarle si sufre desorientación espacial, pero se me adelanta.

—¿Qué tal la vuelta a clase? ¿Qué estudias? Estás en segundo, ¿no?

«Vale, aquí hay algo que no cuadra en absoluto».

—Vamos a ver, ¿se puede saber qué quieres de mí? —articulo, señalándolo con un dedo.

—Tranquila. ¿Siempre eres tan amable, o acaso tengo derecho a un trato especial?

—¡Oh, no! —finjo sentirme culpable—. ¿Te he ofendido?

Me mira con más insistencia, buscando en mi cara algo que se me escapa.

—Oye, ¿tú y yo no habremos...? No, porque si alguna vez me he portado mal...

—Magnífico. Un espécimen único —comento, golpeando con la uña la patilla de mis gafas—. Tranquilo, jamás he tenido trato con tu bragueta.

Señalo su entrepierna mientras simulo una preciosa arcada. Me estoy pasando un poco, pero lo hago para intentar que se largue. No me gustan los tipos de su calaña, sobre todo cuando me interrumpen en plena lectura... ¡y más aún en un momento tan crucial!

—Si intentaste algo conmigo y te di calabazas, te pido disculpas.

—Me eres completamente indiferente; ¿igual es eso lo que tanto te desconcierta de mi actitud?

«¿Soy yo o parece aliviado?».

—En fin, voy a repetir mi primera pregunta, más despacio: ¿qué quieres de mí?

—Tenemos amigos en común —argumenta como si fuera una lógica aplastante—. ¿Qué tiene de raro que venga a charlar un rato contigo?

—¿Charlar un rato...? —repito, intentando encontrarle sentido a su comportamiento.

Por más vueltas que le doy, no lo entiendo.

Ahora mismo no tengo ganas de conversar.

¡Y menos con él! Pero eso cualquiera con dos dedos de frente debería pillarlo, ¿no?

Una chica sentada sola, con un libro en la mano, absorta en la lectura, claramente no tiene ninguna intención de entablar conversación.

Y, siendo sincera, no hay circunstancia alguna que pudiera darme ganas de «charlar un rato» con Donovan Wolinski.

—No hay gato encerrado, solo me interesaba por tu vida. Es lo que hace la gente normal.

—Para empezar, la gente normal no se pone a disparar preguntas ahí al tuntún. Y luego...

No sé qué más añadir.

—¿Te haces rayos UVA o tienes raíces sudamericanas?

—Mi madre es colombiana —me oigo responderle.

«Pero ¿por qué le contesto? ¿Rayos UVA? Pero ¿este tío de qué va?».

—¿Te gusta leer? —continúa, echándole un vistazo a mi libro.

Estoy tentada de felicitarlo por su progreso meteórico en el arte de la conversación, pero prefiero que se largue.

—Sí, me encanta. Leer. Tranquilamente —respondo, subrayando el mensaje.

—Qué guay.

«¡Gracias por la profundidad de este intercambio!».

Mueve la cabeza de un lado a otro. Espero que pille la indirecta y se pire, pero sin darme tiempo de reaccionar, agarra mi tesoro y le da la vuelta para leer la sinopsis.

Me muerdo el carrillo pensando en sus dedos, posiblemente grasientos o sucios. ¿Parezco una madre loba protegiendo a su cachorrito? Totalmente.

—Novela romántica, ¿eh? —comenta, hojeándolo con aire distraído.

—¡Dámelo!

Recupero lo que es mío, esperando una pulla. Lo guardo en el bolso, con mil precauciones y después de meterlo en una funda acolchada, anticipando todavía algún comentario suyo. Pero, contra todo pronóstico, cuando vuelvo a mirarlo, me observa con seriedad.

—¿Por qué tengo la sensación de que te ronda algo por la cabeza? —digo, haciendo una mueca.

Sus labios se curvan despacio y me recorre un escalofrío. No de placer. De puro horror y ansiedad.

Empuja la silla hacia atrás, rodea la mesa y vuelve a sentarse justo a mi lado. Se inclina y apoya un brazo en el respaldo de mi silla. No me gusta nada.

—Escucha, Carrie —empieza con voz grave—. Puede que esto te sorprenda, pero...

Da un respingo de repente. Acabo de estamparle la palma contra la boca, y mi carcajada, rozando la histeria, le hace abrir los ojos como platos.

—No estarás intentando ligar conmigo ahora mismo, ¿no?

Intenta hablar bajo mi mano. Sigo sin soltarlo.

—No, es que lo digo porque... por si no había sido lo bastante clara: ¡ni en sueños!

Su boca deja de moverse bajo mi piel, frunce el ceño y exhala por la nariz de forma entrecortada. Se ríe como si acabara de decir la tontería más grande del año. Me rodea la muñeca con los dedos y aparta mi brazo.

—No te estoy tirando los tejos —suspira, sin soltarme.

«¡Gracias a Dios!».

—Entonces ¿a qué viene todo este circo?

—Tengo que pedirte un favor.

No sé si eso me tranquiliza. En cualquier caso, no quiero tener nada que ver con él, pero soy curiosa por naturaleza.

—Tú dirás.

Siempre le he visto una actitud despreocupada y segura... salvo ahora. Dura apenas un segundo, pero me parece entrever algo indefinible. Es tan fugaz que no me detengo en ello.

—Becca dice que sabes de... cosas de chicos —empieza, alargando las palabras.

«Ajá. Ya lo entiendo».

—«Cosas de chicos» es bastante vago... —me río, recogiendo el envoltorio de mi sándwich para dejarlo en la bandeja—. Si quieres que te depile los huevos, ¡ni hablar!

—Tú... Espera, ¿qué has dicho? ¿Por qué iba a querer que me depilaras las pelotas?

—Porque, por la cara que pones, me vas a pedir algo chungo. Yo solo hago torsos, espaldas y, bueno, también piernas, para los más exquisitos.

—Pero ¿qué coño estás diciendo?

Parece completamente descolocado por mi discurso.

—Si es Becca quien te manda, seguro que es por un tema de vello corporal.

—Perdona, me he perdido en cuanto han salido de tu boca las palabras «depile» y «huevos» juntas. ¿Por qué iba querer hablar yo de eso contigo?

—Porque me gano un dinerillo extra extendiendo cera sobre los estudiantes de la uni.

Parpadea e hincha las mejillas un número incalculable de veces.

—¿Hola? —me impaciento, chasqueando los dedos delante de su nariz.

—Perdona, estaba intentando imaginarme que... En fin, no es de eso de lo que quería hablar. Vamos, es que jamás.

—¡Pues, por Dios, suéltalo ya!

—Necesito consejos para mejorar —dice del tirón.

—¿Clases particulares? Ni siquiera estudiamos lo mismo.

—No ese tipo de clases.

Toma aire. «Me preparo para cualquier cosa...».

—Dime qué tengo que hacer para ser un buen novio.

«... menos para eso».

Estoy a punto de soltarle una broma, un «no, venga, me estás vacilando», pero mantiene el rostro serio. «Mierda. ¡Que no está de coña!». Parece que le haya costado horrores decirlo, y lo entiendo. Es tan... ¡ridículo!

Me echo a reír tan fuerte y tan cerca de él que se echa hacia atrás de golpe.

—Hablo en serio —gruñe, mirándome mal—. Deja de reírte, todo el mundo nos está mirando.

—¿Desde cuándo te molesta que todas las miradas estén puestas en ti? —replico, todavía riendo.

Debo decir que cuando ha aparecido con esa cara de panoli me ha sacado de quicio, pero lo cierto es que ha merecido la pena. En cuatro palabras acaba de regalarme la mayor carcajada de mi vida.

—¿Accedes?

Agarro los extremos de la bandeja y me pongo de pie.

Vivo en un universo paralelo en el que Donovan Wolinski me pide clases de recuperación en «Novio avanzado».

A mí, que nunca he salido con un tío el tiempo suficiente como para conocer a sus padres.

A mí, que detesto todo lo que huela, de cerca o de lejos, a pareja.

Pero él no tiene por qué saberlo, y ni siquiera es eso lo que más me sorprende.

No, en serio, ¿dónde está la gracia de esta broma interminable?

—¿Accedes? —insiste.

—No, lo siento. He quedado con un chico de tercero para enseñarle a trenzarse la barba. Con cuentecitas y todo. Me va a llevar al menos una eternidad.

Pongo mi mejor cara de disculpa y doy media vuelta.

Cuando estoy entrando al aula, todavía me dura la risa.