Novio perfecto (Campus Drivers 2) 2. Donovan
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2. Donovan

Donovan

Hoy empieza la uni. La efervescencia ha llegado a su punto máximo a mi alrededor. Hay risas, empujones, y a los Campus Drivers les va de lujo.

Empiezo mi cuarto año y, aunque hasta ahora siempre me había encantado volver a la OSU, esta vez me siento mal.

Acabo de pasar el peor verano de mi vida, así que debería sacar la cabeza del agua ahora que ha terminado y que estoy a punto de recuperar mi adorada rutina de estudiante.

Y, sin embargo, ya no queda ni rastro del Donovan que en años anteriores caminaba con paso seguro hacia el edificio principal.

Solo queda este pobre tipo que ha descubierto hasta qué punto la ha cagado y que no sabe qué hacer con ello.

Creía que el ataque de mi padre era lo peor a lo que tendría que enfrentarme, pero me equivocaba. «Joder, solo de pensarlo me entran ganas de destrozarlo todo».

Sabía que la visita de mi hermana al principio de las vacaciones iba a generar caos, como siempre.

Solo que no ocurrió en absoluto como yo esperaba.

Quise entender el origen de nuestro distanciamiento, y ¿qué saqué de todo eso?

Un cataclismo. Estoy lleno de rabia. Odio a mis padres por no haber intentado averiguar por qué Amelia estaba tan cabreada conmigo durante todos estos años.

Y me odio todavía más por haber dejado que las cosas llegaran hasta este punto.

—¡Hola, Donny!

Una tía que me resulta vagamente familiar acaba de plantarse entre las escaleras y yo, interrumpiendo mis pensamientos turbios. Teniendo en cuenta que está usando el apodo con el que todas mis groupies me bautizaron, no me cuesta nada adivinar el motivo de su aparición.

—¡Ey! ¿Qué pasa... tú?

Su nombre ni siquiera intenta abrirse paso en mi cabeza, así que recurro a ese práctico «tú», que casi hasta suena a diminutivo cómplice.

—He intentado reservar un viaje con mi chófer preferido esta mañana, pero no estabas disponible. Una pena, tenía ganas de repetir la experiencia.

Acompaña sus palabras de un movimiento cómplice de cejas, pero solo consigo esbozar una sonrisa cutre.

—Me prometiste otra vuelta olímpica —insiste, llevándose un dedo a la boca—. ¿Te acuerdas?

Mierda. Así que estoy delante de una antigua conquista. Su mohín travieso se transforma en algo más tenso. Debe de leer en mi cara que no tengo ni idea de a qué se refiere.

Normalmente sabría salir del paso sin problema, pero no ha elegido el mejor momento. Sobre todo, cuando esta conversación me devuelve de golpe a una faceta de mí mismo que ya no saco tanto como antes.

—Vale, no sabes ni quién soy, ¿verdad? ¡Lisa!

Su voz cantarina se eleva en un agudo, y su respiración se vuelve más ruidosa. Está claramente perdiendo la paciencia. «¡Mayday, mayday, mayday!».

—¡Mi querido Donovan! —exclama de pronto Lewis, trepando por mi espalda.

«¡Mi llamada de auxilio ha encontrado a su héroe!». Agita sus largos brazos y se pone a pellizcarme las mejillas mientras suelta grititos.

Me revuelvo para que se aparte, pero se aferra y trata de meterme un dedo en la nariz.

—¡Joder, que me dejes ya! —grito, riéndome al mismo tiempo.

Lisa nos escanea con desdén antes de largarse.

—¿Te he fastidiado el ligue, Donny?

—Ya me las pagarás —finjo enfadarme.

En realidad, estoy tentado de darle las gracias por haberla espantado.

Al final me suelta y cae de pie. No lo veía desde mediados de julio; he echado de menos a este cabrón.

—¿Cuándo has vuelto de tu feudo en las alturas? —le pregunto, recolocándome la camiseta.

Lewis trabaja con su padre cada verano construyendo cabañas por todo el país. De hecho, se construyó una para él en algún lugar de Virginia Occidental, así que se autorregala quince días de descanso por allí al acabar el curro. Nunca he ido, es su guarida exclusiva.

—Ayer —suspira, echándose hacia atrás una melena que ya está demasiado larga—. Dime una cosa, ¿soy el único que no está motivado este año?

«Uf, para nada, tío. ¡Si tú supieras!».

—Saber que quien va a entrenarnos este año es el ayudante de tu padre me pone de mala leche.

—Es buen tío, Williams. Desde que tuvo el ataque, se ha estado interesando por él cada semana.

—Me da igual, yo solo quiero que el Coach vuelva con nosotros.

—Para enero, si todo va bien.

—¿Qué tal está?

—Pesado y cabroncete. —Me río—. Me toma por su chico de los recados, por no hablar de que debe de pensarse que soy gilipollas y que no me entero de que usa nuestra cancha de baloncesto a escondidas. Si hasta duerme con su balón fetiche. ¡Menos mal que este finde hemos recuperado nuestro piso!

—Anoche justamente llevé mis cosas, pero no te vi por allí. ¿Ya estabas metiéndole mano a alguna tía?

—Me conoces tan bien —admito, chocando el puño con el suyo.

Miento. Pasé gran parte de la noche dando vueltas con el coche, conteniéndome para no acelerar hasta Washington para enfrentarme a mi hermana.

Ajeno a lo que me pasa por la cabeza, Lewis se parte de risa antes de agitar la mano a mi espalda.

—¡Loooiiisss!

No necesito girarme para visualizar la cara que debe de poner al oír esa voz estridente que él no se cansa de usar cuando la llama. «Algún día se va a llevar un zapatillazo fucsia en toda la boca».

Lois llega hasta donde estamos, esquiva el intento de abrazo de mi colega y me dedica una sonrisa amable.

—¿Listos para vuestro último año? —nos pregunta alzando las cejas—. Habrá que ir buscando sucesores —añade, sabiendo perfectamente que es un tema delicado—. ¡Campus Drivers 2.0!

La fulmino con la mirada. Con Lewis, Adam y Lane creamos la aplicación a principios de primero: Campus Drivers.

Cuatro conductores al servicio de los estudiantes de la OSU, una de las universidades más grandes del país.

Una idea brillante que da pasta y nos permite disfrutar de nuestros adorados coches.

Fue precisamente nuestra pasión común por los cochazos lo que nos unió.

Conocí a Lewis gracias al equipo universitario de baloncesto, Adam y él son inseparables desde la cuna, y a Lane tuvimos que camelárnoslo durante bastante tiempo para que bajara la guardia y aceptara nuestra amistad.

Hace tres años que nos convertimos en mejores amigos y en chóferes de renombre.

Me cuesta horrores imaginar cómo será nuestro día a día cuando terminen los dos semestres que nos quedan aquí.

—Estoy por liarla en los exámenes finales solo para poder seguir —suelta Lewis.

—¿Dónde está Lane? —pregunto, echando un vistazo alrededor.

—Le tocaba viaje.

—¿Rubia o morena? —la pico.

—¡Las dos!

Cuando por fin las cosas se pusieron serias entre Lane y ella, me daba miedo que viera con malos ojos el desfile de tías que suele pasar por el coche de su chico. Me habría jodido muchísimo que Lane dejara el negocio, pero a ella le da absolutamente igual, y por eso todavía me cae mejor.

—Me voy, que he quedado con Becca. ¿Esta noche venís al piso para hacer la planificación de la apli?

—¡Sí! Yo llevo de beber —grita Lewis antes de salir corriendo hacia una estudiante.

—Yo me encargo de las pizzas —informo.

—Perfecto. Que vaya bien la vuelta a las clases, pues. ¡Nos vemos luego!

Durante un segundo estoy tentado de alcanzarla para contarle el problema que me lleva comiendo la cabeza desde finales de julio.

No me veo sacando el tema con mis colegas, pero quizá con ella...

Es la única chica del grupo, y Lane me había dicho que tiene hermanos, así que tal vez podría aconsejarme con lo de mi hermana.

Pero la vergüenza me cae encima de golpe y me quedo plantado como un imbécil, un imbécil de mierda, mirando cómo los estudiantes se apresuran hacia su primera clase.

Joder, voy a tener que encontrar de verdad una vía de escape para salir de este bajón.

Espatarrado en el sofá de Lane, ajeno a la habitual efervescencia de una noche con mis amigos, dejo que los recuerdos antiguos desfilen por mi cabeza, intentando encontrar la pieza que falta. El detalle que no vi.

—¿Todo bien, Don?

Giro la cabeza hacia Adam, sentado frente a mí. Como siempre, está atento al ánimo de los que lo rodean y me observa, un poco preocupado.

—Sí, ¿por qué?

—Normalmente eres tú el que anima la fiesta, y casi no has abierto la boca ni te has bebido un solo trago de la cerveza.

Miro el botellín que tengo entre los dedos antes de llevármelo a los labios. Se ha calentado, y está asqueroso.

—¿Le pasa algo a tu padre? —pregunta, inclinándose hacia mí.

—No, con él todo bien. Se está recuperando, saldrá adelante.

Tengo que dejar de darle vueltas, se nota demasiado y me cabrea. Y encima, no tiene ningún sentido rumiar estos pensamientos; es demasiado tarde para cambiar el pasado, y ni siquiera estoy seguro de poder arreglar lo que se ha roto.

—Voy a por otra cerveza, ¿quieres una? —le ofrezco, poniéndome de pie de un salto.

—No, gracias.

Me dirijo a la cocina. Saco una bebida de la nevera, y Becca me tiende el abridor sin interrumpir su conversación con Lois.

—¿Otra vez babeando por vuestros noviecitos? —ironizo, dando un trago.

—No te hagas el listillo, solo estábamos recordando la fiesta de cumpleaños de Lane del año pasado —responde Becca con aire pensativo—. Además, ya hace un año que estoy con Carter —añade, sonriendo.

—Y pensar que se suponía que ibas a acabar la noche con Don —se ríe Lois, negando con la cabeza.

—¡Oye, pues es verdad! —caigo de pronto—. Al final, ese cabrón me robó a mi chica.

Fue tal que así, porque fui yo quien la invité a unirse a nosotros, pero acabó colgándose del amigo de la infancia de Lane.

Había olvidado ese detalle completamente.

No le di mayor importancia al tema, si no era con Becca, sería con otra, siempre ha sido mi modus operandi .

Pero ahora todo eso resuena de mala manera con mis problemas actuales.

—Por cierto, ¿por qué lo elegiste a él y no a mí?

Me mira como si acabara de pillar la peste. Admito que mi pregunta es rara, pero de pronto necesito entender cómo me perciben las chicas. Ninguna se me ha quejado nunca, pero los reproches de mi hermana me hacen ponerlo todo en duda.

—Pues a ver, tenía que elegir entre un chico que se interesaba de verdad por mí y... ¿tú?

Frunzo el ceño.

—No te lo tomes a mal, ¿eh? ¡Eres un tío guay! —se apresura a añadir—. Es solo que...

—¿Que qué?

—¡Lois, ayúdame! —gruñe, dándole un codazo a su amiga.

—Lo que Becca intenta decirte torpemente —interviene Lois— es que Carter y tú no jugáis en la misma liga, nada más.

—Explícate.

Da unos pasitos nerviosos, buscando las palabras.

—¿Novio versus devoravaginas? —articula con vocecilla.

—Pero ¡si Carter también se follaba a tías! —protesto.

—¿Perdón? —interviene el aludido desde el sofá.

—Déjalo, cariño —ríe Becca, lanzándole un beso.

Una conversación que pretendía ser banal toma un rumbo extrañamente doloroso para mí, porque saca a la luz una parte de mí con la que ya no sé qué hacer desde que mi hermana me ha...

—¿Tan cabrón soy con las tías? —me oigo preguntar.

—No hemos dicho eso —replica Lois, arrugando la nariz—. Digamos que eres... ¿frívolo?

Bien. Justo lo que necesitaba oír. Así que soy alguien que no se toma nada en serio. Exactamente lo mismito que me echó en cara Amelia. Perfecto.

—¿Qué te pasa, Donny? ¿Desde cuándo te importan estas cosas?

«Desde que intento entender en qué me he equivocado».

—Puede que tenga ganas de ser un tío decente...

—¿Quieres sentar cabeza? —se sorprende Becca, abriendo mucho los ojos—. ¿Has conocido a alguien?

—No, pero...

Tengo las ideas tan revueltas que ya ni sé a dónde quería llegar.

Solo quiero sentirme menos falso. He sido un hermano de mierda y, de repente, tengo miedo de ser un novio igual de pésimo.

Aunque no vea solución con Amelia, todavía puedo cambiar de rumbo por lo que respecta a mi futuro sentimental.

Esa es la conclusión a la que llego: no puedo seguir comportándome con las chicas como llevo haciéndolo hasta ahora.

—¿Qué creéis que debería hacer para ser un novio perfecto?

Se miran, atónitas.

—No voy a responder a esa pregunta —esquiva Lois, levantando las manos—. Para empezar, porque suena rarísima en tu boca, y sobre todo porque... —Se calla y señala a Lane—. He elegido al más complicado. Sería la peor consejera posible, Don, lo siento.

Echo un vistazo a mi colega. «¡Vale, sus argumentos son válidos!». Me vuelvo hacia su cómplice.

—¿Becca?

—¡Ni lo sueñes! Mi chico se pasa el día escribiendo guiones sobre cine porno; y cuando no los escribe, es porque los está viendo. Me juego los dos ovarios a que eso no es precisamente la forma estándar de actuar. ¡Carrie es la experta en estas cosas!

—¿Quién?

—Carrie, mi compañera de cuarto de la resi.

—¿La rubia?

—Sí.

Por más que me estrujo el cerebro, no consigo recordar su cara. Sé que me la he cruzado un par de veces, pero poco más.

—¿Y por qué crees que podría orientarme? —le pregunto a Becca.

—Tiene una colección enorme de libros, y se pasa el día leyendo novelas románticas empalagosas. Seguro que sabe un montón de cosas que podrían servirte.

Se ríe por lo bajo antes de añadir:

—Y además es una de las pocas estudiantes a la que no se le mojan las bragas con vuestros caretos de Campus Drivers.

—¿Y se supone que eso me tendría que ayudar?

Asiente, conteniendo la risa. Por lo que parece, no me toma en serio. Y es que ni se imagina que, a partir de mañana, voy a ir a buscar a su compañera de cuarto para sonsacarle la receta del novio perfecto.