1. Donovan
Donovan
—Vamos, abuelete, ¡que los he visto más rápidos!
Mi padre gruñe un insulto en polaco e intenta aplastarme el pie, pero lo esquivo sin problema. Lo guío hasta la entrada de casa a la velocidad de una tortuga sedada.
Desde el infarto que sufrió hace tres semanas y la operación a la que se tuvo que someter a continuación, ya no es más que la sombra de lo que era. Estuvo a punto de morir. De hecho, murió dos veces, en cierto modo. Su corazón se detuvo en dos ocasiones.
Está agotado, más delgado y todavía le cuesta respirar, pero Lewis tenía razón: es un guerrero. Le han dado el alta esta misma mañana, y tengo unas ganas tremendas de verlo de nuevo en su entorno. Ya no soportaba verlo entre cuatro paredes asépticas, enfundado en esa horrorosa bata.
—Hace calor —lo oigo refunfuñar mientras subimos los escalones del porche.
—Qué raro, para ser diciembre...
—Deja de tomarme por un viejo chiflado. Me habrá fallado el corazón, sí, pero no el cerebro. Sé perfectamente que estamos en julio.
—El médico me dijo que necesitabas estímulos.
—Como sigas así, te vas a enterar de lo que es un estímulo. Espera un momento... ¿Qué es este jardincillo de flores ridículas? —se indigna, agarrándose a la barandilla—. ¿Quién ha destrozado mi reproducción perfecta del desierto californiano?
«Lo que tú digas, papá, aunque yo más bien lo llamaría “secarral”».
—¿Y aún preguntas que quién ha sido? ¿Tú qué crees? Mamá ha vuelto —canturreo mientras abro la puerta.
—¡Como empiece por el jardín, acabará redecorando toda la casa! Recuérdame por qué demonios viene a pasar julio aquí.
—¿Porque tu corazoncito necesita de una enfermera cariñosa y entregada?
—¡Y porque eres un viejo cabezota que no va a seguir las recomendaciones de los médicos! —interviene mi madre saliendo de la cocina para reunirse con nosotros—. No creas que se me ha olvidado con quién estoy tratando.
Me parto de risa al ver a mi padre mascullar no sé qué y sacarle la lengua. Estos dos son imposibles. Llevan divorciados más de tres años, pero se entienden de maravilla. Bueno... a su manera, pero se entienden, al fin y al cabo.
—Venga, papá, que te aparco en tu sillón.
—¿Ya te estás deshaciendo de mí?
—Hace quince días que no paso ni un rato tranquilo con mis amigos, así que sí, te abandono en manos de tu mujer.
—Exmujer —corrige, mirando por encima de mi hombro.
—¿Hay que cambiarle el pañal? —lanza mi madre dejando un vaso de agua sobre la mesita.
—Mamá, no empieces.
—Esta arpía quiere verme muerto. ¡No te vayas, hijo!
—¿Y tú adónde vas tan deprisa? —me pregunta frunciendo el ceño.
Su actitud me sorprende. Tengo casi veintidós años y llevo sin vivir con ella desde que mi padre y yo nos mudamos a esta ciudad hace tres años. No entiendo en qué le incumben mis idas y venidas.
—Voy a ver a mis colegas, no me esperéis para cenar.
—¡Esta noche no!
—¿Por qué no?
Se alisa la blusa, y yo me pongo tenso de inmediato. Esa manía suya nunca presagia nada bueno.
—Llega tu hermana.
«Joder, ¿qué había dicho?».
—¿Amelia va a venir aquí? ¿Tú lo sabías? —le pregunto a mi padre, girándome hacia él.
—Sí, tu madre me lo dijo anteayer. Sin embargo, se guardó muy bien lo de que ella misma también iba a estar presente.
«¡Genial! No faltaba más que eso para rematar este alegre circo que llevamos arrastrando desde hace tres semanas».
—Muy bonito lo de avisar. Estupendo, va a ser un ambiente maravilloso. Razón de más para largarme antes de que aparezca.
—Ya tenéis una edad para dejar de lado vuestras peleas tontas —sentencia mi progenitora con una sonrisa—. Esta noche cenamos en familia.
Respiro hondo, con la cabeza baja. Adoro a mi madre, pero me saca de quicio.
Levanto la cabeza para contestar justo cuando la puerta de entrada se abre de golpe.
—¡Soy yo!
«Joder, ¡empieza la fiesta!».
Oigo a mi hermana dejar el bolso en el recibidor y ya me imagino la cara que va a poner cuando sus ojos se crucen con los míos. No falla. Su sonrisa, idéntica a la de mi madre, se apaga en cuanto me ve.
—Donovan —dice en un suspiro tenso.
—Amelia —respondo en el mismo tono.
—Bonita choza —añade, echando un vistazo a su alrededor.
Nunca había estado aquí, así que me sorprende por partida doble encontrarla plantada en nuestro salón.
Podría decirse, de forma muy poco sutil, que se ha puesto del lado de mi madre, como si aquí hubiera bandos, cuando nunca ha sido así.
Ella se quedó a vivir en Washington, y yo seguí a mi padre cuando consiguió su prestigioso puesto en la OSU.
Resultado: hace más de un año que no la veo, las veces que la veía casi ni cruzábamos palabra, y su cambio físico me deja pasmado.
Había adelgazado mucho en los últimos años, pero ahora es una joven esbelta y musculosa que me observa con desprecio.
Avanza hacia nuestra madre, la estrecha entre sus brazos y luego se acerca a nuestro padre para darle un beso rápido.
—Das miedo, Coach .
Hago una mueca al mismo tiempo que mi padre. Odia que lo llame así, pero no hay tutía: insiste en hacerlo desde que tenía catorce años. Esta chica es insoportable.
—Voy a ducharme, se me ha pegado a la piel el olor del que tenía al lado en el autobús.
—Don, enséñale su habitación y el baño —me ordena mi madre con un tono que no admite réplica.
Estoy a punto de contestar que no tiene más que ir abriendo las puertas de la casa, que debería ser capaz de reconocer un cuarto de baño y que puede instalarse en la habitación que le dé la gana, pero recuerdo una frase que mi padre me repite a menudo: «¡Elige bien tus batallas!».
—Sígueme.
Subo las escaleras y me detengo a mitad para dejar que me alcance. Vuelvo a cruzarme con su fría mirada y suspiro. Espero que se vaya pronto.
—¿Cuánto tiempo te quedas? —no puedo evitar preguntarle.
—Diez días. Después tengo que irme de vuelta a Washington y prepararme para el inicio de la uni.
Asiento sin añadir nada.
—Habitación, baño —anuncio con voz neutra, señalando dos puertas.
Me adelanta para entrar en la primera habitación. Deja caer el bolso frente al armario y se inclina hacia la ventana para admirar unas nuevas vistas para ella.
Ya debería haber bajado, pero estoy demasiado ocupado dándole vueltas a la cabeza.
Cada vez que nos volvemos a encontrar, siempre me pregunto por qué nos llevamos tan mal.
Sé que un hermano y una hermana no están obligados a ser los mejores amigos del mundo, pero no sé en qué momento se separaron tanto nuestros caminos.
Le llevo tres años, pero Amelia me adoraba de pequeña; andaba siempre pegada a mis talones.
Y luego, de la noche a la mañana, empezó a odiarme.
Nunca le había dado demasiada importancia hasta ahora, pero supongo que haber estado a punto de perder a mi padre ha cambiado las cosas.
—¿Necesitas algo? —me oigo decir.
—No.
Se queda en silencio, con la frente apoyada en el cristal. Respira fuerte y deprisa, como si mi presencia le resultara insoportable.
—¿Algún día me explicarás por qué no me tragas o el misterio seguirá sin resolverse hasta que me muera?
Resopla, pero no se gira.
—A ver, ¿qué es? ¿Un día me pillé un trozo de tarta más grande que el tuyo? ¿Me acabé los cereales sin dejarte nada?
—Lárgate —espeta, golpeando el cristal con la frente.
—Me tienes hasta los cojones, Amelia.
—Vete a la mierda, Donovan.
«Genial. ¡Lleva aquí diez minutos y esto ya es un puto desastre!».
—Vas a cumplir dieciocho tacos y sigues siendo igual de infantil. Haz al menos un esfuerzo por el viejo, que casi no lo cuenta.
La dejo allí y me largo directo al coche, ignorando las amenazas de mi madre. Ni hablar de pasar la noche aquí, entre mi hermana enemiga y el corazón delicado de mi padre. Necesito un chute de Campus Drivers.