Novio perfecto (Campus Drivers 2)
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Prólogo. Donovan
Prólogo
Donovan
Corro por el lateral de la cancha de baloncesto para terminar de calentar mientras la multitud se apiña en el estadio.
El amistoso que jugamos hoy está a punto de empezar y, aunque no afecta a la clasificación para el campeonato, me mantengo serio y concentrado.
Corre el rumor de que han venido ojeadores de la NBA, pero más allá de esa oportunidad, lo cierto es que me encanta jugar, así de simple.
Me viene de mi padre, que lo heredó del suyo. Cosa de los Wolinski, vaya.
—¡Don, atrápala!
Un objeto no identificado me golpea dolorosamente la parte posterior del cráneo. Me giro a cámara lenta hacia Lewis con unas ganas furiosas de asesinarlo.
—En serio, tío, ¿estás familiarizado con los principios de un pase?
—Por supuesto, soy jugador de baloncesto —replica con seguridad.
Recojo la botella de agua responsable de mi traumatismo craneal, desenrosco el tapón y doy un buen trago mientras dejo que mi mirada recorra las gradas. Al reconocer a Lois y a Lane, sentados en una de las filas, me río por lo bajo y niego con la cabeza.
—Mira a esos dos —le digo a mi compi de piso.
—Qué vergüenza —se burla Lewis al verlos acurrucados.
—Fíjate en el jeto de Kirky —susurro, señalándolo con el dedo.
Nuestro compañero de equipo intenta no mirarlos, pero sus ojos vuelven una y otra vez hacia su exnovia.
Ni siquiera me da pena. Al tío le apetecía probar la vida de soltero al empezar la universidad, ¿y cuál fue el resultado de la jugada?
, básicamente acabó lamentándose de su decisión, como buen idiota que es.
Yo estoy encantado de que Lane haya encontrado por fin a alguien que le aguante, ya le empezaba a hacer falta, «pero ¡anda que no le ha costado lo suyo aceptarlo!». Eso sí, Lois está bastante chalada a su manera. Esos dos hacen buena pareja.
El resto del grupo y yo nos hemos pasado el año entero viendo cómo evolucionan: primero se encontraron, luego se enfrentaron y, por fin, se juntaron.
Solo que... incluso ahora que ya se han declarado un amor maravilloso, indestructible y de lo más aburrido...
no es que todo sea coser y cantar. Lane ha conseguido reconquistar a su pequeño Corazón Roto, pero Lois se empeña en sacarlo de quicio.
¿El mejor ejemplo? Pese a que ya llevan cuatro meses reconciliados, ella ha decidido seguir viviendo en la habitación de Becca hasta finales de semestre.
Según ella, lo hace para forjarse una pseudoindependencia afectiva o algo así.
Pero para mí que solo lo hace por el placer de ver rabiar a Lane; las tías son demasiado complicadas.
Gracias a Dios que las vacaciones están a la vuelta de la esquina, porque tengo unas ganas locas de que se instale ya en casa de Lane, a quien estoy harto de oír refunfuñar constantemente.
—¿Te entran ganas de emparejarte, o qué? —me pregunta Lewis, dándome un codazo.
—¡Ni de coña! —replico como si fuera la idea más estúpida que haya tenido jamás.
Y seguramente lo sea. Aunque hay que reconocer que estos dos podrían parecer un anuncio para promocionar la vida en pareja, dirigido por un director artístico bastante retorcido, eso sí. En fin, el caso es que esos rollos no me van.
—¡Chócala! —concluye levantando la mano.
Nuestras palmas se juntan en el aire. Hay demasiadas chicas a las que seducir como para dejarnos tentar por lo que Lois y Lane nos venden. «Joder, ¿van a dejar ya de restregarse el uno contra el otro, o qué pasa?».
El sonido de un silbato llena el polideportivo de repente, como un gong que aleja los pensamientos banales que estoy teniendo, y que mi cerebro aparta para centrarse solo en lo que ocurre en la pista.
Aparto la mirada de las gradas y me topo con la expresión concentrada del entrenador.
Me dedica un guiño discreto y pita dos veces más.
Troto hasta él para atender a sus últimas indicaciones.
Por mucho que sea mi padre, me trata igual que al resto del equipo.
Mientras se pone a recordarnos algunas de las tácticas del equipo rival, Lewis me tira de la camiseta.
—Tu padre parece cansado —se preocupa, frunciendo el ceño.
—Es el final de la temporada, ya lo conoces —le contesto con una sonrisa.
Puede que mi padre no recorra tantos kilómetros como nosotros sobre el parqué, pero vamos un poco a la par en cuanto a gasto de energía.
Analiza las jugadas que hay que ejecutar, escruta a cada jugador para detectar sus puntos débiles, nos anima en los momentos clave y se traga el estrés cuando las cosas se ponen feas.
Así que siempre acaba hecho polvo a estas alturas, y Lewis lo sabe.
Pero ahora que lo dice, sí que le noto un poco más pálido de lo normal.
Más tarde, tras el baile de las animadoras y el espectáculo de mascotas, el partido empieza.
Estoy a tope, es como si no existiera el tiempo. El equipo rival juega bien, admiro la perseverancia de sus jugadores. Incluso cuando anoto otro triple, siguen dejándose la piel. Saben que este partido no cuenta a efectos de clasificación, pero aun así no aflojan.
La primera parte está a punto de terminar cuando me lanzo hacia el aro, listo para recibir el pase de Lewis. Ha visto el pasillo perfecto que acaba de abrirse a mi izquierda, me lanza la pelota, que aterriza de inmediato en mis manos. Acelero.
El alero que lleva pegado a mí desde que empezó el partido entrecierra los ojos y se prepara para taponar mi tiro. Analizo su postura: va a lanzarse hacia la derecha, estoy seguro.
Justo cuando estoy a punto de tirar, levanta la cabeza por encima de mi cuerpo y frunce el ceño.
Dudo un segundo; se ha quedado inmóvil y ya no me presta atención.
Lanzo por puro reflejo, pero sé que algo va mal cuando el murmullo del público crece y los periodistas orientan todos sus objetivos hacia el mismo punto.
El balón golpea el tablero, Lewis grita mi nombre y, al buscarlo con la mirada, comprendo con horror lo que está pasando. «¡Me cago en la puta!».
—¡Papá!
Cruzo la pista a una velocidad de locos y aparto a empujones a los jugadores que me cortan el paso.
—¡Se ha desplomado de repente! —grita una voz en algún lugar.
—¡Ya he llamado al 112! —añade otra.
Caigo de rodillas y avanzo hasta agarrar su mano inerte.
—¡Papá!
—¡Coach!
—¡Dejadle espacio!
Envuelto en un caos de pesadilla, observo a mi padre, tendido en el suelo. Tiene la piel grisácea, y está inconsciente. El fisio de los Buckeyes se precipita hasta donde está, lo examina a toda velocidad y le suelta una orden a su compañero.
Empiezan a practicarle un masaje cardiaco acompañado de una reanimación boca a boca. Los miro, paralizado.
Lo que viene después se sucede en una niebla acelerada. En lo que dura un parpadeo, me encuentro en una ambulancia con mi padre. Otro parpadeo más tarde, la camilla en la que lo han colocado desaparece tras unas puertas batientes.
Cuando me quedo solo en ese pasillo blanco, la niebla se disipa y siento un puñetazo directo en el estómago. Es tan violento que caigo de rodillas y me cuesta respirar. El pánico llega como una ola, y me empieza a dar vueltas la cabeza.
Me incorporo y corro hacia las puertas que me separan de mi padre. Tengo que verlo. Él y yo tenemos una relación muy estrecha. Necesito estar con él.
—Disculpe, no puede pasar —me detiene una enfermera.
—¡Por favor!
—Nos estamos ocupando de él. Siéntese, el doctor vendrá a verle en cuanto sepamos algo más. Ahora mismo, lo mejor que puede hacer es esperar y dejarnos atenderle.
Me dedica una sonrisa comprensiva antes de marcharse.
Empiezo a dar vueltas, miro a todas partes a mi alrededor, completamente perdido.
—¡Don!
La voz de Lewis atraviesa mi angustia. Lo localizo en la entrada del hospital, acompañado de Lane y Adam.
—¿Qué le ha pasado? —pregunta Lane, agarrándome por los hombros—. ¿Qué te han dicho?
—Es del corazón. Yo... Mi padre tiene...
—Ven a sentarte —me corta Adam, llevándome hasta un banco de plástico—. Voy a traerte un café.
Cumplo órdenes y, en cuanto me dejo caer en el asiento, me vengo abajo. Lloro como un crío, muerto de miedo.
—Estamos aquí, tío —me susurra Lewis mientras me frota la espalda.
Están aquí, sí, menos mal. Sentirlos a mi alrededor me ayuda a no hundirme. En un momento como este, nuestra amistad se convierte en algo mucho más fuerte. Somos los Campus Drivers, somos amigos, pero ahora, al ver en sus caras la misma angustia que siento yo, somos hermanos.
—El Coach es un guerrero —continúa con voz firme—. Es el hombre más fuerte que conozco. Confío en él, todo va a salir bien.
Admira a mi padre, y su convicción me da fuerzas.
Tras una cantidad infinita de cafés, las puertas batientes por fin se abren. Tengo la idiota esperanza de imaginar a mi padre avanzando hacia mí para preguntarme si hemos ganado el último partido, pero en su lugar se acerca un tipo alto de pelo canoso.
Estoy de pie incluso antes de que el médico abra la boca.
—¿Quién es el hijo del señor Wolinski?
—¡Yo!
—Si no le importa, vamos a apartarnos un momento.
Su mirada denota gravedad. Entiendo al instante que los minutos que vienen a continuación van a ser decisivos para el resto de mi vida.