Capítulo 59 — El atrio
La posada terminó a las once, entre ponche, piñata y villancicos. El pueblo se fue despacio, con sus faroles y sus niños dormidos, y la plaza se quedó en silencio, con las luces de diciembre todavía encendidas.
Yo me quedé. No supe por qué. Solo supe que no quería irme a la casa de campo que me prestó el cliente, ni al camión de las once, ni a ningún lado que no fuera donde ella estaba.
Y la encontré en el atrio.
Valeria estaba sentada en las escaleras de la parroquia, con una chamarra encima del vestido de la posada, mirando la puerta de la iglesia. Como aquella vez, en octubre, cuando nos encontramos sin buscarnos. Como la niña de la prepa, que esperó en el atrio a un imbécil que no llegó.
—¿Sabes? —dijo ella, sin volverse, cuando me oyó llegar—. Este es el lugar donde más te he esperado en la vida.
—Ya sé. —Me senté a su lado, a un metro de distancia—. Y yo soy el que más te ha hecho esperar.
—Catorce años —dijo ella—. Catorce años, Mateo. Y mira: sigo aquí, en el atrio, esperando.
—Ya no tienes que esperar más —dije.
—¿Y cómo lo sé? —dijo ella, volviéndose por fin—. ¿Cómo sé que esta vez sí vas a llegar? ¿Cómo sé que no es otra apuesta, otro contrato, otro trato?
—Porque no hay trato —dije.
—Dímelo de verdad —dijo ella—. Dímelo como me lo dijiste en el café. Sin adornos. —Me miró—. Dime qué soy para ti, Mateo. Y dime qué era para ti cuando empezó todo. Y dime cuándo cambió.
Me quedé callado. El atrio, las luces de diciembre, la pregunta que llevaba dos meses esperando.
—Cuando empezó todo —dije—, eras un trato.
Una libreta con reglas. Un plan para que mi mamá me dejara en paz.
—Hice una pausa—. Y cambió en el mercado, cuando me diste la mitad de tu elote y no me cobraste nada.
Cambió en la cocina, cuando te reíste de mi fondant.
Cambió en la banca del kiosco, cuando apagaste el teléfono y me miraste como si yo fuera el único lugar donde querías estar.
—La miré—. Y ahora, ahora eres la parada del mercado.
Eres el pan de muerto. Eres la casa de campo que estoy diseñando con el horno junto a la ventana, por si algún día amasas ahí.
—Hice una pausa—. Eres, Valeria, la única cosa de verdad que tengo en la vida.
—¿Y qué soy? —dijo ella, con la voz apenas un hilo—. ¿Qué soy para ti?
—Eres la mujer que voy a esperar el tiempo que haga falta —dije—. Y si me dejas, la que voy a querer el resto de mi vida.
—¿Y cómo se llama eso? —dijo ella—. En el trato, eso no venía.
—En el trato no venía —dije—. Pero yo lo sé. Se llama lo que no se escribe en ninguna libreta. —La miré—. Se llama lo que me hizo arrodillarme en el atrio de esta iglesia, donde te planté hace catorce años, para que me perdones.
Me levanté. Me paré frente a ella. Y me arrodillé.
En el atrio. En las escaleras de la parroquia, donde ella esperó catorce años. Me arrodillé, con las manos en las rodillas y el corazón en la boca, y la miré a los ojos.
—No hay trato —dije—. Hay esto. —Me toqué el pecho—.
Esto, Valeria. Lo que sea que esto sea. Lo que llevo cargando desde la prepa, lo que no supe nombrar, lo que me hizo quedarme dos meses en una parada del mercado esperándote.
— Hice una pausa—. No hay trato, Valeria.
Hay esto. Y esto no se acaba el domingo. Esto no se acaba nunca.
Ella me miró. Sentada en las escaleras del atrio, con la chamarra y los ojos brillosos, mirándome arrodillado frente a ella.
—Levántate —dijo, con la voz rara—. Levántate, Mateo. No tienes que arrodillarte.
—Sí tengo —dije—. Me arrodillé tarde, hace catorce años.
Esta vez lo hago a tiempo. —La miré—. Valeria Montes, te pido perdón por la prepa.
Por el baile. Por la apuesta. Por el trato.
Por la boda. Por llegar tarde siempre. —Hice una pausa—.
Y te pido que me dejes quedarme. No por una semana. No hasta el domingo. Para siempre.
Ella se quedó callada. El atrio, las luces de diciembre, la noche.
—¿Y el cuaderno? —dijo, al fin—. El contrato. ¿Qué vamos a hacer con el contrato?
—Chole lo tiene —dije—. Y Chole dijo que si algún día hacía algo que valiera la pena, lo rompería yo mismo, delante de ella.
—Me encogí de hombros—. Esto, arrodillarme aquí, delante de ti, es lo que vale la pena.
Lo demás, el papel, se rompe mañana. O el lunes.
O cuando tú quieras. —La miré—. Pero esto, Valeria, esto no es papel.
Se levantó. Me miró desde arriba, con las manos en los bolsillos de la chamarra.
—Tienes las rodillas en el suelo —dijo, con la voz apenas un hilo.
—Ya sé.
—Y el pueblo entero te vio pedir posada.
—Ya sé.
—Y dijiste "mi esposa amada". —Sonrió, con una sonrisa que se le escapaba—. Todo el pueblo lo oyó, Mateo. La señora de la farmacia ya te está planeando la boda.
—Que la planee —dije—. Mientras sea contigo.
—Pues siéntate, hijo —dijo ella, y me tendió la mano—. Siéntate. Que ya llevas mucho tiempo de rodillas.
Tomé su mano. Me levanté. Y nos quedamos parados, frente a frente, en el atrio, con las escaleras de la parroquia y las luces de diciembre y los catorce años de espera entre los dos.
—¿Y ahora? —dijo ella.
—Ahora —dije, y me acerqué—. Ahora, por fin, esto.
Y la besé.
En el atrio. En las escaleras donde ella esperó catorce años. La besé, con el frío de diciembre y las luces de la plaza y el pueblo entero dormido, y el beso supo a pan de muerto, a café de olla, a posada, a todo lo que habíamos esperado sin saber que estábamos esperando.
Y el teléfono, el de la casa de la abuela, el que siempre sonaba a destiempo, sonó.
Y ninguno de los dos lo contestó.
Sonó, y sonó, y se quedó sonando en el bolsillo de su chamarra, y nosotros seguimos besándonos, y el teléfono, por fin, se calló, como si también supiera que ya había perdido la pelea.
Nos separamos, despacio, con la respiración revuelta.
—Sonó el teléfono —dijo ella, con la voz rara.
—Ya sé.
—Y no lo contestamos.
—Ya sé. —Sonreí—. Tenemos récord.
Se rió. Con una risa mojada, de las buenas, de las que se le escapan.
Y me abrazó, con la cara pegada a mi pecho, y yo la abracé, en el atrio, bajo las luces de diciembre, y sentí que los catorce años, la apuesta, el contrato, el trato, todo, se quedaba en las escaleras de la parroquia, donde había empezado y donde, por fin, terminaba.
—¿Y ahora qué? —dijo ella, con la voz ahogada contra mi chamarra.
—Ahora —dije—. Ahora la boda.
—¿Qué boda?
—La nuestra —dije—. La que la señora de la farmacia ya está planeando.
—La abracé más fuerte—. La que el padre Memo va a oficiar, con las arras y el lazo, y la abuela llorando, y Chole pidiendo perdón, y todo el pueblo.
—Hice una pausa—. La que voy a esperar, Valeria, con la paciencia que aprendí. Pero la voy a esperar contigo.
Ella levantó la cara. Me miró. Con los ojos brillosos y la sonrisa más grande que le había visto.
—¿Y cuándo? —dijo.
—Cuando quieras —dije—. Mañana. El año que viene. Cuando digas. —La miré—. Yo ya aprendí a esperar.
—Pues no esperes mucho —dijo ella, y me besó otra vez, y desde el fondo del atrio, desde la puerta de la parroquia, se oyó la voz del padre Memo, que salía a cerrar:
—¡Ya, hijos! ¡A sus casas! ¡Que mañana hay misa!
Y nos reímos, y salimos del atrio tomados de la mano, con las luces de diciembre y el pueblo dormido y la noche, por fin, del lado nuestro.