Novio de mentiras Capítulo 58 — La posada
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Capítulo 58 — La posada

La plaza se llenó de faroles de papel, el puesto del ponche humeaba desde las seis, y la piñata —una estrella de siete picos que Paulina encargó a Guadalajara— colgaba del kiosco como una promesa.

El pueblo entero estaba ahí: la señora de la farmacia con su rebozo, Don Román con su termo, el señor de la tortillería con su familia, Chole con sus hijos.

Y yo, detrás de la mesa de los dulces, con el pan de muerto recién salido y el corazón a mil.

—¿Ya vino? —dijo Paulina, apareciendo a mi lado.

—¿Quién?

—El Del Valle. —Sonrió—. No te hagas, prima. Todo el pueblo sabe que hoy es el día grande.

—No sé de qué hablas.

—Claro que no. —Paulina me dio un codazo—. Por eso llevas media hora mirando la esquina de la calle principal.

No contesté. Pero sí: llevaba media hora mirando la esquina.

—¿Y si no viene? —dije, sin darme cuenta de que lo decía en voz alta.

—Entonces —dijo Paulina, tomándome del brazo—, entonces el pan de muerto se lo come el pueblo, y tú te quedas con las ganas, y yo te acompaño a echarte una llorada en la cocina. Pero va a venir, prima. —Me apretó el brazo—. Los que aprenden a esperar no fallan el día de la posada.

El puesto de ponche se llenó primero, con los niños y los abuelos. La piñata, la estrella de siete picos, colgaba del kiosco, y los jóvenes de la plaza ya le daban vueltas, midiendo el tiro. Yo repartí los dulces en la mesa, con el pan de muerto al centro, y me quedé mirando la esquina.

—Si no viene —dijo la señora de la farmacia, que se había acercado a probar el pan—, el pueblo entero va a saber que yo ya le había guardado el periódico.

—¿Y por qué le guarda el periódico, señora?

—Porque los que esperan —dijo la señora de la farmacia, con una sonrisa que no le conocía—, los que esperan de verdad, se merecen que alguien los espere también.

Y se fue, dejándome con la frase y el corazón raro.

—Ya va a empezar la letanía —dijo la abuela, con su chal y su voz de mando—. Los peregrinos, de este lado. Los que reciben, del otro. —Me miró—. Tú, mija, con los que reciben. Los dulces son para los que llegan.

—¿Y si no llega nadie?

—Siempre llega alguien, mija —dijo la abuela—. Esa es la gracia de las posadas: uno nunca sabe quién va a tocar la puerta.

Y empezó la letanía.

La abuela cantó con su voz cascada, la de siempre, y el pueblo contestó: "¿Quién es?

/ Son los peregrinos / que vienen de lejos / pidiendo un rincón.

" Los faroles, las voces, el frío de diciembre.

Y yo, detrás de la mesa de los dulces, viendo la procesión dar la vuelta a la plaza, buscando una cara entre los faroles.

No estaba.

La primera letanía terminó, y el pueblo aplaudió, y la abuela repartió el ponche, y yo miré la esquina, y la esquina estaba vacía.

—Todavía puede llegar —dijo Paulina, a mi lado.

—Ya sé que puede llegar —dije—. No estoy esperando a nadie.

—Claro que no. —Paulina me apretó el brazo—. Por eso tu pan de muerto lleva dos horas sin venderse. Lo estás guardando.

No contesté. Porque tenía razón.

La segunda letanía empezó. La abuela cantó, el pueblo contestó, y los peregrinos —los niños con sus faroles, el señor de la tortillería con su bastón— se acercaron a la puerta de la casa de la abuela, que este año hacía de posada.

Y entonces, al final de la procesión, apareció.

Mateo.

Con una chamarra que no le había visto, el pelo revuelto y un farol de papel en la mano, siguiendo la procesión como un peregrino más. No venía con los niños. Venía solo, al final, con su farol encendido y la cara seria.

—Llegó —dijo Paulina, y me apretó el brazo—. Llegó, prima.

—Ya lo vi.

—¿Y qué vas a hacer?

—Nada —dije—. Voy a esperar a que pida posada. Como todos.

La tercera letanía empezó. Los peregrinos cantaron, y esta vez, cuando llegó el momento de que alguien tocara la puerta, Mateo se adelantó.

Se paró frente a la puerta de la casa de la abuela, con su farol, y cantó, con una voz que no le conocía, ronca y seria:

—"En nombre del cielo, os pido posada, pues no puede andar mi esposa amada."

El pueblo se quedó callado. La señora de la farmacia se llevó la mano a la boca. Chole, desde su esquina, abrió los ojos como platos.

—"Mi esposa amada" —murmuró Paulina, a mi lado—. Prima. Prima, dijo "mi esposa amada".

—Cállate, Paulina.

—No me callo. Lo dijo. Todo el pueblo lo oyó.

La abuela, desde adentro, contestó con la letanía de siempre, la de los que reciben:

—"Aquí no es mesón, sigan adelante, yo no puedo abrir, no sea algún tunante."

—"No seas inhumano, ten caridad" —cantó Mateo, y su voz se oyó en toda la plaza—. "Que el Dios de los cielos te lo ha de pagar."

—"¿Y quién es usted?" —cantó la abuela.

—"Soy un hombre que aprendió a esperar" —cantó Mateo, y el pueblo entero contuvo el aire—. "Y que viene a pedir posada de verdad."

La abuela abrió la puerta. Se quedó parada en el umbral, con su chal y su sonrisa de la que lo ve todo, mirando a Mateo con su farol.

—"Entren, peregrinos" —cantó la abuela, con la voz cascada y la sonrisa grande—. "Reciban rincón. Que aunque es pobre la morada, os la doy de corazón."

Y luego, sin cantar, en voz normal, con esa calma suya que pesaba, la abuela dijo:

—Y el que pide posada y se queda, se queda, mijo. Esa es la regla de esta casa.

Mateo la miró. El pueblo lo miró. Y yo, detrás de la mesa de los dulces, con el pan de muerto en las manos, sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.

—¿Ya comiste, mijo? —dijo la abuela, tomándolo del brazo—. Anda, entra. El ponche está caliente. Y el pan de muerto lo hizo mi nieta. —Lo miró—. El que guardó para ti.

Mateo me buscó con la mirada. La encontró. Y sonrió, con una sonrisa que me llegó a través de toda la plaza.

—Entonces sí comí —dijo—. Ya comí. Gracias, abuela.

—¿Ya comiste? —repetí yo, desde la mesa de los dulces, con la voz rara.

—Ya comí —dijo él, mirándome—. Pero si me ofreces pan, me siento a comer otra vez.

El pueblo entero se rió. La señora de la farmacia lloraba. Chole, desde su esquina, se limpiaba un ojo con el dorso de la mano.

—Pues siéntate —dije, y mi voz salió apenas un hilo—. Siéntate, Mateo.

Y él entró a la posada. Y el pueblo aplaudió.

Y la piñata se rompió, y los niños gritaron, y el ponche se repartió, y yo me quedé detrás de la mesa de los dulces, con el pan de muerto en las manos, viendo a Mateo Del Valle sentado en la mesa de la posada, con su farol apagado y el pueblo entero sonriendo.

El que pide posada y se queda, se queda.

Y Mateo, por fin, se había quedado.