Novio de mentiras Capítulo 57 — El café de la disculpa
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Capítulo 57 — El café de la disculpa

El sábado siguiente, en vez de ir a la parada del mercado, la esperé en la puerta de la tienda.

—¿Y el pan? —dijo ella, saliendo con el delantal puesto.

—Hoy no traje pan —dije—. Hoy traje otra cosa.

—¿Qué?

—Una disculpa —dije—. La que te debía desde hace dos meses. La que te debía desde hace catorce años. —Señalé la plaza—. ¿Me das una hora? El café de la plaza está abierto. Y hace frío. Y quiero decirte cosas que no he dicho en voz alta nunca.

Ella me miró. Con el delantal, el pelo recogido y una cara que no sabía si era desconfianza o curiosidad.

—Una hora —dijo—. Y si me aburro, me voy.

—Te vas —dije—. Con todo el derecho.

Nos sentamos en la mesa de afuera del café de la plaza, con dos tazas de café de olla y el frío de diciembre. El pueblo pasaba: la señora de la farmacia con su mandado, Don Román con su periódico. Nadie nos miró raro. Ya éramos parte del paisaje: la repostera y el arquitecto de los sábados.

—Dime —dijo ella, con las manos alrededor de la taza.

—Antes de que te diga todo —dije—, quiero que sepas una cosa.

—Hice una pausa—. Cuando iba en el camión de vuelta a la ciudad, el domingo después de la boda, pensé en tirar el teléfono a la carretera.

Pensé en no volver. Pensé en que era más fácil quedarme con el despacho, con la placa, con la vida que ya tenía armada, y olvidarme de San Gabriel.

—La miré—. Y duré exactamente tres días.

Porque no hay nada en esa vida que se parezca a esto.

A ti. A la parada del mercado. Al pan de muerto que aprendí a hacer contigo.

—¿Y por qué volviste? —dijo ella, con la voz rara.

—Porque me di cuenta de algo —dije—. Llevo catorce años construyendo una vida para que mi mamá estuviera orgullosa.

Y ella está orgullosa: del despacho, de la placa, del departamento.

—Hice una pausa—. Y yo, en esa vida, no estaba.

Era como el traje del novio: bien puesto, bien planchado, y vacío por dentro.

—¿Y ahora? —dijo ella.

—Ahora —dije—, ahora estoy lleno. Por primera vez en catorce años, estoy lleno. Y quería decirte todo esto antes de pedirte lo que te voy a pedir, para que sepas de dónde sale.

Ella tomó su café. Esperó.

—Dime —dijo, otra vez.

—Te voy a decir todo —dije—. Sin adornos.

Sin ensayos. Sin contratos. —Respiré hondo—.

Lo del baile: te invité por una apuesta.

Cien pesos y el caballo de mi papá. Los Rojas.

Eso ya te lo dije. —Hice una pausa—. Lo que no te dije es lo que pasó después.

Esa noche, en el portal, con las cervezas abiertas, te vi a lo lejos, con tu vestido, esperando.

Y no crucé. No por los Rojas. No por mi papá.

Por mí. Porque tú eras demasiado de verdad, y yo no sabía qué hacer con algo de verdad.

—La miré—. Y me quedé con la culpa catorce años.

Ella no dijo nada. Tomó su café. Esperó.

—Y luego —seguí—, llegó lo del trato. El contrato.

La libreta ridícula. Y te juro, Valeria, que al principio era un negocio: yo necesitaba que mi mamá me dejara en paz, y tú necesitabas un novio para la boda.

Era un trato. —Hice una pausa—. Pero en el mercado, cuando me diste la mitad de tu elote, dejó de ser un trato.

Y en la cocina, cuando me enseñaste a amasar, dejó de ser un trato.

Y en la banca del kiosco, a las tres de la mañana, cuando apagaste el teléfono para quedarte conmigo…

—La miré —. Ahí, Valeria, ya no era un trato.

Era la cosa más real que me había pasado en la vida.

—¿Y por qué no me lo dijiste antes? —dijo ella, con la voz rara—. Antes de la boda. Antes del grito de Chole. Antes de que el pueblo entero se enterara por tu tía y no por ti.

—Porque soy un cobarde —dije—. Porque llevo catorce años siendo un cobarde con las únicas cosas que importan.

—Hice una pausa—. Porque te iba a decir todo después de la boda.

Te lo prometí en el kiosco, y te lo prometí en la fuente, y las dos veces llegué tarde.

—La miré—. Y ya no quiero llegar tarde, Valeria.

Prefiero decirlo todo ahora, aunque me digas que no, aunque te levantes y te vayas, aunque me quede con el café pagado y la taza vacía.

Se quedó callada. Un rato largo. El café, el frío, el pueblo pasando.

—¿Y qué quieres? —dijo, al fin—. ¿Qué quieres, Mateo?

—Quiero que me dejes intentarlo —dije—. Quiero volver al pueblo.

Quiero construir la casa de campo y quedarme.

Quiero sentarme en la ventana de tu tienda los sábados, y los martes, y los jueves.

Quiero que un día, cuando ya no duela, me digas que sí.

—Hice una pausa—. Quiero, Valeria, que el trato se acabe de verdad.

Y que esto, lo que sea que esto sea, empiece de verdad.

Ella me miró. Con los ojos brillosos y las manos alrededor de la taza.

—Eso es mucho querer, Mateo —dijo.

—Ya sé —dije—. Pero aprendí a esperar. Y puedo esperar lo que haga falta.

Se levantó. Dejó la taza. Se ajustó la chamarra.

—Todavía no —dijo—. Todavía no te digo que sí. —Me miró—. Pero ya no te digo que no. —Hizo una pausa—. Y eso, Mateo Del Valle, es más de lo que te he dicho en dos meses.

—¿Y qué más necesitas? —dije—. Dime. Lo que sea. El tiempo que sea.

—Necesito ver —dijo ella—. Ver que el sábado que viene estás en la parada.

Y el otro. Y el otro. No necesito discursos, Mateo.

Ya me diste el mejor discurso que me han dado en la vida.

—Sonrió, apenas—. Ahora necesito ver. Necesito que el hombre del café sea el mismo de los sábados, y el de los sábados sea el mismo de la parada, y que ninguno de los tres se vaya.

—¿Y si no me voy? —dije.

—Entonces —dijo ella—, un día de estos, sin que te lo esperes, vas a llegar a la parada y me vas a encontrar a mí. Esperándote. —Se levantó—. Esa es la única promesa que te puedo hacer. Y no sé cuándo va a ser.

—¿Y mientras tanto? —dije, levantándome también.

—Mientras tanto —dijo ella, ajustándose la chamarra—, vas a seguir haciendo lo que has hecho: venir los sábados, traer pan de muerto, sentarte en la ventana. —Sonrió, apenas—. Es un buen sistema. No lo descompongas.

—¿Y qué sigue? —dije, levantándome también.

—Sigue la posada —dijo ella—. El sábado que viene. El 19. En la plaza. Con letanías, y ponche, y piñatas. —Sonrió, apenas—. Y pan de muerto, que lo hago yo.

—¿Y yo?

—Tú —dijo ella, y se dio la vuelta, y caminó hacia su tienda, y desde la puerta, sin volverse, dijo—: Tú sabes pedir posada, ¿no?

Y entró, y me dejó parado en la plaza, con el café pagado, la taza vacía y el corazón a mil.

La posada.

El sábado que viene.

Sabía pedir posada. Por supuesto que sabía.

Pero esta vez, por primera vez en mi vida, iba a pedirla de verdad.