Capítulo 56 — Diciembre
Diciembre llegó a San Gabriel con frío y olor a ponche.
El pueblo se llenó de luces: las de la plaza, las de la iglesia, las de las casas que empezaban a adornar.
La señora de la farmacia puso su nacimiento en la ventana.
Don Román puso un letrero que decía "FELIZ NAVIDAD, SE VENDE PERIÓDICO".
Y en mi tienda, La Valiente, puse un nacimiento chiquito en el mostrador, con el pan de muerto al lado, porque las tradiciones no se pelean entre ellas.
La tienda iba bien.
Mejor de lo que había soñado: las señoras compraban el pan de muerto por encargo, Paulina me traía clientes de la ciudad, y hasta la prima Xime, la de las servilletas, me pidió una torta para el baby shower de una amiga.
"Con fondant, por favor, y nada de salmón", dijo, y yo me reí, y se lo cobré el doble.
Y los sábados, a las diez, Mateo estaba en la parada del mercado.
Ya no era un secreto. Era una rutina. El pueblo lo esperaba: la señora de la farmacia le guardaba el periódico, Don Román le dejaba el banco de la papelería, y el señor de la tortillería le gritaba "¡buenos días, arquitecto!
" desde su puesto. Mateo saludaba, compraba el pan, se quedaba de diez a once, y luego —desde que empezó diciembre— cruzaba la calle y entraba a la tienda.
No pedía nada. Se sentaba en la silla de la ventana, la de las dos sillas, con su pan de muerto, y se quedaba mirándome trabajar.
A veces me contaba del proyecto de la casa de campo.
A veces me enseñaba fotos del plano. A veces no decía nada, y se quedaba ahí, y yo, detrás del mostrador, fingía que no lo veía.
—El Del Valle ya no se para en la parada —dijo la abuela, un sábado, desde su silla—. El Del Valle ya se sienta en tu ventana.
—Es cliente, abuela.
—¿Cliente de qué? —dijo la abuela—. No compra nada. Se sienta y te mira. —Sonrió—. Es el cliente más caro del pueblo, mija. Y no paga nada.
—No sé qué quiere que haga, abuela.
—¿Qué quieres hacer tú? —dijo la abuela.
No contesté. No sabía. Y la abuela, con su paciencia de siempre, no insistió.
Ese mismo sábado, Mateo me enseñó el plano de la casa de campo. Lo extendió sobre el mostrador, con las manos temblorosas y los ojos brillosos, y me fue señalando: el patio, la cocina grande, el cuarto con vista a la sierra.
—¿Y esa pared? —dije, señalando una línea.
—Es la del horno —dijo él—. Puse el horno cerca de la ventana. Para que el que amase vea la calle. —Me miró—. Pensé en tu tienda. En la luz que tiene por las mañanas.
—¿Y para quién es la casa? —dije, con la voz rara.
—Para un cliente que se quiere retirar —dijo él—. Pero le estoy metiendo cosas que yo quiero tener. —Hizo una pausa—. Por si algún día las necesito.
Me quedé mirando el plano. El horno junto a la ventana. La calle. La luz de las mañanas.
—Es una casa bonita, Mateo —dije, y era la verdad—. De las que una se quiere quedar.
—Ya sé —dijo él, con una sonrisa que se le escapó—. Por eso la estoy diseñando.
Se quedó un momento en silencio, mirándome, y luego dijo, como quien no quiere la cosa:
—La casa es para un matrimonio que se quiere retirar.
Él fue mi profesor en la facultad. Me enseñó que un buen plano no es el que se ve bonito, sino el que se habita bien.
—Hizo una pausa—. Y yo, hasta hace poco, no sabía qué era habitar bien.
Vivía en el departamento, pero no lo habitaba.
—Me miró—. Ahora sé que habitar bien es esto: una calle con gente que te saluda, una tienda con olor a pan, y un lugar al que uno quiere volver los sábados.
—¿Y vas a volver los sábados? —dije.
—Voy a volver todos los días que me dejes —dijo él—. Los sábados, los martes, los jueves. —Sonrió—. Es lo único que tengo claro en el plano.
La semana de la posada, el pueblo entero se organizó.
La posada del 19 de diciembre era la tradición más grande de San Gabriel: las letanías, los faroles, el ponche, las piñatas.
Paulina me pidió que hiciera el pan. Chole, que llevaba la organización, me puso a cargo de la mesa de los dulces.
Y la abuela, que era la que cantaba las letanías desde que tenía memoria, ensayaba en la cocina de su casa, con la voz cascada y la misma devoción de siempre.
—¿Y el Del Valle? —preguntó Paulina, un día, mientras probaba mi pan—. ¿Va a venir a la posada?
—No sé —dije—. No le he preguntado.
—Pues pregúntale, prima. —Paulina me miró—. Lleva dos meses viniendo cada sábado. Dos meses sentándose en tu ventana. Dos meses esperando que le digas algo. —Hizo una pausa—. Val, yo no soy de meterme, pero… ¿tú qué sientes?
—No sé —dije, y la frase me salió cansada, porque era la misma desde octubre—. No sé qué siento, Paulina.
—¿Y cómo vas a saberlo? —dijo Paulina—. ¿Esperando a que él se canse?
La pregunta me quedó dando vueltas toda la semana.
El viernes por la noche, antes de la posada, estaba cerrando la tienda cuando vi la luz encendida en la parada del mercado.
Mateo. No era sábado. Era viernes. Y estaba ahí, parado junto al poste, con las manos en los bolsillos, mirando la plaza.
Crucé la calle. Me paré frente a él.
—No es sábado —dije.
—Ya sé —dijo él—. Mañana es la posada. Y quería… —Hizo una pausa—. Quería preguntarte si vas a ir.
—Claro que voy a ir. Hago el pan.
—¿Y si voy yo? —dijo él—. A la posada. ¿Está bien que vaya?
—El pueblo entero va a ir, Mateo. La posada es de todos.
—No te pregunté si el pueblo iba a ir —dijo él—. Te pregunté si está bien que vaya yo.
Me quedé callada. La plaza, las luces de diciembre, él parado frente a mí.
—¿Y a ti qué te importa si está bien o no? —dije, al fin.
—Me importa —dijo él, con la voz rara—. Me importa, Valeria. Todo lo que tenga que ver contigo me importa. Desde hace dos meses, desde hace catorce años, desde siempre.
—No digas eso.
—¿Por qué no?
—Porque —dije, y la voz se me quebró—, porque si lo dices, lo creo. Y si lo creo, me va a doler cuando te vayas.
—¿Y si no me voy?
—Todos dicen eso, Mateo.
—Yo no soy todos. —Se acercó—. Yo soy el que se quedó dos meses en una parada del mercado esperándote.
Yo soy el que aprendió a hacer pan de muerto.
Yo soy el que tiene un proyecto de casa de campo a tres horas de aquí, y que está pensando en quedarse.
—Me miró—. Yo no soy todos, Valeria. Yo soy el que no se va.
Y se dio la vuelta, y caminó calle abajo, y yo me quedé en la parada del mercado, con las luces de diciembre y las palabras dando vueltas.
Y por primera vez desde la boda, sentí que el miedo, el que me había tenido parada, empezaba a soltar.
Mañana era la posada.
Y yo iba a hacer pan.
Y él iba a estar ahí.