Novio de mentiras Capítulo 55 — El despacho
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Capítulo 55 — El despacho

Los lunes eran los días más largos.

El domingo por la noche volvía de San Gabriel, con el pan de muerto en la mochila y la imagen de Valeria detrás del mostrador, y el lunes por la mañana me despertaba en la ciudad, en mi departamento, con el ruido de los carros y el despacho esperándome.

Y yo, que había construido ese despacho ladrillo a ladrillo, que había soñado con tener mi nombre en una placa desde que era niño, ya no quería estar ahí.

No es que estuviera mal. El despacho estaba bien. Los proyectos estaban bien. La socia era buena. Los clientes pagaban. Todo estaba bien, y eso era exactamente lo que estaba mal: todo estaba bien, y yo no sentía nada.

—¿Mateo? —dijo mi socia, asomándose a la puerta un jueves por la tarde—. ¿Puedo hablarte?

—Claro.

Se sentó enfrente de mí, con una carpeta en las manos, y me miró con esa cara que usaba para las noticias malas.

—Llevas cinco semanas viniendo tarde —dijo—. Los viernes no vienes. Los lunes vienes con cara de funeral. —Hizo una pausa—. Y hoy, en la junta con los de la torre, cuando te preguntaron si te gustaba el proyecto, dijiste que sí, pero se te notó que estabas pensando en otra cosa.

—Estaba pensando en la junta.

—Estabas pensando en el pueblo —dijo ella—. En la señorita Montes. En el pan de muerto. En lo que sea que te pasa cada fin de semana. —Cerró la carpeta—. Mateo, yo te conozco desde la facultad. Tú nunca has venido tarde. Tú nunca has mirado la ventana durante una junta. —Me miró—. ¿Qué te pasa?

Me quedé callado. La ciudad, gris, detrás del vidrio.

—¿Te acuerdas de la pregunta que me hiciste en la facultad? —dije, al fin—. La del examen final. La de qué haría si pudiera elegir.

—Claro. Dijiste que diseñarías la torre más alta de la ciudad.

—Mentí —dije—. Dije eso porque era lo que se esperaba que dijera.

—La miré—. La verdad es que no sabía. Nunca supe.

Mi mamá decidió que yo fuera arquitecto, y yo nunca me pregunté si quería serlo.

Me metí a la carrera porque ella llenó la solicitud.

Tomé el despacho porque era lo siguiente que se esperaba de mí.

Y un día, sin darme cuenta, tenía treinta y cuatro años, una placa con mi nombre y una vida que no elegí.

—Hice una pausa—. Y ahora, por primera vez, tengo una respuesta. Y no es la torre más alta.

—¿Qué es?

—Un pueblo —dije—. Un pueblo con una plaza, un kiosco, una parada del mercado. Una tienda de repostería con un letrero que dice La Valiente. —La miré—. Quiero diseñar ahí. Quiero construir ahí. Quiero vivir ahí.

Quiero diseñar ahí. Quiero construir ahí. Quiero vivir ahí.

—¿Y ella qué dice? —dijo mi socia—. La señorita Montes. ¿Qué dice de que quieras vivir en su pueblo?

—No lo sabe todavía —dije—. Le mando mensajes, y no contesta. Voy los sábados, y me deja verla desde la parada. —Me encogí de hombros—. Es más de lo que merezco.

—¿Y por qué sigues yendo?

—Porque es lo único que me hace sentido —dije—.

Los planos, los edificios, las juntas, todo se me hace humo.

Pero los sábados, a las diez, en esa parada, esperándola con un pan de muerto, siento que por fin estoy haciendo algo bien.

—La miré—. Es la primera vez en mi vida que sé exactamente dónde quiero estar y con quién.

Mi socia me miró. Un rato largo.

—¿Y el despacho? —dijo, al fin.

—El despacho —dije—. El despacho me lo debo a mí. No a mi mamá. No a la placa. No a la torre más alta. —Me encogí de hombros—. Y yo ya no quiero deberme nada.

Se quedó callada. Y luego, despacio, abrió la carpeta.

—Pues mira nomás lo que te traje —dijo, y me pasó un plano—. Un proyecto en un pueblo. A tres horas de aquí. Una casa de campo para un cliente que quiere retirarse. —Sonrió—. Te lo estaba guardando para cuando volvieras. Pero creo que te lo doy ahora.

Tomé el plano. Lo miré. Una casa de campo, con patio, con buganvilias, con una cocina grande.

—¿Y por qué me lo das a mí? —dije.

—Porque tú, Mateo —dijo mi socia, levantándose—, necesitas construir algo que te importe. Y yo ya llevo cinco semanas viéndote construir cosas que no te importan. —Se detuvo en la puerta—. El despacho te espera. Pero el pueblo, creo, te necesita más.

Y se fue, dejándome con el plano de la casa de campo en las manos y la ciudad gris de fondo.

Me quedé mirando el plano. La casa, el patio, la cocina.

Y pensé en Valeria. En la parada del mercado. En el pan de muerto. En la pregunta que me hizo en el atrio, hace semanas: "¿Y qué harías si pudieras elegir?"

Por primera vez en mi vida, tenía una respuesta.

No era la torre más alta.

Era un pueblo con una plaza, un kiosco, una parada del mercado y una repostería con el nombre de ella.

Era San Gabriel.

Y yo, Mateo Del Valle, arquitecto, treinta y cuatro años, iba a aprender a quedarme.

—¿Y si el sábado que viene no vengo? —dijo ella, al fin, sin mirarme—. ¿Qué haces?

—Vengo igual —dije—. Compro el pan. Me paro en la parada. Y espero.

—¿Y si nunca vuelvo?

—Entonces —dije—, voy a ser el hombre del pan de muerto. El que espera en la parada del mercado. El que todo el pueblo conoce y nadie sabe a quién espera. —Me encogí de hombros—. Ya tengo nombre para la leyenda.

—¿Y no te cansas?

—No —dije—. Los que esperan de verdad no se cansan. Se les nota en la cara, pero no se cansan.

—¿Y tu mamá? —dijo ella, y la pregunta me tomó por sorpresa—. ¿Qué dice tu mamá de todo esto?

—Mi mamá —dije, y sonreí a solas—. Mi mamá me dijo que no me quedara sentado. Que los Del Valle ya tenemos fama de malos pagadores, y que ella no quería que yo siguiera pagando con la misma moneda. —Hice una pausa—. Fue lo más cerca que la he oído de pedir un deseo para mí.

—¿Y qué deseaste? —dijo ella.

—No me dio tiempo de desear —dije—. Me dio una orden: no te quedes sentado. —La miré—. Y aquí estoy. De pie. En la parada. Sin sentarme.

—Pues siéntate un rato —dijo ella, con una sonrisa que se le escapó—. Que pareces poste, y el poste ya está ocupado.

—¿Y si me siento, me vas a dar pan? —dije.

—Si te sientas —dijo ella, volviéndose hacia la tienda—, te doy pan. Y café. Y una silla junto a la ventana. —Se detuvo en la puerta—. Pero no hoy. El sábado. Cuando te toque.

Esa noche, le mandé un mensaje a Valeria:

"La socia me dio un proyecto en un pueblo. A tres horas de aquí. Casa de campo, con patio y buganvilias. Te mando foto del plano el sábado. Si quieres verla."

No contestó.

Pero el sábado siguiente, a las diez, yo estaba en la parada del mercado.

Con pan de muerto.

Y con el plano en la mochila.