Novio de mentiras Capítulo 54 — El letrero
90%

Capítulo 54 — El letrero

El sábado siguiente, la repostería abrió.

Me desperté a las seis, con el corazón a mil, y me vestí sin saber qué ponerme: el overol de trabajo, que era lo cómodo, o la blusa nueva, que era lo que una pone para un día importante.

Me quedé con la blusa. La abuela, desde la puerta de mi cuarto, dijo que me veía "como las que van a estrenar algo".

—Voy a estrenar una tienda, abuela. —Me miré en el espejo—. El sueño de toda la vida.

—Pues ponte la cara de las que estrenan un sueño, mija —dijo la abuela—. No la de las que van a un velorio.

A las ocho, con el delantal puesto y las manos en la masa, preparé el pan.

El de la receta de la abuela, el de mi abuelo, el que aprendí en esta misma cocina cuando tenía diez años y el azúcar me llegaba al codo.

El pan de muerto, el de huesitos, el que siempre fue mío, aunque yo no lo supiera todavía.

—Huele igual que el de tu abuelo —dijo la abuela, parada en la puerta de la cocina—.

Igualito. —Se quedó un momento, mirando la masa—.

Él hacía el pan para la tienda, ¿sabes? Y yo le decía que estaba loco, que en el pueblo nadie iba a comprar pan de muerto fuera de temporada.

—Sonrió—. Y él me decía: "El pan no se hace por temporada, mujer.

El pan se hace porque la gente necesita comer algo que sepa a casa. "

—Y tenía razón —dije, amasando.

—Tenía razón —dijo la abuela—. Y tú tienes su mano, mija. La misma. —Me miró—. Él estaría orgulloso de ti. De la tienda. Del letrero. De todo.

Me quedé amasando, con la garganta apretada y las manos en la masa de mi abuelo.

A las nueve, el letrero quedó colgado. Lo mandé hacer con el de la ferretería, con el nombre que la abuela me había dado el domingo, el que no se me había salido de la cabeza en toda la semana:

LA VALIENTE — REPOSTERÍA DE VALERIA MONTES.

Me quedé parada en la banqueta, mirándolo, con las manos en las caderas y la garganta apretada.

La tienda de la abuela. La de mi abuelo.

La que estuvo cerrada años, la que yo miraba cada vez que pasaba, la que siempre quise.

Y ahora era mía, con el nombre que me había puesto la mujer que me enseñó a amasar.

—¿Te gusta? —dijo la abuela, a mi lado.

—Me gusta —dije, y la voz me salió rara—. Es el letrero más bonito del pueblo.

—El letrero es bonito —dijo la abuela—. La que lo hace bonito eres tú.

—Se quedó mirándolo un momento, con sus ochenta y tres años y sus ojos brillosos—.

La Valiente. —Dijo el nombre, probándolo, como quien prueba la masa—.

Me late que a tu abuelo le habría gustado.

A él también le gustaban los nombres que se ganaban.

A las diez, abrí la puerta. Y el pueblo entró.

Paulina llegó primero, con Emilio y el ramo de flores que le sobró de la boda.

La señora de la farmacia llegó con su comadre y pidió "dos panes de muerto, de los buenos".

Don Román llegó con un periódico viejo y se quedó en la esquina, mirando los estantes como quien visita un museo.

El señor de la tortillería llegó con una torta "de cortesía, para que no te desmayes".

Hasta Chole llegó, con sus dos hijos y una caja de galletas que no dijo de dónde sacó.

—Está bonita, mija —dijo Chole, mirando los estantes, con una cara que no sabía si era de orgullo o de tristeza—. Está muy bonita. Tu abuelo estaría orgulloso.

—Gracias, tía.

—No me agradezcas —dijo Chole, y luego, más bajo—: Yo sé que me porté mal en la boda. Yo sé que lo grité todo delante de todos. —Me tomó las manos—. Pero era porque te quiero, mija. Porque no quería que te usaran. —Hizo una pausa—. ¿Y si me equivoqué? ¿Y si el Del Valle sí era de verdad?

—No sé, tía —dije—. Todavía no sé.

—Pues cuando lo sepas —dijo Chole, y me apretó las manos—, me avisas. Para saber si te pido perdón o no.

Y se fue a probar el pan, dejándome con la frase y el corazón raro.

A las diez y media, miré la puerta. La parada del mercado, desde la ventana, estaba vacía.

A las once, vacía.

—¿Vendrá? —dijo Paulina, a mi lado, siguiendo mi mirada.

—No sé —dije—. Dijo que venía.

—¿Y tú qué quieres?

—No sé —dije, y fue la verdad—. Todavía no sé.

A las once y cuarto, la puerta se abrió.

Mateo. Con la chamarra del jueves, el pelo revuelto y una bolsa de papel en la mano. Se quedó parado en la entrada, mirando el letrero, mirando los estantes, mirándome a mí, y por un segundo, nadie en la tienda dijo nada.

—Llegué tarde —dijo él, al fin—. El camión de las nueve se descompuso. Tomé el de las diez. —Levantó la bolsa—. Y no quería llegar sin esto.

—¿Qué es? —dije.

—Tu pan de muerto —dijo él—. El que te guardé. Y uno nuevo. —Sacó dos panes, envueltos en papel de estraza—. El primero es el de la semana pasada, que no te comiste. El segundo es el de hoy. —Sonrió, apenas—. Son de la panadería del pueblo. El de tu receta. El que me enseñaste a hacer.

—El que te enseñé a hacer —corregí, sin querer—. Y te salió torcido la primera vez.

—Torcido pero mío —dijo él—. Como todo lo que he aprendido este año.

—¿Y qué más aprendiste este año? —dije.

—A esperar —dijo él, sin dudar—. A llegar a tiempo. A quedarme cuando las cosas se ponen difíciles. —Hizo una pausa—. Y a no firmar contratos que no pienso cumplir.

La tienda entera nos miraba. Paulina con los ojos brillosos. La señora de la farmacia con la boca abierta. Chole, desde el rincón, con una cara que no supe leer.

—Te traje pan para que no desayunes sola —dijo él—. El día de la inauguración se desayuna bien, me dijo la abuela.

—Todavía no desayunaba —dije.

—Pues come —dijo él, y me puso los panes en las manos—. El sueño se trabaja mejor con el estómago lleno.

Y se quedó parado ahí, en la puerta de mi tienda, con su chamarra y su pelo revuelto, sin pedir nada, sin esperar nada, solo mirándome.

—¿Vas a quedarte ahí parado? —dije, con la voz rara.

—¿Quieres que me quede? —dijo él.

—Quiero que te sientes —dije, y señalé la mesa de al lado de la ventana—. La de las dos sillas. La puse pensando en que algún día alguien se iba a sentar a mirarme trabajar.

—¿Y quién? —dijo él.

—No sé —dije—. Todavía no sé.

Se sentó. En la silla de la ventana. Con su pan y su chamarra. Y se quedó ahí, mirándome trabajar, mientras el pueblo entraba y salía y probaba el pan de muerto.

Y yo, detrás del mostrador, con el letrero con mi nombre arriba y Mateo Del Valle sentado en la ventana, sentí que la tienda, el sueño, el día, todo, estaba saliendo mejor de lo que había soñado.

A la hora de cerrar, él se levantó.

—Me voy —dijo—. El camión de las cinco.

—¿Y el sábado que viene? —dije, sin pensar.

—El sábado que viene —dijo él, con una sonrisa que se le escapó—, a las diez, en la parada del mercado. Con pan de muerto. —Hizo una pausa—. Si me dejas.

—Te dejo —dije.

Y se fue, calle abajo, y yo me quedé en la puerta de mi tienda, con el letrero con mi nombre arriba y el corazón a mil.

—Ya era hora, mija —dijo la abuela, desde adentro.

—¿De qué, abuela?

—De que aprendieras a dejarlo quedarse. —Sonrió—. Es lo único que ese muchacho sabe hacer ahora: quedarse.