Capítulo 53 — Los sábados
Se volvió una costumbre.
Los sábados, a las diez, yo estaba en la tienda —mi tienda, la que iba tomando forma entre botes de pintura y estantes nuevos— y Mateo estaba en la parada del mercado, con su pan de muerto, esperando.
No se acercaba. Ya no. Desde aquel primer sábado, cuando me vio pintando y le dije que estaba bien sin él, había aprendido a no cruzar. Se quedaba en la parada, con el pan en la mano, de diez a once, y luego se iba, calle abajo, hacia el camión.
Y yo, desde la ventana de la tienda, lo veía.
No lo iba a admitir. Ni delante de la abuela, ni delante de Paulina, ni delante de nadie.
Pero lo veía. A las diez menos cinco, sin querer, mis ojos buscaban la parada.
Y cuando lo veía aparecer, con su chamarra y su pan, sentía algo raro en el pecho.
Algo que no sabía si era coraje, o tristeza, o la mezcla de las dos.
—Ya llegó —decía la abuela, desde la silla donde se sentaba a mirarme trabajar—. Ya llegó el Del Valle.
—No me interesa, abuela.
—A mí tampoco —decía la abuela, con su sonrisa—. Por eso lo sé.
El pueblo también se acostumbró. La señora de la farmacia, que al principio no lo saludaba, ahora le decía "buenos días, Mateo" desde su puerta.
Don Román, que lo vigilaba como a un sospechoso, ahora le guardaba el periódico.
Hasta Chole, la primera semana, salió a la puerta de su casa, lo vio parado en la parada, y dijo, en voz alta, para que todo el mundo la oyera:
—Tres sábados seguidos. —Y luego, más bajito, casi para sí—: O el Del Valle aprendió a esperar, o se está anunciando para la feria.
Nadie le contestó. Pero todo el pueblo supo que Chole, la que había gritado el trato en plena boda, la que tenía el cuaderno guardado, había dicho eso.
La segunda semana, Paulina se asomó a la tienda con Emilio en brazos, vio a Mateo en la parada, y me dijo, sin preámbulos:
—Lleva dos sábados, prima.
—Ya sé cuántos lleva, Paulina.
—Y tú llevas dos sábados mirándolo desde la ventana. —Sonrió—. Eso también lo sé.
—No lo estoy mirando. Estoy mirando la calle.
—La calle, claro. —Paulina me dio un codazo—. La calle, donde casualmente está él.
—¿Y tú por qué no estás con Emilio? —dije, para cambiar de tema.
—Emilio está con el niño. Y el niño está dormido. Y yo estoy aquí, mirándote mirar la calle donde casualmente está él. —Sonrió—. Es mi único entretenimiento de la semana.
—Eres un chisme, Paulina.
—Soy tu prima. Es mi obligación. —Se asomó a la ventana—. Además, mira nomás: el Del Valle se está comiendo el pan él solo. ¿Le llevamos un café?
—No.
—¿Le llevo yo un café?
—Tampoco.
—¿Y si le mando a Emilio?
—¡Paulina!
—Está bien, está bien. —Levantó las manos—. Pero te aviso: los hombres que esperan en la parada del mercado con pan de muerto no aparecen todos los días, prima. Cuando uno de esos llega, una no lo deja irse a comer solo.
No le contesté. Pero las dos sabíamos que tenía razón.
La tercera semana, el sábado, llovió.
Una lluvia chiquita, de esas de noviembre que no avisan. Yo estaba en la tienda, con los estantes recién barnizados, y vi la lluvia caer, y pensé, sin querer, en la parada del mercado, en el poste, en la chamarra de Mateo.
A las diez y cinco, no pude más. Salí a la puerta de la tienda.
Ahí estaba. Parado en la parada, bajo la lluvia, con el pan de muerto envuelto en una bolsa de plástico y la chamarra empapada. Sin moverse. Esperando.
—Es un terco —dije, en voz alta, sin darme cuenta.
—Es un Montes —dijo la abuela, desde adentro—. Aprendió de la mejor.
—No es Montes, abuela. Es Del Valle.
—Los Del Valle, mija, son los que no saben esperar —dijo la abuela, asomándose a la puerta—. Y ese, ahí parado bajo la lluvia, ya aprendió. —Me miró—. Eso ya no es un Del Valle. Eso es un Montes con apellido equivocado.
—¿Y qué hace un Montes con apellido equivocado? —dije, sin pensar.
—Se queda —dijo la abuela, con esa calma suya—. Un Montes no se va a ningún lado, mija. Los Montes se quedan. Y ese, ahí parado, se está quedando. —Señaló la parada—. Solo falta que tú también te quedes.
—Yo ya me quedé, abuela. Estoy aquí. —Señalé la tienda—. Esto es quedarse.
—Quedarse en un lugar, mija, no es quedarse. —Dijo la abuela—. Quedarse es quedarse con alguien. Y tú, mija, todavía no te quedas con nadie. —Sonrió—. Pero ya falta poco. Se te nota en la masa.
Me quedé mirando la lluvia. Mirando la parada. Mirándolo a él.
—¿Y qué hago, abuela?
—Nada —dijo la abuela—. Todavía nada. Déjalo que se moje un poco más. —Sonrió—. Las cosas que se esperan bajo la lluvia, mija, son las que después valen más.
A las once, Mateo se fue, calle abajo, con la chamarra empapada y el pan en la bolsa de plástico.
Y yo me quedé en la puerta de la tienda, viéndolo irse, con la lluvia y la frase de la abuela dando vueltas.
La semana siguiente, la cuarta, no llovió. Hizo sol. Y yo, desde la ventana, lo vi llegar a las diez, con su pan, y pararse en la parada.
Y entonces, sin pensarlo, sin planearlo, hice algo que no me esperaba.
Salí de la tienda. Crucé la calle. Y me paré frente a él, en la parada del mercado.
—Valeria —dijo, y su cara se iluminó, y luego se asustó, y luego se puso seria, todo en un segundo.
—No me digas nada —dije—. Todavía no. —Señalé la tienda—. El sábado que viene, a las diez, abro la repostería. Va a venir el pueblo entero. Va a venir Paulina, y mi tía Chole, y la señora de la farmacia. —Lo miré—. Y vas a venir tú.
—¿Y si voy?
—Entonces —dije, y mi voz salió rara—, entonces vamos a ver.
Me di la vuelta y crucé la calle, con el corazón a mil, sintiendo su mirada en la espalda.
—¡Valeria! —me gritó.
Me volví.
—¿El pan de muerto? —dijo él, levantando la bolsa—. ¿Lo quieres?
—Ya comí —dije.
—Pues entonces me lo guardo —dijo él, con una sonrisa que se le escapaba—. El pan aguanta. Y los sábados, me han dicho, se come mejor.
—Ya comí —dije, y la mía también se me escapó, apenas, un pedacito—. Pero guárdamelo para el sábado.
—¿Y si para el sábado ya no me lo quiere nadie? —dijo él, con una sonrisa que le temblaba—. El pan, digo. El pan de muerto.
—El pan de muerto aguanta —dije—. Es de los que esperan.
—¿Y tú? —dijo él, y la pregunta se quedó flotando entre los dos, junto al poste de la parada.
—Yo también aguanto, Mateo —dije—. Las Montes somos de las que esperan. —Hice una pausa—. Ya te lo demostré una vez.
Y entré a la tienda, con el corazón a mil y la sonrisa escondida, y la abuela, desde la silla, dijo sin levantar la vista:
—Ya era hora, mija. Ya era hora.