Capítulo 52 — La primera semana
El sábado siguiente, a las diez de la mañana, yo estaba en la parada del mercado.
Había tomado el camión de las seis. Me había vestido sin planchar, me había afeitado mal, y había comprado el pan de muerto en la panadería de la central, el que no sabía a nada. Llegué a la parada a las diez, me paré junto al poste, y esperé.
El pueblo me vio. La señora de la farmacia, que pasaba con su mandado, me miró y no me saludó.
El señor de la tortillería me miró y saludó con la cabeza, nada más.
Don Román, desde la papelería, me vio parado ahí y no dijo nada, pero se quedó en la puerta, viéndome, como quien vigila a un sospechoso.
—¿Buscas a alguien, mijo? —dijo Don Aurelio, desde la puerta de su tienda.
—A nadie, don Aurelio. Solo espero.
—¿A quién?
—A nadie —dije—. Espero a nadie.
Don Aurelio me miró. Un rato largo. Y luego dijo, con esa calma suya de río:
—Las esperas, mijo, son como la masa: se trabajan despacio, y a veces no suben. —Y se metió a la tienda, dejándome con la frase y el poste.
Esperé hasta las once. No llegó nadie. La parada del mercado, un sábado a las diez, es un lugar con gente: las señoras con sus bolsas, los niños con sus bicicletas, el puesto de tacos armándose. Pero ella no estaba.
Me fui a las once, como había dicho. Compré el pan de muerto de la panadería del pueblo —el bueno, el de la receta de la abuela, el que me enseñó a hacer— y caminé calle abajo, hacia la tienda de la esquina de la casa de la abuela.
La tienda.
Estaba abierta.
La tienda de la abuela, la que estaba cerrada desde hacía años, la de la esquina, la que Valeria quería para su repostería, tenía la puerta abierta y olor a pintura. Se estaba arreglando. Había una escalera, unos botes de pintura, un letrero nuevo a medio colocar.
Y ella.
Valeria estaba adentro, de espaldas a la puerta, con el pelo recogido y un overol de trabajo, pintando la pared del fondo con una brocha. Se movía despacio, con la calma de las que están haciendo lo que siempre quisieron hacer.
Me quedé parado en la banqueta, mirándola, sin atreverme a cruzar la puerta.
Y en ese momento, ella se volvió. Me vio. Y se quedó quieta, con la brocha en la mano, mirándome.
Un segundo. Dos. Tres.
—Mateo —dijo, al fin, con la voz rara.
—Valeria. —Le mostré el pan—. Te traje pan de muerto. De la panadería del pueblo. El de tu receta.
—Ya comí —dijo ella.
—Pues entonces me lo como yo —dije, y la frase me salió sin pensar—. Los dos, si me dejas. —Hice una pausa—. El pan de muerto se hizo para compartirse. Eso me lo enseñaste tú.
Se volvió a su pared. Y siguió pintando.
Y yo me quedé en la banqueta, con el pan de muerto en la mano, mirándola pintar, sin saber si entrar o irme.
—¿Vas a quedarte ahí parado? —dijo ella, sin volverse—. Porque la pintura seca rápido, y yo tengo trabajo.
—Me voy —dije—. Solo quería… —Hice una pausa—. Solo quería ver cómo estaba.
—Estoy bien —dijo ella, sin volverse—. Estoy pintando. Estoy abriendo mi tienda. Estoy bien, Mateo. —Y luego, más bajo—: Estoy bien sin ti.
La frase me cayó como una losa.
Me quedé callado un momento, con el pan en la mano y el sol de las once. Y luego, sin pensarlo, dije lo único que se me ocurrió, la única cosa que podía decir sin parecer un idiota:
—Está bien que estés bien sin mí —dije—.
Me alegra. De verdad me alegra, Valeria.
—Hice una pausa—. Pero yo no estoy bien sin ti.
Y no sé si algún día voy a estarlo. Así que voy a seguir viniendo.
Los sábados, a las diez, a la parada del mercado.
No para molestarte. Para que sepas que estoy.
—La miré—. Para que, si algún día no estás bien, sepas dónde encontrarme.
Ella se quedó quieta, con la brocha en la mano, de espaldas a mí.
—¿Sabes qué pensé el domingo, cuando salí corriendo del salón?
—dijo ella, al fin, con la voz rara—. Pensé que no me ibas a buscar.
Que ibas a hacer lo de siempre: quedarte parado, dejar pasar la noche, y luego, cuando ya fuera tarde, aparecer con una disculpa bonita.
—Hizo una pausa—. Y no apareciste. Apareciste hoy, en la banqueta, con pan de muerto, a la hora que dijiste que ibas a estar.
—Se volvió, por fin, y me miró—. Y eso, Mateo, es lo único que te he pedido en catorce años: que llegues cuando dices. Y hoy llegaste.
Me quedé sin palabras. El sol de las once, la banqueta, el pan en la mano.
—¿Y mañana? —dijo ella—. ¿Mañana vas a llegar?
—Mañana no es sábado —dije.
—Ya sé que no es sábado —dijo ella—. Te estoy preguntando si vas a llegar.
—Voy a llegar —dije—. Todos los días. Todas las semanas. Todos los años. Hasta que me digas que no.
—¿Y si te digo que no?
—Entonces —dije—, voy a dejar de llegar. Pero voy a tardar mucho, mucho tiempo en dejar de llegar. —La miré—. Eso es lo único que te puedo prometer.
—¿Y qué es "mucho tiempo"? —dijo ella.
—No sé —dije—. Años. Décadas. Lo que sea. —Me encogí de hombros—. Es la primera vez que quiero prometer algo que no puedo medir en metros cuadrados.
—¿Y por qué quieres prometerlo? —dijo ella.
—Porque —dije, y respiré hondo—, porque desde que te vi en la banca del kiosco, a las tres de la mañana, apagando el teléfono para quedarte conmigo, entendí que no hay edificio, ni plano, ni torre en esta vida que se parezca a eso.
—Hice una pausa—. Y no sé construir otra cosa que no sea eso.
Así que voy a esperarte, Valeria. Es lo único que sé hacer bien.
—¿Y si un día no estás bien sin mí? —dije.
—Entonces —dijo ella, y su voz se quebró apenas, un temblor chiquito—, entonces te enterarás. Porque tú, Mateo Del Valle, tienes mi número. Y el mensaje que me mandaste. —Hizo una pausa—. El trato terminó. Yo no. —Y repitió, casi sin voz—: Yo no.
Me quedé helado. No por las palabras. Por cómo las dijo. Como si las hubiera estado repitiendo desde el domingo.
—¿Y tú? —dije, al fin—. ¿Tú también?
Ella se volvió. Me miró. Con la brocha en la mano, el overol manchado de pintura y los ojos brillosos.
—Yo —dijo, con la voz apenas un hilo—. Yo tampoco, Mateo. Yo tampoco.
Y se volvió a su pared, y siguió pintando, y yo me quedé en la banqueta, con el pan de muerto en la mano y el corazón a mil, sin saber qué hacer con lo que acababa de oír.
Ella tampoco.
El trato terminó. Ella tampoco.
Me fui caminando, calle abajo, con el pan de muerto y la frase dando vueltas.
Y la semana siguiente, a las diez, yo estaba otra vez en la parada del mercado.
Con pan de muerto.
Esperando.