Novio de mentiras Capítulo 51 — El trato terminó. Yo no.
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Capítulo 51 — El trato terminó. Yo no.

La ciudad me recibió con ruido.

El camión me dejó en la central, y de ahí, un taxi, y de ahí, el edificio, y el elevador, y el pasillo, y la puerta del despacho con mi nombre en la placa.

MATEO DEL VALLE, ARQUITECTURA. Todo igual que lo había dejado el miércoles.

Los planos en la mesa. El café frío. La ciudad, gris, detrás del vidrio.

Cuatro días. Cuatro días habían pasado desde que me fui al pueblo por un trato. Y ahora volvía sin el trato, sin la novia, sin nada, con un pan de muerto torcido en la maleta y el corazón hecho pedazos.

Me quedé un momento parado en la puerta del despacho, mirando la placa con mi nombre. La había puesto yo, hace ocho años, con el orgullo de los que llegan a la ciudad con una maleta y un título. Mi mamá lloró cuando la vio. Mi papá, que ya no estaba, la habría visto desde algún lado.

Y ahora, la placa me miraba, y yo no sentía nada.

—¿Mateo? —dijo mi socia, asomándose a la puerta—. ¿Ya volviste? ¿Cómo estuvo la boda?

—Boda de mi hermano —dije—. Salió bien.

—¿Y la novia? ¿La famosa señorita Montes? —Sonrió—. Todos aquí queremos conocerla. Dijiste que la ibas a traer.

Me quedé callado.

—Mateo?

—Se acabó —dije—. El trato se acabó.

—¿El trato?

—Nada. —Me senté en mi escritorio—. No es nada. Trabajemos.

La socia se fue, con una cara que no supe leer, y yo me quedé en el despacho, con los planos, el café frío y la ciudad de fondo.

Y pensé en ella.

En la parada del mercado. En el pan de muerto torcido. En la manera en que me miró cuando le dije que la esperaría cada semana. En la manera en que no me dijo que se quedara.

No me lo dijo. Y yo me fui. Y ahora estaba aquí, en mi despacho, con mi nombre en la placa, y no quería estar aquí. No quería los edificios. No quería el café frío. No quería la ciudad.

Quería la parada del mercado.

Quería la tienda de Don Aurelio. El kiosco. La buganvilia. La cocina de la tienda, con el glaseado y el pan de muerto.

Quería a Valeria.

Me quedé mirando la pantalla del teléfono. El chat con ella. El último mensaje era el mío, el del miércoles, el que nunca contestó. Y debajo, el silencio de esta mañana.

Escribí: "Llegué. El despacho sigue igual. No me gusta."

Lo leí. Sonaba a lástima. Lo borré.

Escribí: "El pan de muerto salió mejor de lo que esperaba. Te mando foto la próxima."

Lo leí. Sonaba a excusa. Lo borré.

Escribí: "El trato terminó."

Me quedé mirándolo. Tres palabras. Las más ciertas que había escrito en días.

Y entonces, sin pensarlo, sin planearlo, sin ensayarlo, escribí la segunda parte:

"El trato terminó. Yo no. — M."

Lo leí. Una vez. Dos veces. Tres.

No lo borré.

Lo mandé.

Y me quedé mirando la pantalla, con el corazón en la boca, esperando los tres puntitos de que ella estuviera escribiendo.

No aparecieron.

Pasó un minuto. Pasaron cinco. Pasó una hora. Pasó la tarde entera, con la ciudad poniéndose gris detrás del vidrio, y yo sin moverme del escritorio, con el teléfono en la mano.

Y el mensaje quedó ahí, solo, en el chat, sin respuesta.

"El trato terminó. Yo no. — M."

A las ocho, cerré el despacho y me fui al departamento. El mismo de siempre: la cocina limpia, el sillón gris, la vista a los edificios. Me senté en el sillón, sin prender la luz, y me quedé mirando el techo.

A las nueve, sonó el teléfono. Mi mamá.

—¿Mateo? —su voz, la de siempre, la de los encargos—. ¿Ya llegaste? ¿Cómo estuvo la boda de Emilio? ¿Y la famosa señorita Montes? Tu tía me contó que es preciosa. Quiero conocerla. ¿Cuándo la traes?

—Mamá —dije—. Se acabó.

—¿Qué se acabó?

—El trato —dije—. La novia. Todo. Se acabó, mamá.

Silencio. Del otro lado, el silencio de mi mamá, el que usaba cuando las cosas no salían como ella planeaba.

—¿Y por qué se acabó? —dijo, al fin—. ¿Qué hiciste?

—Todo —dije—. Hice todo mal, mamá. Como siempre que se trata de cosas que importan.

—No digas eso, mijo.

—Es la verdad —dije—. Y ya no quiero mentir más.

—Hice una pausa—. La señorita Montes se llama Valeria.

Hace pan de muerto que sabe a casa. Tiene una risa que se le escapa cuando menos lo espera.

Y yo la dejé plantada en un baile hace catorce años, y volví a dejarla plantada en su boda hace tres días.

—La voz se me quebró—. Y ahora le mandé un mensaje diciéndole que el trato terminó, y que yo no.

Y no me contestó. Y no sé si me va a contestar nunca.

Del otro lado, mi mamá se quedó callada. Un rato largo. Yo esperé, con el teléfono pegado a la oreja, oyendo la ciudad de fondo.

—¿Y qué vas a hacer? —dijo, al fin.

—No sé —dije—. Pero no me voy a quedar aquí sentado.

—Pues no te quedes —dijo mi mamá, y su voz sonó distinta, sin encargos, sin planes—.

Ve. Haz algo. Y si te dice que no, pues te aguantas.

—Hizo una pausa—. Pero no te quedes sentado, mijo.

Que los Del Valle ya tenemos fama de malos pagadores.

Y yo no quiero que mi hijo siga pagando con la misma moneda.

—¿Y si ya es muy tarde, mamá? —dije—. ¿Y si hice tanto daño que no hay arreglo?

—¿Y desde cuándo los Del Valle arreglan las cosas a la primera? —dijo mi mamá—. Nosotros, mijo, somos de los que insisten. De los que vuelven a tocar la puerta aunque ya les hayan dicho que no. —Hizo una pausa—. Tu papá era así. Y mira: me tuvo a mí, que no era fácil de convencer.

Nunca había oído a mi mamá hablar así. Sin planes. Sin orgullo. Como si ella también supiera lo que era esperar a alguien.

—¿Y tú? —dije—. ¿Tú estás bien, mamá?

—Yo estoy bien —dijo ella, con una voz que no le conocía—. Yo siempre he estado bien, mijo. Lo que pasa es que no me lo preguntabas.

Colgamos. Y yo me quedé en el sillón, sin luz, con la ciudad de fondo y el mensaje sin responder en el bolsillo.

No dormí bien. Soñé con la parada del mercado, con el elote partido en dos, con la banca del kiosco y el teléfono que sonaba. Me desperté a las cinco, con el corazón a mil, y me quedé mirando el techo, repitiendo las palabras de mi mamá: "no te quedes sentado, mijo".

A las seis, me duché, me vestí sin planchar, y salí del departamento.

En la puerta, me detuve un segundo, miré la placa del edificio, los edificios grises, el departamento vacío.

—Volvemos el sábado —le dije, a nadie—. O el otro. O los que hagan falta.

Y esperé.

Cuatro días. Tres. Dos. Uno. Los planos, las juntas, el café frío del despacho. Y en las noches, el chat con ella, el mensaje sin respuesta, y la certeza de que el sábado, lloviera o no, yo iba a estar en la parada del mercado.

El sábado, antes del amanecer, tomé el camión.

De vuelta al pueblo.

A la parada del mercado.

A esperarla.