Novio de mentiras Capítulo 50 — La parada del mercado
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Capítulo 50 — La parada del mercado

A las nueve de la mañana, yo no sabía si iba a ir.

Me quedé en la cama, con la ventana cerrada, oyendo el pueblo despertar: las puertas, los perros, las campanas de la parroquia. El domingo. El día en que el trato terminaba. El día en que Mateo se iba.

Y la parada del mercado.

"Mañana, en la parada del mercado. Como el primer día. Tú me esperaste. Mañana, yo te espero a ti. Y esta vez, Valeria, voy a llegar."

Me lo había dicho en el baile, hace una noche, cuando el mundo todavía era perfecto y nadie sabía nada.

Y yo, tonta, le había creído. Le había creído el baile, el beso, la promesa.

Y luego llegó Chole con el cuaderno, y el pueblo entero supo que la madrina era una mentira, y yo salí corriendo del salón, y él se quedó parado en la puerta, sin saber si seguirme.

—¿Vas a ir? —dijo la abuela, desde la puerta de mi cuarto, con su taza de café.

—No sé, abuela.

—¿Y qué dice tu panza?

—Mi panza dice que no quiere que me vuelvan a dejar esperando.

—Y mi panza —dijo la abuela— dice que hay gente que solo aprende a llegar cuando ya no lo esperan. —Me miró—. Tú decides si quieres ser la que lo espere, o la que ya se fue.

Se fue, y yo me quedé en la cama, con la ventana cerrada y el corazón a mil.

A las nueve y media, me levanté. Me vestí. Me lavé la cara.

Y me quedé parada frente al espejo, con la chamarra puesta, preguntándome qué estaba haciendo.

—No voy a ir —dije, en voz alta, al espejo.

—Claro que no, mija —dijo la abuela, desde el pasillo, con su taza—. Por eso llevas diez minutos parada frente al espejo, vestida, lista.

—No estoy lista.

—Estás lista —dijo la abuela—. Lo que no estás es decidida. Y son cosas distintas.

—¿Y cómo sé si debo ir?

—No lo sabes —dijo la abuela—. Nadie lo sabe nunca. Uno va, y ve, y luego decide. —Sonrió—. Pero no decidir, mija, también es decidir. Es decidir quedarse.

A las diez, estaba en la parada del mercado.

No supe por qué fui. La abuela tenía razón en algo: yo nunca dejaba a nadie esperando. Era una Montes. Las Montes llegaban, o avisaban, o las dos cosas. Así que fui. A verlo. A decirle, tal vez, que se fuera tranquilo, que el trato terminaba hoy, que cada quien por su lado.

Fui a despedirme. Eso creía yo.

Y lo vi.

Estaba en la parada, parado junto al poste, con la chamarra del jueves y una bolsa de papel en la mano.

La bolsa de la panadería. El elote, o el pan, o lo que fuera que había comprado para esperarla.

Llevaba ahí un buen rato, con las manos en los bolsillos, mirando hacia la calle por donde yo tenía que llegar.

Se veía mal. Se veía cansado. Se veía como yo me sentía por dentro.

—Mateo —dije, parándome a tres metros de él.

—Valeria. —Alzó la vista, y por un segundo, su cara se iluminó, y luego se apagó, como si se acordara de todo—. Iba a esperarte hasta las once. —Sacó la bolsa—. Te traje esto. Por si no habías comido.

—¿Ya comiste? —preguntó él, con la voz rara, ofreciéndome la bolsa.

La pregunta, la de la abuela, la del pueblo entero, me llegó al pecho de una manera que no esperaba.

—¿Ya comiste, Valeria?

Y yo, parada en la parada del mercado, con la bolsa del pan en la mano y el corazón hecho pedazos, no supe si era la pregunta de un hombre que se preocupa, o la de un hombre que se despide.

—Todavía no —dije.

—Come —dijo él—. Es pan de muerto. El de tu receta. El que me enseñaste a hacer. —Sonrió, apenas—. Lo hice yo. Salió torcido, pero es el mío.

Abrí la bolsa. Había un pan de muerto, pequeño, redondo, con los huesitos de azúcar encima. Torcido, sí. Pero con olor a anís y a naranja, el olor de la tienda de la abuela, el olor de las cosas que se hacen con paciencia.

—¿Por qué hiciste esto? —dije, y la voz me salió rara.

—Porque me dijiste que el pan de muerto se hace para los que se fueron —dijo él—. Y yo me estoy yendo, Valeria. Me voy hoy, a la ciudad, al despacho. Pero no quiero irme sin que sepas que no me voy por gusto.

—¿Y por qué te vas?

—Porque me lo pidió tu abuela —dijo él—. Me dijo que las Montes se deciden con calma. Y que yo, si de verdad la quería, tenía que aprender a esperar. —Me miró—. Y no puedo esperarte aquí, en el pueblo, mirándote todos los días sin saber si me quieres ver. Eso te haría daño. Y a mí también.

—¿Y a dónde vas a esperarme?

—A la ciudad —dijo—. Al despacho. A los edificios que no me gustan. —Sonrió, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Y cada semana, voy a venir a la parada del mercado. A comprar el pan de muerto. A ver si estás.

—¿Y si no estoy? —dije.

—Entonces compro el pan —dijo él—. Y me voy. Y vuelvo la semana siguiente.

—¿Y si estoy? —dije, y la pregunta me salió sin pensarla.

Él se quedó callado. Un segundo. La parada, el poste, el sol de las diez.

—Entonces —dijo él, con la voz rara—, entonces te voy a pedir una cosa. La única cosa que te he pedido en catorce años.

—¿Qué cosa?

—Una segunda oportunidad —dijo él—. Una de verdad. No un trato. No un contrato. Una oportunidad para que veas quién soy sin la libreta. —Hizo una pausa—. Y si no te gusta lo que ves, me voy. Y no vuelvo a molestar. Pero déjame intentarlo, Valeria. Es todo lo que pido.

Me quedé callada. La pregunta, la de las once, la de los catorce años, se me quedó en la boca.

—Eso es mucho pedir, Mateo —dije, al fin.

—Ya sé —dijo él—. Pero tú esperaste catorce años, Valeria. Lo menos que puedo hacer es pedirte bien las cosas.

—¿Y qué vas a hacer mientras tanto? —dije—. ¿Vas a volver a tu despacho? ¿A tus edificios?

—Voy a volver —dijo él—. Pero no igual. —Me miró—. Voy a volver sabiendo que hay una parada del mercado en San Gabriel, y que si algún día me necesitas, ahí voy a estar. —Sonrió, apenas—. Es más de lo que he tenido en catorce años.

Y se dio la vuelta, y caminó calle abajo, hacia el camión de la ciudad, y yo me quedé en la parada del mercado, con el pan de muerto en las manos y la garganta cerrada.

No lloré. Las Montes no lloran en la calle.

Pero cuando el camión arrancó, y lo vi alejarse por la ventanilla, con la cara pegada al vidrio, mirándome, me di cuenta de que me había quedado con la pregunta en la boca.

La pregunta que no me atreví a hacerle.

La de si iba a volver.

Y la de si yo, cuando volviera, iba a estar todavía en la parada.

Llegué a la casa con la bolsa del pan en la mano y la cara que se me notaba todo. La abuela me esperaba en la puerta, con su taza.

—¿Y? —dijo.

—Se va, abuela. —Me senté en el escalón—. Se va hoy. Y dice que va a volver todos los sábados, a la parada del mercado, a ver si estoy.

—¿Y tú qué le dijiste?

—No le dije nada —dije—. No supe qué decirle.

La abuela se sentó a mi lado, en el escalón, con su taza de café. Un rato largo, sin hablar.

—¿Sabes? —dijo, al fin—. Cuando tu abuelo se murió, yo me quedé con la tienda vacía, con la mesa de la masa y con una pregunta que nunca me atreví a hacerle: si él sabía, antes de irse, que yo lo había querido toda la vida.

—Me miró—. Y no te vayas a quedar tú con la pregunta, mija.

Las preguntas que no se dicen, se quedan a vivir en la panza.

—¿Y qué hago, abuela?

—Nada —dijo la abuela—. Todavía nada. Deja que se vaya. Deja que vuelva. Deja que el sábado te encuentre en la parada o no te encuentre. —Sonrió—. Pero mientras tanto, mija, ponte a trabajar en lo tuyo. Que la tienda no se va a pintar sola.

—¿Y cómo se va a llamar la tienda, abuela? —dije, sin pensar.

La abuela se quedó callada un momento. Miró la calle, miró la esquina donde estaba la tienda cerrada, miró el pan de muerto que traía en la bolsa.

—Yo le pondría La Valiente —dijo, al fin—. Porque tú, mija, eres la valiente de esta casa. La que esperó. La que se quedó. La que sigue de pie. —Me miró—. La Valiente. Ese es el nombre.

Y me dejó con la frase, el escalón y el nombre de mi tienda, que hasta ese momento no sabía que tenía.