Novio de mentiras Capítulo 49 — El cuaderno
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Capítulo 49 — El cuaderno

El domingo amaneció gris, como si el pueblo también estuviera de resaca.

Yo llegué a la casa de la abuela a las ocho de la mañana, con el traje de la boda doblado en una bolsa y la cara de la noche anterior.

No había dormido. No había podido. Cada vez que cerraba los ojos veía a Valeria saliendo del salón, con el vestido de madrina y la cara blanca, y a mi tía Chole en la silla, con el cuaderno en la mano.

En el camión de las seis, el pueblo me había mirado.

No con coraje: con lástima. La señora de la farmacia, que viajaba en el asiento de adelante, se volvió, me vio, y no me dijo nada, pero su cara decía todo: "el que la deja plantada dos veces no tiene perdón".

El señor de la tortillería, en la parada, me saludó con la cabeza, nada más.

Hasta el chofer del camión, que me había visto subir el jueves con una libreta ridícula, me miró por el espejo y dijo, sin mirarme: "¿Otra vez por aquí, joven? "

—Otra vez —dije.

—Pues que esta vez sea para quedarse —dijo el chofer, y arrancó.

El cuaderno.

Eso era lo primero. Recuperar el cuaderno. El contrato. La prueba del crimen.

—¿Qué haces aquí, Del Valle? —dijo una voz, desde el portón de al lado.

Chole. Con una bata encima, el pelo recogido y una cara que no era la de los chistes. La cara de la que ya no tiene nada que perder.

—Vengo por el cuaderno —dije.

—¿El cuaderno? —Se cruzó de brazos—. ¿El del contrato? ¿El de las reglas? —Sonrió, sin humor—. Ese cuaderno ya no es tuyo, Del Valle. Ese cuaderno ahora es del pueblo. Lo está leyendo media San Gabriel con su café.

—Tía Chole…

—No me digas tía. —Me cortó—. Yo no soy tu tía.

Yo soy la tía de Valeria. La que la vio llorar anoche.

La que la vio plantada en esa iglesia hace catorce años, y la que la vio plantada otra vez anoche, delante de doscientas personas.

—Se acercó—. Y tú, Mateo Del Valle, eres la única persona que ha logrado hacerla llorar dos veces en catorce años. Eso tiene mérito. Malo, pero mérito.

Me quedé parado, con la bolsa del traje en la mano y el sol de las ocho en la cara.

—Yo no quería que terminara así —dije.

—¿Ah, no? —Chole se rió—. ¿Y cómo querías que terminara?

¿Con un final de película? ¿Con el contrato roto en pedazos y el pueblo aplaudiendo?

—Sacudió la cabeza—. Mira, Del Valle. Yo sé que no todo fue mentira.

Yo los vi. La vi a ella, el viernes, mirándote en el ensayo como si fueras de verdad.

Y te vi a ti, en el baile, mirándola como si ella fuera lo único que existe.

—Hizo una pausa—. Pero el cuaderno, mijo, el cuaderno está.

Y el cuaderno dice que todo empezó con reglas.

Y las reglas, cuando se escriben, no se borran con discursos.

—¿Y con qué se borran?

—Con hechos —dijo Chole—. Con el tiempo. Con que mi sobrina te vuelva a mirar sin acordarse del cuaderno. —Se encogió de hombros—. Y eso, Del Valle, no se puede apurar.

—¿Y el cuaderno?

—El cuaderno se queda conmigo —dijo Chole—. Es la prueba. Y si algún día, de verdad, haces algo que valga la pena, lo rompes tú mismo, delante de ella, y delante de mí. —Me miró—. Pero no hoy. Hoy, el cuaderno se queda aquí.

—¿Y qué es para ti "algo que valga la pena"? —dije.

Chole se quedó pensando. Se ajustó la bata, se cruzó de brazos, y al fin dijo:

—No sé, mijo. No soy de esas que andan poniendo reglas a los sentimientos.

—Me miró—. Pero te voy a decir una cosa: mi sobrina, desde que tú llegaste, se ríe distinto.

Se ríe con la boca llena, como cuando era niña.

Y anoche, cuando salió corriendo del salón, se me rompió el corazón oyéndola llorar.

—Hizo una pausa—. Así que "algo que valga la pena", Del Valle, es que vuelvas a hacer que se ría con la boca llena.

Y que no la vuelvas a hacer llorar nunca. Eso es todo.

Se dio la vuelta y entró a su casa, dejándome parado en la calle, con la bolsa del traje y el sol subiendo.

Y yo, que había venido a recuperar el contrato, entendí que el contrato era lo de menos.

El contrato era papel.

Lo que importaba era ella. Y ella, ahora mismo, no quería verme.

Me quedé un momento parado en la calle, mirando la casa de la abuela, la ventana del cuarto de Valeria, la cortina cerrada.

—¿Y ahora qué? —me dije, en voz baja.

—Ahora —dijo una voz detrás de mí—, ahora te sientas, mijo, y esperas.

Me volví. La abuela. Con su chal, parada en la puerta de su casa, con una taza de café en la mano.

—Abuela…

—No me digas nada —dijo la abuela, con calma—. Yo ya sé todo. Yo ya lo sabía desde el viernes, desde el patio, cuando dijiste que el contrato se cumplía. —Tomó un sorbo—. Lo que no sabía es si ibas a venir hoy. —Me miró—. Y viniste.

—¿Y eso qué significa?

—Significa que el cuaderno no es el problema, mijo. —La abuela sonrió, con esa sonrisa suya de la que lo ve todo—. El problema es si sabes esperar. —Señaló el banco de la entrada—. Siéntate. Toma un café. Y espera.

—¿Esperar qué?

—A que ella decida —dijo la abuela—. Porque las Montes no se deciden con prisa, mijo. Las Montes se deciden con calma. Y tú, si de verdad la quieres, tienes que aprender a esperar como ella te esperó a ti.

—¿Cuánto?

—Lo que haga falta. —La abuela entró a la casa, y desde la puerta, sin volverse, dijo—: Yo a tu abuelo lo esperé tres años, mijo. Y valió la pena.

—¿Y si ella no me espera a mí? —dije, al fin—. ¿Si decide que no quiere verme nunca más?

—Entonces —dijo la abuela, y su voz sonó más suave—, entonces vas a tener que aprender a vivir con eso. Pero vas a aprender. —Se volvió a medias—. Porque los que esperan de verdad, mijo, no esperan para cobrar. Esperan porque no saben hacer otra cosa.

Y entró, dejándome con la taza, el banco y la frase dando vueltas.

Me quedé sentado en el banco, con el café enfriándose y el pueblo despertando.

La señora de la farmacia abrió su puerta, me vio sentado ahí, y no dijo nada, pero me miró de una manera que ya era un discurso completo.

Don Román pasó con su periódico y asintió con la cabeza, como quien aprueba una obra que todavía no termina.

A las nueve, la ventana de Valeria seguía cerrada.

A las nueve y media, la abuela salió con otra taza, y esta vez no venía sola: traía un plato.

—¿Todavía aquí, mijo?

—Todavía, abuela.

—Bien —dijo la abuela, dejándome la taza—. Las buenas esperas se ven desde temprano.

—¿Y esto? —dije, señalando el plato que traía en la otra mano. Una rebanada de pastel, con glaseado blanco y un pedacito de fondant.

—Es del pastel de la boda —dijo la abuela—. El de mi nieta. El que se cortó perfecto. —Sonrió—. Sobró bastante, porque la novia se fue antes de tiempo. Pero el pastel quedó. Los pasteles, mijo, no saben de tragedias. Se hacen, se cortan y se comen. Y este, mira, está bueno.

Tomé la rebanada. La probé. El glaseado, el fondant, la receta de ella.

—Está bueno —dije, con la voz rara—. Está muy bueno.

—Ya sé —dijo la abuela, y se metió—. Todo lo que hace mi nieta está bueno. Ese es el problema para los que la dejan ir.

Me quedé un momento en el banco, con la taza vacía y el plato del pastel a un lado. El pueblo, a esa hora, ya olía a domingo: a pan, a café, a misa de diez.

Y de pronto supe lo que tenía que hacer.

La abuela me había dicho que esperara. Pero no me había dicho dónde. Y yo sabía dónde: la parada del mercado. La del primer día. La del elote partido en dos. La del "mañana yo te espero a ti. Y esta vez voy a llegar".

Me levanté del banco. Dejé la taza en la puerta de la abuela. Y caminé hasta la parada del mercado.

Me paré junto al poste, con las manos en los bolsillos, y esperé.

No sabía si iba a venir. No sabía si quería verme. Pero había prometido esperarla, y yo, que llevaba catorce años huyendo de las promesas, iba a cumplir esta.

El trato, el cuaderno, el contrato: todo eso ya no importaba.

Lo que importaba era si yo era capaz de esperar.

Y yo, que llevaba catorce años huyendo de las esperas, me paré en la parada del mercado, y empecé a esperar.