Capítulo 48 — Ya basta
No me dijo la abuela que él había llegado.
Lo supe por el silencio: el de la calle, que se quedó quieto, y el de la casa, que de pronto se puso alerta. Estaba en mi cuarto, con el vestido de madrina colgado en la puerta y la cara lavada, cuando oí la voz de la abuela, abajo, diciendo con calma:
—Está arriba, Mateo. Pero no le vengas con discursos. A mi nieta no le gustan los discursos.
—No vengo con discursos, abuela —dijo su voz, y el corazón me dio un vuelco.
—Pues entonces sube —dijo la abuela—. Y que Dios los ayude.
Oí sus pasos en la escalera. Los conté: doce. Se paró frente a la puerta. Y la abrió.
Mateo estaba ahí, con el traje de la boda, la corbata floja, los ojos rojos, como si también hubiera llorado.
—Valeria —dijo.
—No —dije, y me paré frente a él—. No empieces. No me digas "Valeria" con esa voz. No me digas que era de verdad. No me digas nada, Mateo, hasta que yo hable.
Se quedó callado. La puerta abierta, el pasillo, la casa de la abuela en silencio.
—Yo firmé el contrato —dije—. Yo lo escribí contigo, en la cocina, riéndonos. Yo soy tan culpable como tú. Eso lo sé. —Hice una pausa—. Pero tú, Mateo Del Valle, me debías una desde hace catorce años. Y hoy, delante de todo el pueblo, la cobré.
—Valeria…
—La cobré —dije, y mi voz se quebró—. En la prepa, me dejaste esperando en el atrio, con el vestido que me cosió mi mamá, y todo el pueblo me vio plantada.
Y hoy, en la boda de mi prima, con el vestido de madrina, todo el pueblo me vio plantada otra vez.
—Lo miré—. Dos veces, Mateo. Dos veces me has plantado delante de mi pueblo.
Y yo, que soy Montes, no pienso darte la oportunidad de que me plantes una tercera.
—No te voy a plantar —dijo él, con la voz rara—. Lo que te dije en el patio era de verdad. El beso era de verdad. Todo era de verdad.
—¿De verdad? —Me reí, sin humor—. ¿Como el baile fue de verdad? ¿Como la apuesta fue de verdad? Tú me invitaste por una apuesta, Mateo. Cien pesos y un caballo. ¿Y ahora me dices que es de verdad? —Sacudí la cabeza—. Yo no sé qué es verdad y qué es mentira contigo. Y eso, para mí, es lo peor.
—Te lo iba a decir todo —dijo él—. Esta noche. Iba a romper el cuaderno delante de ti. Iba a decirle a mi mamá, a tu tía, a todo el pueblo, que el trato se acabó, que esto es otra cosa. —Di un paso hacia mí—. No me diste tiempo.
—¿Que no te di tiempo? —Lo miré—. Te di cuatro días, Mateo.
Cuatro días de mercados, de pasteles, de ensayos, de besos.
Y en cuatro días, lo único que se te ocurrió fue escribir un mensaje que no mandaste, y un discurso que no dijiste, y una confesión que llegó diez minutos tarde, cuando tu tía ya había gritado todo delante del pueblo.
—Mi voz se rompió—. Eso no es querer, Mateo.
Eso es tener miedo. Y yo ya estoy harta de esperar a que la gente deje de tener miedo por mí.
Se quedó callado. La puerta, el pasillo, la casa en silencio.
—¿Y si te digo que estoy dejando de tener miedo ahora? —dijo, al fin, con la voz apenas un hilo.
—Entonces me lo dices mañana —dije—. Me lo dices pasado. Me lo dices cuando ya no sea un trato, cuando ya no haya cuaderno, cuando ya no haya nada que esconder. —Lo miré—. Pero no hoy. Hoy, Mateo, ya basta.
La frase se quedó flotando. Ya basta.
—Y no me digas que lo ibas a romper esta noche —dije, porque lo vi abrir la boca—.
No me digas que tenías un plan, porque yo también tenía un plan, Mateo.
Yo también iba a esperar a mañana. Yo también iba a decirte que esto, lo nuestro, ya no era un trato.
—Mi voz se quebró—. Pero tu tía no esperó.
Tu tía gritó. Y ahora el pueblo entero sabe que la madrina de la boda de mi prima era una mentira, y que yo, Valeria Montes, la que nunca miente, andaba firmando contratos de novios de mentiras.
—Lo miré—. Eso ya no se arregla con discursos.
Eso se arregla, si se arregla, con tiempo.
—¿Y tú tienes tiempo? —dijo él.
—Ahora sí —dije—. Ahora tengo todo el tiempo del mundo. Porque ya no tengo nada que fingir.
Las Montes no lloran por los Del Valle —dije, y la voz se me quebró, y las lágrimas, las que había estado aguantando, se me vinieron encima—. Las Montes no lloran por los Del Valle. Pero mira, Mateo. Mira cómo estoy llorando.
Y lloré. Ahí, parada frente a él, con la casa de la abuela en silencio y el pueblo entero sabiendo, ya, que la madrina de la boda había sido una mentira.
Mateo dio un paso. Yo levanté la mano.
—No —dije—. No me toques. Si me tocas, no voy a poder terminar de decirte esto.
—Me sequé la cara con el dorso de la mano—.
El trato se acabó, Mateo. El contrato lo tiene tu tía, y el pueblo entero sabe la historia, y ya no hay nada que fingir.
—Hice una pausa—. Y lo que siento, lo que sea que siento, no lo voy a decidir hoy.
No delante de ti. No con el coraje de la noche.
—¿Y mañana? —dijo él, con la voz rara—. ¿Mañana puedo venir?
—Mañana —dije, y la puerta se cerró, y lo dejé parado en el pasillo—. Mañana veremos.
Cerré la puerta. Me quedé con la espalda contra la madera, escuchando sus pasos bajar la escalera, uno, dos, tres, hasta la puerta de la calle.
No se detuvo. No volvió. Solo bajó, y abrió la puerta, y la calle se lo tragó.
Y cuando la puerta de abajo se cerró, me dejé caer al suelo, con el vestido de madrina en la percha y la casa en silencio, y lloré.
Lloré por la prepa. Por el atrio. Por la banca del kiosco. Por el pastel, y el glaseado, y el pan de muerto. Por el beso de las tres de la mañana, y el de la fuente, y por todo lo que había sido de verdad y que ya no sabía si era de verdad.
Y la abuela, desde abajo, sin subir, sin tocar la puerta, dijo con su voz de siempre, la del café y la buganvilia:
—Ya, mija. Ya lloraste. Ahora duerme.
—No puedo dormir, abuela.
—Pues duerme de todas formas —dijo la abuela—. Mañana, con el día claro, las Montes decidimos.
Y yo, sentada en el suelo de mi cuarto, con la cara mojada y el corazón hecho pedazos, supe que tenía razón.
Mañana, con el día claro, iba a decidir.
Pero esa noche, el pueblo entero ya sabía que la señorita Montes había vuelto a esperar a un Del Valle.
Y que el Del Valle, otra vez, no había llegado a tiempo.