Capítulo 47 — La calle
Salí del salón sin ver nada.
Bueno, no es cierto: vi todo. Vi las caras.
Vi a la señora de la farmacia con la boca abierta.
Vi a Paulina, blanca, con el ramo en las manos, sin saber si correr detrás de mí o quedarse con su boda.
Vi a Camila Del Valle, con la copa a medio levantar, mirándome con una cara que nunca le había visto: la cara de la que entiende, de golpe, que el brindis de su hijo había sido para una actriz.
Vi el cuaderno en las manos de Chole.
Mi cuaderno. El del contrato. El de las reglas que yo misma escribí con él, hace cuatro días, en la cocina de la tienda, riéndonos de lo ridículo que era todo.
Vi todo eso en un segundo. Y salí.
La calle del salón La Hacienda estaba vacía. Los faroles encendidos, los coches estacionados, las latas del carro de los novios todavía colgando. Caminé sin saber a dónde, con el vestido de madrina rozando el suelo, con las manos apretadas y la garganta cerrada.
Pasé por la tienda de Don Aurelio, cerrada. Por la papelería de don Román, cerrada. Por el puesto de tacos, donde el señor de la plancha me vio pasar y no me dijo nada, porque en el pueblo las noticias corren más rápido que los pies.
—¿Va bien, señorita? —dijo, de todas formas.
—Va bien —dije, y seguí caminando, con la mentira más grande de la noche.
Caminé hasta la plaza. La plaza del kiosco. La banca donde le di la mitad de mi elote. La banca donde me besó, hace una noche, y donde yo, tonta, creí que todo podía ser de verdad.
Me senté en la banca. La luna, el kiosco, el pueblo dormido.
Y entonces me reí.
Me reí, sola, en la banca del kiosco, con el vestido de madrina y la cara mojada, porque era tan ridículo.
Porque yo, Valeria Montes, la que nunca había mentido, la que presumía de leer a la gente, había firmado un contrato de novios de mentiras en un cuaderno de recetas, y había terminado creyéndose su propia mentira.
—Tonta —me dije, en voz alta, en la plaza vacía—. Tonta, tonta, tonta.
—No estás tonta, hija —dijo una voz.
La abuela. Sentada a mi lado, sin que la oyera llegar, con el chal y la cara tranquila, como si hubiera estado esperándome ahí desde siempre.
—¿Desde cuándo está aquí, abuela?
—Desde que te vi salir del salón —dijo—. Las abuelas no corren, hija. Las abuelas ya sabemos a dónde van a parar los nietos. —Sonrió—. Tú siempre terminabas en esta banca. Desde chiquita, cuando te enojabas con tu mamá, aquí venías.
—¿Y nunca me siguió?
—Nunca hizo falta. —Me tomó la mano—. Aquí estabas. Y aquí te encuentro.
—¿Sabe qué me duele más, abuela? —dije, al fin—.
No que Chole haya gritado. No que el pueblo se haya enterado.
—Me sequé la cara—. Me duele que tenía razón.
Que yo, la que nunca miente, estaba mintiendo.
Que el cuaderno era de verdad, que el trato era de verdad, y que todo el mundo, ahora, tiene derecho a decir que yo me lo busqué.
—Y qué —dijo la abuela.
—¿Cómo que "y qué"?
—Y qué —repitió la abuela—. Mija, todo el mundo tiene derecho a decir lo que quiera.
El pueblo siempre va a hablar. El pueblo habló cuando me casé con tu abuelo, y habló cuando tu mamá se divorció, y habló cuando tú te fuiste a la ciudad a estudiar.
—Me miró—. ¿Y sabes qué pasó? El pueblo siguió hablando, y nosotros seguimos viviendo.
—Apretó mi mano—. Las Montes no vivimos para el pueblo, hija. Las Montes vivimos para nosotras.
—¿Y si me equivoqué, abuela? ¿Y si lo del trato fue un error?
—Pues fue un error —dijo la abuela—. Y los errores se pagan, o se arreglan, o se dejan ir. —Sonrió—. Tú decides cuál de las tres, hija. Pero no lo decidas esta noche. Esta noche, solo respira.
—Abuela —dije, y la voz se me quebró—. Oyó todo. Todo el pueblo oyó todo.
—Todo el pueblo oye todo, hija —dijo la abuela, con calma—. Eso no es nuevo. El pueblo siempre oye todo. —Me tomó la mano—. Lo nuevo es que tú no tienes que esconderte más.
—¿Cómo que no tengo que esconderme?
—La mentira —dijo la abuela—. La que llevabas cargando. Se acabó. Ya no tienes que fingir. Ya no tienes que ser la novia perfecta, ni la madrina perfecta, ni nada de nada. —Me miró—. Ya solo eres Valeria, sentada en una banca, llorando. Y eso, mija, es más de lo que has sido en cuatro días.
Me quedé callada. La luna, la plaza, la mano de la abuela en la mía.
—¿Y Mateo? —dije, al fin.
—Mateo se quedó en el salón —dijo la abuela—. Con tu tía Chole, con el cuaderno, con el desastre. —Hizo una pausa—. Y va a venir. Porque los hombres como él, cuando se equivocan de verdad, vienen. La pregunta es si tú vas a estar aquí cuando llegue.
—No sé, abuela. —Me sequé la cara—. No sé si quiero estar.
—Pues no lo decidas ahora —dijo la abuela—.
Ahora, mija, ahora solo respira. Mañana, con el día claro, decides.
—Se levantó—. Vamos. Te llevo a la casa.
Te hago un té. Y mañana, lo que sea que decidas, lo decides con la cabeza fría y el estómago lleno.
—Sonrió—. Las Montes no tomamos decisiones con el estómago vacío.
—Abuela.
—¿Mija?
—¿Usted cree que fue todo mentira? —La miré—. ¿Lo de Mateo? ¿Todo?
La abuela se quedó un momento en silencio. La plaza, la luna, el kiosco.
—Yo vi cómo te miró en el ensayo, mija —dijo, al fin—.
Y esa mirada, la de la iglesia, no se ensaya.
Yo la conozco: es la misma con la que tu abuelo me miró a mí, hace cincuenta años, cuando todo el pueblo decía que yo estaba loca.
—Sonrió—. Y mira, mija. Cincuenta años después, sigo aquí, sentada en una plaza, contándote esa historia.
—¿Y qué hago?
—Eso lo decides tú —dijo la abuela—. Pero no lo decidas con coraje. Decídelo con calma. El coraje, mija, es un mal consejero. Y el amor, cuando es de verdad, espera.
Y me tomó de la mano, y me levantó de la banca, y caminamos las dos por la calle vacía, con la luna encima y el pueblo dormido.
Pasamos por la tienda de Don Aurelio, por la papelería de don Román, por la casa de la señora de la farmacia, con las luces apagadas y los perros callados.
El pueblo entero estaba en el salón, en la boda, viendo el drama.
Y nosotras, las dos Montes, caminábamos por la calle vacía, como si el mundo nos perteneciera.
—Mañana —dijo la abuela, cuando llegamos al portón—, va a venir. Y tú vas a tener que decidir.
—¿Y si no decido?
—Entonces él va a decidir por ti —dijo la abuela—. Y eso, mija, es lo único que no te puedes permitir., con el vestido de madrina y el chal, con el pueblo dormido y la boda de Paulina sonando a lo lejos, como si nada hubiera pasado.
Pero algo había pasado.
Y yo, por primera vez en cuatro días, no sabía qué iba a hacer con lo que sentía.