Novio de mentiras Capítulo 46 — El grito
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Capítulo 46 — El grito

Volvimos al salón tomados de la mano.

Fue un gesto pequeño, el de las manos, pero para mí fue enorme: era la primera vez que nos tomábamos de la mano sin que nadie nos viera fingir. Era la primera vez que la mano de Valeria en la mía no era parte del contrato.

El mariachi tocaba. La gente bailaba. La mesa de los novios estaba llena de risas.

Y entonces, en el centro del salón, con la copa en la mano y la cara que no le conocía, mi tía Chole se subió a una silla.

—¡Atención! —gritó, con la voz que se oyó en todo el salón—. ¡Atención, por favor!

El mariachi se detuvo. Las parejas dejaron de bailar. Doscientas personas se volvieron hacia la silla, hacia Chole, que se quedó un segundo parada ahí, con la copa en la mano, respirando, como quien junta valor.

—Quiero decir unas palabras —dijo—. Como tía de la novia. Como la que vio a esta familia sufrir, y reír, y trabajar. —Me miró. Directo a mí. Y luego miró a Valeria—. Y como la que, hace una hora, oyó algo que no debía oír.

El salón se quedó en silencio. El silencio de los que huelen el drama.

—Tía —dijo Paulina, desde la mesa—. ¿Qué estás haciendo?

—Déjame, Paulina —dijo Chole, sin mirarla—. Esto lo tengo que decir. Por ti. Por la familia. Porque no voy a dejar que se burlen de nosotros.

Y entonces sacó del delantal un cuaderno.

El cuaderno de recetas. El mío. El del contrato.

—¿Reconocen esto? —dijo Chole, levantándolo—. Es un cuaderno de recetas. Lo encontré en el cuarto de Valeria, hace una hora, cuando fui a buscar el hielo a la casa. —Hizo una pausa—. Y no tiene recetas. Tiene esto.

Abrió el cuaderno. Y leyó, con la voz clara, para que todo el pueblo la oyera:

—"Contrato de novios de mentiras. Regla número uno: cero contacto físico. Regla número dos: cero apodos. Regla número tres: cero citas de verdad. Fecha de caducidad: domingo, ocho de la mañana." —Levantó la vista—. ¿Lo oyen? ¡Es un contrato! ¡Novios de mentiras! ¡Todo esto es un trato!

El salón entero se quedó congelado.

Las señoras de las mesas de atrás se llevaron la mano a la boca.

El señor de la tortillería se quedó con la torta a medio comer.

La señora de la farmacia me miró, a mí, con una cara que nunca le había visto: la cara de la que se siente estafada.

Y mi mamá —mi mamá, que había brindado por ella, que le había dado dos besos en la puerta de la hacienda— se quedó sentada, con la copa en la mano, mirándome sin parpadear, como si yo fuera un desconocido.

—¡Mentira! —grité, y mi voz sonó rara, como si no fuera mía—. ¡Eso era al principio! ¡Eso era el trato, pero ya no es el trato!

—¿Ah, no? —Chole me miró, con los ojos encendidos—.

¿Entonces por qué tienes un contrato con reglas, Del Valle?

¿Por qué mi sobrina, la que nunca ha mentido en su vida, anda con un cuaderno de "novios de mentiras"?

—Y a Valeria—: ¿Ves, mija? ¿Ves lo que te dije?

¡Te está usando! ¡Te está usando para su familia, para su apuesta!

—¿Apuesta? —dijo alguien, en el fondo.

—¡Apuesta! —repitió Chole—. ¡Como en la prepa! ¡Como el baile de la prepa, cuando la dejó plantada! ¡Los Del Valle son así! ¡Malos pagadores! ¡Apuestan, y usan, y se van!

—¡Tía, ya! —gritó Valeria, y su voz se cortó en el grito.

La miré. Estaba parada a mi lado, blanca, con las manos apretadas, mirando el cuaderno en las manos de Chole como quien mira un accidente.

—Chole —dijo la abuela, desde su mesa, con una voz que no le había oído nunca, una voz de piedra—. Bájate de esa silla.

—¡Mamá, usted no sabe! —dijo Chole—. ¡Yo los oí! ¡En el jardín! ¡Hablando del contrato, del trato, de que se acaba el domingo! —Y a Valeria—: ¡Mija, te está usando! ¡Te está usando y te va a dejar, como te dejó en la prepa, y yo no voy a dejar que te haga esto otra vez!

El salón entero miraba. Doscientas personas.

Las cámaras de los celulares. El mariachi, parado, con los instrumentos colgando.

La torta del señor de la tortillería, olvidada en su plato.

Paulina, de pie junto a la mesa de los novios, con la mano de Emilio en la suya, sin saber si correr hacia mí o quedarse con su boda.

Y Valeria, parada en medio de todo, con la cara blanca y los ojos brillosos, mirando el cuaderno, mirando a Chole, mirándome a mí.

Vi cómo le temblaban las manos. Vi cómo apretaba la boca para no llorar. Vi cómo, por un segundo, sus ojos me buscaron, como si yo tuviera la respuesta, como si yo pudiera arreglarlo todo con una palabra.

Y yo, que llevaba cuatro días fingiendo ser su novio, no encontré la palabra.

—¿Es cierto? —dijo, en voz baja. Tan baja que casi no se oyó—. ¿Todavía tienes el cuaderno?

—Valeria, yo… —empecé.

—¿Todavía tienes el cuaderno? —repitió, y su voz se quebró—. ¿Con las reglas? ¿El contrato?

—Lo tenía guardado —dije—. Lo iba a romper. Esta noche. Te lo iba a mostrar y lo íbamos a romper juntos. —Di un paso—. Valeria, lo que te dije en el patio, hace diez minutos, era de verdad. Todo era de verdad.

—¿De verdad? —dijo Chole, desde la silla, con el cuaderno en la mano—. ¿Como el baile de la prepa fue de verdad? ¿Como la apuesta fue de verdad? —Me miró—. Tú no sabes querer, Del Valle. Tú solo sabes apostar.

—¡Ya basta! —gritó Valeria.

Y el silencio se hizo total.

Valeria se quedó parada en el centro del salón, con los puños apretados, la cara blanca, los ojos llenos. Miró a Chole. Miró el cuaderno. Me miró a mí.

Y entonces, sin decir una palabra, se dio la vuelta, y caminó hacia la puerta, con el vestido de madrina arrastrando, y salió del salón, y la puerta se cerró detrás de ella, y el silencio se quedó ahí, enorme, en medio de la boda de mi hermano.

—¡Valeria! —grité, y fui detrás de ella.

—¡Déjala! —gritó Chole, desde la silla—. ¡Déjala, Del Valle! ¡Ya le hiciste suficiente!

—¡Tía, por favor! —gritó Paulina, y su voz se quebró—. ¡Es mi boda! ¡No conviertas mi boda en esto!

Pero Chole ya no oía a nadie. Ya no era la Chole de los chistes. Era la Chole de las verdades, la que una vez destapó al marido de la señora de la farmacia, la que no soltaba una presa cuando la tenía.

Y yo, parado en la puerta del salón, con doscientas personas mirándome, el cuaderno en las manos de Chole y el corazón en la boca, no supe si ir detrás de ella o quedarme a arreglar el desastre.

Y en la duda, se me fue.

Las dos cosas se me fueron.

Y el pueblo entero, el que nos había casado con sus miradas, nos vio morir en vivo, en la boda de mi hermano, con el pastel de tres pisos brillando en la mesa como una burla.