Novio de mentiras Capítulo 45 — La confesión
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Capítulo 45 — La confesión

La encontré en el patio, parada frente a la fuente apagada, con las manos cruzadas y la cara de quien acaba de tomar una decisión.

—Valeria —dije, acercándome.

—Mateo. —Se volvió—. Justo iba a buscarte. Tengo que decirte algo.

—Yo también. —Me paré frente a ella—. Déjame hablar primero. Por favor. Porque si no lo digo ahora, no lo voy a decir nunca.

Ella me miró. Y asintió, despacio.

—Tienes catorce años de atraso —dijo, con una sonrisa rara—. Habla.

Respiré hondo. Y lo dije. Todo.

—Lo del baile —dije—. Lo de la prepa. La historia que te contó el pueblo es verdad: no fui, te dejé esperando en el atrio, y llevo catorce años cargando con eso. Pero lo que no te contaron es que te invité por una apuesta.

Se quedó quieta. La fuente, la noche, sus ojos fijos en mí.

—¿Una apuesta? —dijo.

—Los Rojas —dije—. Cien pesos y el caballo de mi papá.

Aposté a que tú me aceptabas, y eso fue lo que me dio valor para invitarte.

No el valor de verdad. La apuesta. —La miré—.

Y cuando dijiste que sí, me sentí el hombre más afortunado del pueblo.

—Mi voz se quebró—. Y esa noche, en el portal, con las cervezas abiertas y tu vestido a lo lejos, me dio tanto miedo arruinar lo que sentía que no crucé.

Me quedé parado ahí, con los Rojas, viendo tu vestido a lo lejos, y no crucé.

—¿Y por qué no cruzaste? —dijo ella, con la voz rara—. Si tanto querías…

—Porque no sabía qué hacer con algo de verdad —dije—.

Yo no sabía querer, Valeria. Yo sabía planear, y construir, y cumplir contratos.

Pero lo tuyo no era un contrato. Era otra cosa.

Y me dio miedo. —La miré—. El mismo miedo que me dio el jueves, cuando te vi en la tienda, y que me dio el viernes, en la cocina, y que me da ahora mismo, aquí, diciéndotelo.

—¿Y ahora qué te da más miedo?

—Perderte otra vez —dije—. Perderte por no haber hablado a tiempo. Perderte como te perdí en la prepa, no por falta de ganas, sino por sobra de miedo. —La miré—. Esta vez no quiero que sea por eso.

—Que me digas que no —dije—. Que me digas que el contrato es el contrato, y que el domingo te vas, y que yo me quedo con la duda. —Hice una pausa—. Eso, Valeria, me da más miedo que todo lo demás.

—Mateo…

—Déjame terminar —dije—. Porque esto lo llevo guardado catorce años.

—Respiré—. No fui por mi papá. No fui por un plan.

Fui por cobarde. Porque tú eras demasiado de verdad para mí, y yo no sabía qué hacer con algo de verdad.

—Me acerqué—. Y entonces llegó el contrato.

El trato. La libreta ridícula. Y de pronto estaba en tu pueblo, en tu cocina, y me diste la mitad de tu elote, y me enseñaste a amasar el fondant, y me dejaste ver tu cocina, y yo, Valeria, dejé de pensar en el contrato.

—Hice una pausa—. El vestido azul, el de la prepa, el que tu mamá te cosió, el que vi a lo lejos esa noche…

no se me ha ido de la cabeza en catorce años.

Y ahora, el vestido que traes puesto, este, el de hoy, tampoco se me va a ir.

—Mateo —dijo ella, con la voz apenas un hilo.

—No quiero que se acabe —dije—. Eso es todo lo que sé decir. No quiero que se acabe el domingo. No quiero que te vayas. No quiero que esto vuelva a ser un trato. —La miré—. Yo ya no sé qué somos. Pero sé que no quiero que se acabe.

Se quedó callada. La fuente apagada, la luna, el ruido lejano del salón.

—Yo iba a decirte lo mismo —dijo, al fin, con la voz mojada—.

La abuela me contó lo de mi abuelo. Me dijo que el amor no pregunta cómo empezó.

Que pregunta cómo sigue. —Sonrió, con una sonrisa que se le escapaba—.

Y yo, parada aquí, pensando en ti, me di cuenta de que a mí no me importa cómo empezó esto. Me importa cómo sigue.

—¿Y cómo sigue?

—Sigue —dijo ella—. Sigue, Mateo. Si tú quieres. —Sonrió, con esa sonrisa que se le escapaba—. La abuela dice que el amor no pregunta cómo empezó. Pues este empezó con un contrato ridículo en un cuaderno de recetas. —Hizo una pausa—. Y aun así, mira nomás cómo sigue.

—¿Y si te digo que llevo catorce años queriendo?

—Te diría que llegas tarde. —Se rió, con una risa mojada—. Pero que llegas.

Y entonces me besó.

O yo la besé. No sé. Otra vez no supe quién se movió primero.

Pero esta vez no hubo teléfono que sonara, ni Diego, ni nada que se interpusiera.

Esta vez, el mundo entero se quedó quieto, y solo estuvimos nosotros, en el patio del salón, con la fuente apagada y la luna.

Otra vez no supe quién se movió primero.

Solo sé que de pronto estábamos besándonos en el patio del salón, con la fuente apagada y la luna y la boda de mi hermano sonando de fondo, y que el beso supo a catorce años de espera, a elote compartido, a fondant, a pan de muerto, a todo lo que habíamos hecho sin saber que estábamos haciendo.

Nos separamos, despacio, con la respiración revuelta.

—Mañana —dijo ella—. Mañana se lo decimos a todos. A mi tía Chole. A tu mamá. Al pueblo entero. —Me tomó las manos—. Que esto ya no es un trato. Que es esto. —Señaló el espacio entre los dos—. Lo que sea que sea esto.

—¿Y si el pueblo se ríe?

—Que se ría. —Sonrió—. El pueblo ya nos casó, Mateo. La señora de la farmacia ya nos casó. Lo único que falta es que nosotros nos demos cuenta.

Y me besó otra vez, y yo la abracé, y por un momento, el mundo entero cupo en el patio del salón La Hacienda, con la fuente apagada y la luna.

—¿Y ahora? —dijo ella, con la cara pegada a mi pecho. —¿Y si alguien nos vio?

—Que nos vean —dije—. Ya no tengo nada que esconder. —La abracé—. Y tú tampoco.

—¿Y si alguien nos ve mañana, en la parada del mercado, y nos pregunta qué somos?

—Entonces le decimos la verdad —dije—. Que somos lo que sea que esto sea. —La miré—. Y que no tiene nombre todavía. Pero que lo va a tener.

—Ahora —dije—, ahora volvemos al salón. Y bailamos. Y nos comemos el pastel de Paulina. Y mañana, con el día claro, se lo decimos a todos.

—¿Y tu mamá?

—Mi mamá va a tener que aceptarlo. —La abracé más fuerte—. Es una Del Valle. Está en tratamiento.

Se rió, contra mi pecho, y yo sentí la risa, y el mundo, y la noche, y la certeza de que, por primera vez en catorce años, no tenía miedo de lo que venía.

No sabía que lo que venía, venía con la cara de mi tía Chole, con los ojos llenos de coraje, parada en la puerta del salón, mirándonos.

Pero eso fue después.

Esa noche, por un momento, todo fue perfecto.