Capítulo 44 — Lo que la abuela sabía
Volví a la fiesta con las manos frías y la cabeza llena de ruido.
Mateo me vio llegar y se acercó, con la cara de preguntar sin preguntar.
—La abuela sabe —dije, en voz baja, sin mirarlo—. Sabe lo del trato. Desde el viernes.
—¿Qué?
—Desde el patio. La cortina. Oí todo —dije—. Y no me regañó. Me preguntó si era de verdad o un trato. —Lo miré—. Y le dije que ya no sé.
Mateo se quedó callado. El salón, las luces, el mariachi de fondo.
—Yo tampoco sé —dijo, al fin—. Pero ya no quiero que sea un trato.
—No digas eso aquí.
—Lo digo donde sea. —Me miró—. Lo digo donde sea, Valeria.
Y fue entonces cuando la abuela volvió a aparecer, con su chal y su paso lento, y me tocó el hombro.
—Mija —dijo—. Otra vez yo. —Y a Mateo, con esa calma suya—: Usted me perdona, Mateo. Pero a mi nieta la necesito un momento.
—Claro, abuela —dijo él, y la abuela me llevó por el pasillo de atrás, otra vez, hasta el patio del salón, donde la fuente apagada y las sillas de fierro esperaban en silencio.
Nos sentamos frente a frente. La noche, la luna, el ruido lejano de la fiesta.
—No te voy a regañar —dijo la abuela, de entrada—. Eso ya lo dije. Y no te voy a dar consejos de abuela, de los de "ya verás que todo pasa". —Me miró—. Te voy a contar una historia. Y tú me dices qué haces con ella.
Asentí. La abuela se arregló el chal y empezó.
—Tu abuelo llegó de Jalisco con una deuda y una promesa —dijo—.
La deuda era de su papá, que se murió sin pagar.
La promesa era que él la iba a pagar, una por una, con su trabajo.
—Sonrió—. Llegó al pueblo con una caja de herramientas y los zapatos rotos.
Y yo, que era la hija del dueño de la tienda de la esquina, lo vi un día, parado enfrente, mirando el local como quien mira un sueño.
—¿Y qué pasó?
—Me casé con él. A los tres meses. Todo el pueblo dijo que estaba loca, que me casaba con un deudor, que mi papá me iba a desheredar.
—Se rió, bajito—. Y mi papá me desheredó, hija.
De verdad me desheredó. Y tu abuelo, con su caja de herramientas, me hizo una casa con sus manos, y yo le enseñé a hacer pan, y él me enseñó a no tener miedo.
—Hizo una pausa—. La tienda la levantamos juntos.
La que ahora está cerrada en la esquina de mi casa. La que tú quieres para tu repostería.
—¿Usted sabía que yo quiero la tienda?
—Mija —dijo la abuela, con una sonrisa—.
Yo sé desde que tenías doce años que quieres esa tienda.
Lo sé por cómo la miras cada vez que pasamos.
Lo sé por cómo le cuentas a todo el mundo la receta del pan de muerto.
Lo sé porque eres mi nieta, y las nietas no les esconden nada a las abuelas, aunque crean que sí.
Me quedé callada. La noche, el patio, la abuela.
—¿Y nunca me dijo nada? —pregunté.
—¿Para qué? —dijo la abuela—. Los sueños, hija, no se empujan. Se esperan. Y tú, cuando estés lista, vas a entrar a esa tienda y le vas a poner tu nombre al letrero. Eso lo sé tan seguro como que el sol sale mañana.
Me quedé callada. Nunca había oído esa historia. Nunca.
—Y luego —siguió la abuela—, vino lo de la tienda.
Tu abuelo me escondió que perdía dinero.
Me enteré hasta que quebró la mitad del inventario, y yo, que había construido todo con él, me enteré por un proveedor, no por su boca.
—Me miró—. Esa fue la única vez que le vi la cara de culpa, hija.
La cara del que sabe que la mentira se le va a caer.
—¿Y qué hiciste, abuela?
—Lo que se hace con las deudas —dijo—. Las cobré.
—Sonrió, con una sonrisa que se le fue a otro lado—.
No con dinero. Con paciencia. Lo ayudé a levantar la tienda, y nunca más me escondió nada.
Y cuando se murió, hija, me dejó la tienda pagada, la casa pagada, y una hija que me visita cada semana.
—Hizo una pausa—. Las mentiras son deudas, hija.
Se cobran solas. Pero el amor también se cobra: con paciencia.
—¿Y por qué me cuentas esto, abuela?
—Porque te quiero —dijo la abuela, con una sencillez que me desarmó—.
Y porque las historias de las abuelas no se cuentan por gusto, mija.
Se cuentan cuando la nieta está a punto de cometer el mismo error, o el error contrario.
—Me miró—. Tú estás a punto de dejar ir a alguien por miedo, o de quedarte con alguien por miedo.
Y yo no quiero que hagas ninguna de las dos por la razón equivocada.
—Porque tú tienes una deuda con el Del Valle —dijo la abuela—. Desde el baile de la prepa, hace catorce años. Él te debe una. Y ahora, con esto del trato, se está cobrando. —Me miró—. Pero tú, mija, también le debes algo: la verdad de lo que sientes. Y esa, esa deuda, solo se cobra de frente.
—¿Y si lo que siento no es verdad?
—¿Y si lo es? —La abuela se inclinó—. Mira, mija. Yo no sé si ese muchacho te quiere de verdad. Pero sé cómo te mira. Y sé cómo lo miras tú. —Sonrió—. Y el amor, mija, no pregunta cómo empezó. Pregunta cómo sigue.
La frase me quedó flotando. El amor no pregunta cómo empezó. Pregunta cómo sigue.
—Y no me digas que es un trato —dijo la abuela, levantándose—. Porque yo conozco los tratos, mija. Yo vi cómo empezó el mío: con un deudor y una hija del dueño de la tienda. Y mira nomás cómo siguió.
Se arregló el chal. Me miró, con esa mirada suya de la que lo ha visto todo.
—Ahora, dime una cosa —dijo—: ¿Ya comiste?
—Abuela…
—No te me hagas la que no. —Sonrió—. Con el puro susto de la boda, y la fiesta, y tu tía Chole con sus caras, seguro no has comido nada. Anda, entra, que la torta de la mesa de atrás está buena, y tu prima no se va a casar dos veces.
—¿Y Mateo?
—Mateo —dijo la abuela, con una sonrisa que no supe leer—. Mateo ya veremos, mija. Mateo va a tener que esperar como esperaste tú en el atrio. —Hizo una pausa—. Es lo justo.
Y entró al salón, con su chal y su paso lento, dejándome en el patio, con la fuente apagada, la luna y la frase dando vueltas.
El amor no pregunta cómo empezó. Pregunta cómo sigue.
Y yo, parada en el patio del salón La Hacienda, con la boda de mi prima sonando de fondo, entendí, por fin, lo que tenía que hacer.
Tenía que encontrar a Mateo.
Y tenía que decirle, antes de que fuera tarde, que el trato ya no era un trato.
Que era otra cosa.
Que era, desde la banca del kiosco, la cosa más real que me había pasado en catorce años.