Capítulo 43 — La calma de Chole
Volvimos al salón con el corazón en la boca, esperando el desastre.
Y no había desastre.
Chole estaba en su mesa, riéndose con la señora de la farmacia, con la copa en la mano y la cara de siempre, la de los chistes, la del "qué oso". Nos vio entrar y no pasó nada: nos miró, levantó la copa, y siguió platicando, como si en el jardín no hubiera pasado nada.
—¿La ves? —dijo Mateo, a mi lado, en voz baja—. Está riendo.
—Eso es lo que me da miedo —dije—. Cuando mi tía Chole se ríe de más, es porque está cocinando algo.
—¿Y qué cocina?
—No sé. —Lo miré—. Pero con Chole nunca es pan.
Pasamos la siguiente media hora en modo vigilancia: Mateo siguiendo a Chole con la mirada, yo disimulando, los dos fingiendo que bailábamos y platicábamos con la gente mientras Chole, la reina del chisme, la que había destapado medio pueblo con sus comentarios, se paseaba por el salón con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
La vi hablar con la señora de la caja. Las dos miraron hacia nuestra mesa. La señora de la caja se rió. Chole no.
La vi hablar con el señor de la tortillería. El señor de la tortillería miró hacia nosotros, y luego miró a Chole, y luego se encogió de hombros, como quien no entiende nada.
La vi hablar con mi mamá.
Ahí sí me asusté de verdad. Mi mamá, sentada en la mesa de las Montes, con su vestido oscuro de fiesta, escuchando a Chole con la cara seria, y Chole hablándole al oído, con la mano tapándose la boca, como hacen las que cuentan un secreto.
—Mateo —dije, y le apreté el brazo—. Chole le está contando algo a mi mamá.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que se acabó —dije—. Cuando Chole le cuenta un secreto a mi mamá tapándose la boca, es porque ya lo sabe todo el mundo menos yo.
Pero mi mamá no me miró raro cuando pasé por su mesa. Al contrario: me sonrió, me tomó la mano, y me dijo que el vestido me quedaba precioso y que Paulina estaba feliz y que el pastel estaba divino.
—¿Y qué te contó Chole? —pregunté, con la voz lo más casual que pude.
—¿Chole? —Mi mamá se rió—. Chole me contó que el mariachi le coqueteó a la señora de la farmacia. Ya sabes cómo es tu tía: le encanta el chisme. —Me apretó la mano—. No te preocupes, mija. Tu tía siempre está inventando cosas.
—¿Inventando?
—Inventando. —Y me sonrió, con esa sonrisa de las mamás que no quieren que sus hijas se preocupen.
No me convenció. Pero no pude hacer nada más.
Y mientras tanto, Chole seguía su gira por el salón: la vi hablar con el señor de la tortillería, con la señora de la caja, con la prima de Paulina que vino de Guadalajara.
A cada una le hablaba al oído, con la mano tapándose la boca, y cada una, después, miraba hacia nuestra mesa con una cara distinta: la de la que acaba de enterarse de algo gordo.
Ninguna se acercó a preguntarme nada. Ninguna me miró raro a los ojos. Pero todas, todas, me miraron.
—Es el chisme más sabroso de la noche —murmuró Mateo, a mi lado—. Tu tía lo está sirviendo como postre.
—No es chisme —dije—. Es lo que oyó. Es la verdad. —Lo miré—. Y la verdad, Mateo, cuando la cuenta Chole, no vuelve a ser un secreto nunca más.
—¿Y qué hacemos?
—No sé —dije—. Rezar para que solo sea el chisme del mariachi. —Sonreí, sin ganas—. Es lo único que nos queda.
—¿Y si rezar no alcanza? —dijo Mateo.
—Entonces rezamos más fuerte. —Lo miré—. O nos preparamos para lo que viene.
—¿Y qué viene?
—No sé —dije—. Pero con Chole, siempre viene.
La fiesta siguió. El mariachi tocó, la gente bailó, Paulina y Emilio cortaron el pastel —que salió perfecto, otra vez, y el pueblo aplaudió, y yo sentí, por un segundo, que tal vez, tal vez, Chole no había oído nada, que había sido el susto, que todo iba a estar bien.
Y entonces la abuela me tocó el hombro.
Estaba parada detrás de mí, con su chal y su sonrisa de siempre, pero con una cara que yo le conocía: la de las cosas serias.
—Mija —dijo—. Anda, ven. Vamos a la cocina. Tú y yo tenemos que hablar.
—¿Ahora, abuela?
—Ahora. —Y me tomó de la mano, con esa mano suya que no soltaba—. Antes de que empiece lo que va a empezar.
—¿Y qué va a empezar?
La abuela no contestó. Me llevó por el pasillo de atrás, entre las cajas de refresco y las ollas, hasta la cocina del salón, donde el personal guardaba los trastes, y me sentó en una silla de plástico, frente a la mesa de metal, y se sentó enfrente de mí.
—Abuela, ¿qué pasa? —dije, con el corazón a mil.
La abuela me miró. Un rato largo. Con esa mirada suya que pesaba, la de la que lo ha visto todo.
—Mija —dijo, al fin, con la voz tranquila, la de siempre, la del café y la buganvilia—. Yo sé lo del trato.
El mundo se detuvo.
—Yo lo sé desde el viernes, mija —dijo—.
Desde el patio, cuando ustedes dos hablaban de contratos y de domingos, y yo, desde mi ventana, con mi café, oí todo.
—Sonrió, con una sonrisa que no era de burla—.
Dije que no oía nada, porque así soy: yo no oigo lo que no me toca oír. Pero esto, mija, esto sí me tocaba.
—Abuela, yo… —empecé, y la voz se me quebró.
—Cállate, mija —dijo la abuela, tomándome las manos—. No me vengas con disculpas. Yo no te estoy regañando. Yo lo que quiero saber es una cosa.
—¿Qué cosa?
—Si es de verdad o es un trato.
La pregunta me cayó encima como una losa.
—Yo… —dije—. No sé. Ya no sé.
La abuela asintió, despacio, como si esperara esa respuesta.
—Eso es lo que me daba miedo —dijo—. Y por eso te traje aquí. Porque tú, mija, ya no sabes si es de verdad o de mentira. Y eso —dijo, apretándome las manos—, eso es lo más peligroso que hay.
—¿Por qué?
—Porque cuando ya no sabes si lo que sientes es real, cualquier cosa te puede romper. —Me miró—. Y esta noche, mija, va a pasar algo. Algo que ya no voy a poder detener. Y yo quiero que tú estés lista.
—¿Lista para qué?
—Para lo que viene. —La abuela me soltó las manos y se levantó—. Vamos. Que la fiesta sigue, y tu tía Chole ya lleva media hora sin contarle a nadie lo que sabe, y eso, en tu tía, es el peor de los presagios.
Y salimos de la cocina, y la abuela se fue a su mesa, y yo me quedé en el pasillo, con las manos frías, mirando el salón lleno de luces y de risas, sin saber que la noche todavía no terminaba.
Y que lo que venía, venía con la cara de mi tía.