Novio de mentiras Capítulo 42 — El jardín
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Capítulo 42 — El jardín

Después del baile, el salón se llenó de calor, y Valeria dijo que necesitaba aire.

—¿Y tu mamá? —preguntó ella, cuando salíamos—. ¿Ya te felicitó por el brindis de anoche?

—Mi mamá no felicita —dije—. Mi mamá evalúa. Y ayer, en el corredor, me dijo que defendía bien a mi gente. —Hice una pausa—. Es lo más parecido a un te quiero que he recibido en treinta años.

—¿Y eso te puso triste?

—No. —La miré—. Me puso contento. Porque por primera vez, sentí que mi mamá me veía. No como el hijo arquitecto, no como el Del Valle. Como Mateo. —Sonreí—. Y eso, en esta familia, es un lujo.

Salimos al jardín del salón La Hacienda: un patio con faroles, una fuente apagada, unas buganvilias que se trepaban por la barda. El ruido de la fiesta quedó adentro, como un rumor, y el aire de la noche nos recibió fresco y en silencio.

—Respira —dijo ella, parándose frente a la fuente—. Esto es lo que necesitaba. Cinco minutos sin nadie que me pregunte para cuándo.

—¿Te molestó lo de la señora de la caja?

—No me molestó —dijo ella, y su voz sonó rara—. Me asustó. Porque por un segundo, bailando, se me olvidó que esto es un trato.

La palabra cayó entre los dos como una piedra en el agua.

—Valeria…

—No, espera. —Se volvió—. Necesito decirlo en voz alta, porque si no lo digo, me lo voy a creer.

Esto es un trato, Mateo. Un contrato. Con reglas.

Con fecha de caducidad. —Me miró—. Mañana, el domingo, se acaba.

Y tú te vas a tu despacho, y yo me quedo, y todo vuelve a ser como era. —Hizo una pausa—. ¿Cierto?

—¿Y si te dijera que no quiero que vuelva a ser como era?

—Te diría que eso no está en el contrato.

—El contrato —dije, y me acerqué—. El contrato, Valeria, lo escribí yo. Y yo puedo cambiarlo.

—No puedes cambiar un contrato que firmamos los dos.

—Los contratos se renegocian. —Me paré frente a ella—. Es lo primero que aprendes en la facultad de arquitectura. Los planos se corrigen. Los contratos se renegocian. Y las personas… —Hice una pausa—. Las personas cambian de opinión.

—¿Y tú cambiaste de opinión?

—Sí. —La miré—. Cambié de opinión el día que me diste la mitad de tu elote.

Se quedó callada. La fuente, la noche, el ruido lejano de la fiesta.

—No digas eso —dijo, al fin, con la voz quebrada—. No digas esas cosas. Porque luego las creo, y luego me duele.

—¿Y qué tiene de malo que te duela? —dije—.

Yo también tengo miedo, Valeria. Miedo de decírtelo y que me digas que el contrato es el contrato.

Miedo de que mañana te subas al camión y te pierdas.

Miedo de volver al despacho, a los edificios, a la vida de antes, y de quedarme con la duda de si esto era de verdad.

—Hice una pausa—. Y aun así, aquí estoy.

En un jardín, a las diez de la noche, en la boda de mi hermano, diciéndote que no quiero que se acabe.

—¿Y si se acaba de todas formas?

—Entonces se acaba —dije—. Pero no sin decírtelo.

No sin que sepas que lo intenté. —Me acerqué—.

Yo no soy bueno para quedarme, Valeria. Me fui del pueblo a los dieciocho y no volví con ganas.

Me fui de Monterrey sin mirar atrás. Me fui de todas las relaciones que tuve antes de entender que no era culpa de ellas, era mía.

—Hice una pausa—. Pero esta vez no me quiero ir.

Esta vez, por primera vez, me quiero quedar.

No sin que tú sepas, primero, que esto, para mí, ya no es un trato.

Ella se quedó mirándome. La fuente apagada, la luna, el ruido de la fiesta de fondo.

—Mañana —dijo, en voz baja—. Mañana, después de todo esto, me lo dices completo.

—Completo.

—¿Y si me da miedo?

—Te va a dar miedo. —Sonreí—. Pero yo también voy a tener miedo. Y los dos lo vamos a tener al mismo tiempo, y eso, no sé, me hace sentir menos solo.

—Eres un caso, Mateo Del Valle.

—Soy un arquitecto con buen equilibrio.

Se rió. Una risa pequeña, mojada, de las que se le escapan. Y yo sentí, en ese momento, que el día podía terminar bien. Que el pastel estaba perfecto, que la fiesta seguía, que mañana, después de todo, se lo iba a decir.

Y fue entonces cuando oímos el ruido.

Un crujido, detrás de la buganvilia, como una rama pisada. Y luego el sonido débil de una bolsa de plástico, apretada, como si alguien la estuviera sosteniendo sin respirar.

Nos volvimos los dos a la vez.

Y la vimos.

Detrás de la buganvilia, pegada a la barda, con una bolsa de hielo en la mano que ya no llevaba a ninguna parte.

Mi tía Chole.

Estaba parada ahí, a tres metros, con la boca abierta y los ojos redondos, mirándonos como quien acaba de ver un accidente.

—Tía —dijo Valeria, y su voz se le quebró—. Tía, ¿cuánto…?

Chole no contestó. Dio un paso atrás. Luego otro. Y con la cara blanca, con una cara que no le había visto nunca, se dio la vuelta y se fue caminando, rápido, hacia el salón, dejando la bolsa de hielo en el suelo, como si el hielo, de pronto, fuera lo de menos.

—Mi tía no camina así —dijo Valeria, en voz baja—. Mi tía camina con chiste, con ruido, con espectáculo. —Miró la puerta—. Así, sin ruido, es como camina cuando está guardando algo. Y lo que guarda Chole, Mateo, no se guarda para siempre.

—Chole —dije, y fui detrás de ella.

—¡No me sigas! —gritó, sin volverse—. ¡No me sigas, Del Valle!

Y entró al salón, y la puerta se cerró, y nos quedamos en el jardín, Valeria y yo, parados frente a la fuente apagada, con la noche de repente fría.

—Oyó todo —dijo Valeria, con la voz apenas un hilo.

—Todo, Mateo. —Y su voz sonó, de pronto, muy cansada—.

Y lo peor es que ya no sé si me da miedo que lo cuente, o si me da alivio que alguien lo sepa de verdad.

—El trato. El contrato. Que se acaba el domingo.

Todo. —Se pasó la mano por la cara—. Y lo peor no es eso, Mateo.

Lo peor es que Chole, cuando se entera de algo, no se lo guarda.

Chole lo cuenta. Chole lo grita. Chole lo cocina y lo sirve como postre.

—¿Y qué hacemos?

—La alcanzamos —dijo Valeria—. Le explicamos. Le decimos que el trato se acabó, que ya no es un trato, que es otra cosa. —Me miró—. Se lo decimos antes de que se lo cuente a todo el salón.

—¿Y si no nos deja explicar?

—Entonces le hablamos más fuerte —dijo Valeria—. Chole es de las que escuchan cuando le gritan de vuelta. Es una tradición de la familia.

—Oyó todo —dije.

—El trato. El contrato. Lo del elote. —Se pasó la mano por la cara—. Oyó todo, Mateo. Todo.

Nos quedamos callados. El jardín, la luna, la bolsa de hielo en el suelo.

—¿Y ahora? —dijo ella.

—Ahora —dije, y no supe qué más decir—. Ahora vamos a ver.

Pero los dos sabíamos, en ese momento, que el día perfecto se había terminado.

Que la mentira, la que llevábamos cuatro días sosteniendo, acababa de encontrar a alguien que la había oído de verdad.

Y que esa alguien era la mujer que, según el pueblo entero, no se callaba nada.