Capítulo 41 — El baile de los padrinos
El vals de los novios terminó con el pueblo aplaudiendo y Paulina y Emilio girando hasta el final, con las manos agarradas y las risas de los que ya no tienen nada que ensayar.
—Y ahora —dijo el maestro de ceremonias, con la voz que se oía en todo el salón—, ¡el baile de los padrinos!
El salón entero se volvió hacia nosotros. Yo sentí las mejillas encendidas y las manos sudadas y el deseo enorme de esconderme debajo de la mesa.
—Ahí vamos —dijo Mateo, tendiéndome la mano—. No me pises.
—El que pisa eres tú.
—Eso lo veremos.
Me tomó de la mano y me llevó al centro de la pista, y el mariachi arrancó con un vals, y el pueblo entero nos rodeó en círculo, con las cámaras encendidas y las sonrisas puestas.
—No me pises —dijo él, por lo bajo.
—El que pisa eres tú. —Sonreí—. Yo bailo desde la prepa.
—Yo también bailo desde la prepa —dijo él—. Pero no me invitaron a muchos bailes.
La frase me llegó rara, y no supe si era broma o verdad, y él me dio el primer giro antes de que pudiera preguntarle.
Y entonces empezamos a bailar.
Y fue… fácil. Fue raro, porque nada con Mateo había sido fácil hasta entonces: todo había sido reglas, contratos, ensayos, miradas que no cuadraban. Pero el baile fue fácil. Su mano en mi cintura, la mía en su hombro, el paso, el giro, el paso. Como si hubiéramos bailado juntos toda la vida.
—Bailas bien —dije.
—Soy arquitecto. Los arquitectos tenemos buen equilibrio.
—¿Y eso lo enseñan en la facultad?
—En la materia de las cosas que se aprenden sin querer. —Sonrió—. Ya te la mencioné.
—Ah, sí. La de las cocinas.
—La de las cocinas y la de los valses.
Giró, y yo giré, y el vestido se me levantó, y me reí, y él me miró, y por un segundo, el salón, las luces, el pueblo entero, se quedaron en silencio, y solo existimos nosotros dos, girando al centro de la pista.
—¿Ves a la señora de la farmacia? —murmuró él—. Ya está llorando.
—¿Y eso es bueno?
—Es buenísimo —dijo él—. Cuando la señora de la farmacia llora en un baile, es porque ya está planeando la boda. —Me apretó la mano—. Y yo, la verdad, no tengo prisa en que deje de planearla.
—Mira cómo los mira la señora de la farmacia —murmuré—. Ya nos está casando otra vez.
—Déjala —dijo él—. El pueblo necesita proyectos. —Y luego, más bajo—: Y yo, la verdad, no tengo prisa en que deje de mirarnos.
—¿Y si nos mira toda la noche?
—Entonces bailamos toda la noche. —Me apretó la mano—. Es un plan aceptable.
—¿Y si nos mira toda la vida?
—Entonces —dijo él, y su voz se puso rara—, entonces bailamos toda la vida. Y ese, Valeria Montes, sería el mejor contrato de todos.
—¿Y el contrato qué dice del baile?
—El contrato —dijo él, y su voz cambió—. El contrato, Valeria, se quedó en la tienda. Y yo estoy aquí, bailando contigo, y no hay regla que prohíba esto. —Hizo una pausa—. ¿Y si esto fuera de verdad? —dijo él, en voz baja, contra mi oído.
La pregunta me llegó como una corriente.
—¿De verdad qué? —dije, y mi voz salió apenas un hilo.
—Esto. —Su mano apretó la mía—. Nosotros. El baile. Todo.
—¿Y si lo digo y me arrepiento? —dije.\n\n—Entonces te arrepientes —dijo él—.
Pero no me digas que no lo pensaste. —Giró, y me trajo de vuelta—.
Porque yo te conozco, Valeria Montes. Y tú ya lo pensaste.
\n\n—¿Y si lo pensé y no me gusta la respuesta?
\n\n—Entonces la cambias. —Me miró—. Las respuestas también se renegocian.
Es parte del contrato.\n\n—¿Qué contrato?
\n\n—El que vamos a hacer mañana —dijo él—.
El nuevo. El que no tiene reglas.\n\nNo contesté.
No pude. Porque no sabía si era una pregunta, o una propuesta, o una de esas cosas que se dicen al bailar y que se olvidan al día siguiente.
—Mañana —dije—. Mañana me lo dices todo, ¿te acuerdas?
—Mañana —dijo él—. Después de la boda.
—La boda ya fue.
—La de Paulina —dijo él—. La nuestra no.
Y el vals terminó, y el pueblo aplaudió, y las señoras de las mesas de atrás se limpiaban los ojos, y la señora de la caja del banco, la misma que me había dado el dulce el jueves, gritó desde su mesa, con la voz de las que ya no tienen nada que perder:
—¡¿Y tú para cuándo, Valeria?!
El salón se rió. Yo me puse roja. Mateo me miró, con esa sonrisa suya que no sabía si era de verdad o de contrato.
—Eso —dijo él, en voz baja—. Eso es lo que te voy a contestar mañana. —Y luego, más bajo todavía—: Si es que el domingo no nos gana.
—¿Y si el domingo nos gana?
—Entonces —dijo él, y me soltó la mano con una sonrisa que no supe leer—, entonces habrá que renegociar. Es lo que hacemos los arquitectos.
Y el salón siguió aplaudiendo, y yo me quedé en el centro de la pista, con el corazón a mil y la cabeza llena de preguntas que no me atrevía a hacer.
Y la señora de la farmacia, desde su mesa, seguía llorando, y su comadre le pasaba el pañuelo, y las dos nos miraban con esa sonrisa de las que ya están planeando la siguiente boda.
Y yo, parada en el centro de la pista, con el aplauso todavía sonando, pensé que nunca había estado más feliz.
Y nunca, nunca, había estado más cerca de que todo se cayera.
—¿Que para cuándo?
—Que para cuando tú digas.
Y me soltó la mano, y el salón siguió aplaudiendo, y yo me quedé en el centro de la pista, con el corazón a mil y la cabeza llena de preguntas que no me atrevía a hacer.
Y cuando el aplauso se apagó, Mateo se inclinó hacia mí y me dijo, en voz baja, con la boca cerca de mi oído:
—Mañana. En la parada del mercado. Como el primer día.
—¿La parada del mercado?
—Ahí fue donde empezó todo —dijo—. El jueves, con tu libreta ridícula. Tú me esperaste. —Hizo una pausa—. Mañana, yo te espero a ti. Y esta vez, Valeria, voy a llegar.
La promesa me cayó encima como una corriente. La parada del mercado: el lugar donde empezó el trato, el lugar donde se suponía que todo iba a terminar el domingo.
—¿Y si no voy? —dije.
—Vas a ir —dijo él, con una sonrisa que no supe leer—. Porque yo te conozco, Valeria Montes. Y tú nunca dejas a nadie esperando.
Y se dio la vuelta, y se fue hacia la mesa de los novios, y yo me quedé parada en la pista, con el corazón a mil, pensando que la parada del mercado, mañana, iba a ser el lugar más importante del pueblo.
Porque todo era demasiado perfecto.
Porque las cosas perfectas, en mi vida, siempre terminaban igual: con alguien descubriendo que yo no era lo que parecía.
Y porque, en el fondo, ya lo sabía: la mentira no se podía sostener para siempre.
El salón seguía aplaudiendo.
Yo seguía sonriendo.
Y el reloj, en la pared de atrás, seguía avanzando.