Capítulo 40 — El banquete
El salón La Hacienda, de noche, era pura luz: las mesas con manteles blancos, los centros de flores, la pista de baile que esperaba vacía, las doscientas personas que cabían en el pueblo entero.
—¿Lista? —dijo Mateo, cuando entramos.
—Lista —dije, y sonreí—. Es una boda. Ya lo tengo dominado.
—¿Dominado?
—Soy la madrina. Solo tengo que sonreír, comer, y aplaudir cuando toque. —Lo miré—. Es el trabajo más fácil del pueblo.
—¿Y si alguien te pregunta cuándo es la tuya? —preguntó él, mientras cruzábamos el umbral.
—Entonces sonrío más —dije—. Y digo que primero tengo que abrir la repostería.
—¿Y si te preguntan por el pastel?
—Ese sí lo contesto. —Señalé el centro de la mesa principal—. Ese pastel lo hice yo. Y tú me ayudaste.
—¿Y si te preguntan por mí?
—Entonces digo que eres mi novio. —Sonreí—. De mentiras.
—¿Y si te preguntan si es de verdad?
—Entonces —dije, y lo miré—, entonces digo que es un trato. Y que el trato se acaba el domingo. —Hice una pausa—. Esa es la parte fácil de la mentira, Mateo. La difícil es acordarse de que lo es.
Y en el centro de la mesa principal, sobre el pedestal que yo misma había forrado, el pastel.
El pastel de tres pisos, el que el camión cuarteó, el que arreglamos Mateo y yo el viernes con los palitos de don Román y la manteca de Don Aurelio. El que esa mañana, con las manos de él sobre las mías, había quedado brillante y parejo.
Estaba perfecto. De verdad perfecto.
—¿Lo ves? —dijo mi tía Chole, a mi lado, presumiendo con las manos en la cintura—.
Ese pastel lo hizo mi sobrina. Tres pisos, con flores de fondant.
—Y a la señora de al lado—: Le salió de la receta de mi mamá, la que le enseñó a hacer pan cuando era chiquita.
¿Ves? Las Montes tenemos mano para la repostería.
—Tía —dije, con la cara encendida—. Ya, ya.
—¿Ya qué, mija? Si es la verdad. —Y me dio un codazo—. Y mira nomás lo que te mira el Del Valle. Como si el pastel lo hubieras hecho solo para él.
Lo miré. Mateo estaba en la otra punta de la mesa, hablando con su hermano, y sí, me estaba mirando. Con esa mirada de las tres de la mañana. Con la del kiosco. Con la del beso.
—No me digas nada, tía —dije, y tomé mi copa.
—Yo no digo nada, mija. Yo solo veo.
La cena fue un desfile: el brindis de Fede (que por fin dijo el suyo, y salió bien —hasta Xime lo aplaudió, que era la prueba de fuego—), los discursos de los novios, las risas, el mariachi que contrataron para el segundo tiempo.
Paulina bailó con su papá, Emilio con su mamá, y yo vi a Camila Del Valle reírse de verdad por primera vez en la noche, con el hijo que se le casaba, y pensé que hasta las suegras tienen corazón.
—¿Sabes qué? —dijo Paulina, apareciendo a mi lado con el ramo en la mano y las mejillas encendidas—. Tienes razón. Las servilletas no importan.
—¿Cuáles servilletas?
—Las de Xime. Las terracota. —Se rió—. Me la pasé toda la cena viendo si me importaban, y no me importaron. Ni siquiera me acordé hasta ahora. —Me abrazó—. Gracias, prima. Por ayer. Por el pastel. Por todo.
—No me agradezcas. —Le devolví el abrazo—. Solo hiciste la boda más bonita del pueblo.
—La más bonita de la historia del pueblo —corrigió ella, y se fue riendo, con el ramo, a buscar a su marido.
Y yo me quedé con la copa en la mano, viendo a mi prima feliz, y pensé que el pastel estaba perfecto, y el salón estaba lleno, y el pueblo entero estaba feliz.
Y luego llegó el momento del pastel.
Lo cortaron juntos, Paulina y Emilio, con la mano de él sobre la de ella, y el pueblo aplaudió, y yo, parada al lado, con las manos apretadas, vi cómo el cuchillo entraba parejo, sin desmoronarse, sin grietas, sin nada.
—¿Y? —dijo una voz a mi lado.
Mateo. Con su copa, mirando el pastel.
—Perfecto —dije—. Salió perfecto.
—Salió perfecto porque lo arreglamos entre los dos. —Me miró—. El viernes, con los palitos. Hoy, con el glaseado. —Hizo una pausa—. Es el pastel más bonito que he visto en mi vida, Valeria.
—¿Y eso lo dice un arquitecto?
—Lo dice alguien que lo vio nacer. —Sonrió—. Y que se comió la mitad del fondant de prueba.
—¿Sabes? —dije, viendo a Paulina repartir el primer pedazo—.
El viernes, cuando el camión lo cuarteó, pensé que era el final del mundo.
Que mi tía Chole lo iba a mencionar en cada boda de la familia durante cuarenta años.
—Lo miré—. Y entonces llegaste tú, con tus palitos de bambú y tu "dime qué se necesita", y lo arreglamos.
—Hice una pausa—. Nadie me había preguntado nunca qué se necesitaba, Mateo. Nadie.
—¿Y ahora?
—Ahora —dije—, ahora sé que cuando algo se rompe, se puede arreglar. —Lo miré—. Eso me lo enseñaste tú, sin querer, con un pastel.
Se quedó callado. Las luces, el salón, el pastel repartiéndose.
—¿Y si se rompe otra cosa? —dijo, en voz baja—. ¿También se arregla?
—Depende —dije—. Depende de quién la arregle.
—¿Y si la arreglo yo?
—Entonces —dije, y mi voz salió rara—, entonces tal vez sí.
Se me escapó la risa, y la señora de la farmacia, desde su mesa, nos vio reír y le dijo algo a su comadre, y las dos nos miraron con esa sonrisa de las que ya están planeando la siguiente boda.
—El pueblo ya nos casó, Mateo —dije, por lo bajo—. La señora de la farmacia ya nos casó.
—Déjalos. —Se encogió de hombros—. El pueblo siempre anda casando a la gente. Es su pasatiempo favorito.
—¿Y a ti no te molesta?
—¿Molestarme? —Me miró—. A mí me gusta. Es lo más cerca que he estado de que me quieran en algún lado.
La frase me llegó al pecho, y no supe qué contestar, y no contesté, y me quedé mirando el pastel, y las luces, y a él, y el momento, el momento perfecto, el de las doscientas personas riendo y el mariachi afinando y el pastel entero en la mesa.
—Oye —dijo él, de pronto—. Después del baile de los novios, bailan los padrinos. Es tradición.
—¿Tradición?
—Tradición Del Valle. Mi mamá la impone. —Sonrió—. ¿Me concedes el baile de los padrinos, señorita Montes?
—¿Y si digo que no?
—Entonces bailo con la tía Regina. —Hizo una pausa—. Y ella me cuenta lo de sus hijos en Londres, y yo lloro.
—Está bien. —Me reí—. Bailo contigo. Pero no me pises.
—No te voy a pisar. —Me tendió la mano—. Los arquitectos también saben bailar. Es parte del título.
—¿Y eso dónde lo estudiaste?
—En la misma materia donde aprendí a leer cocinas. —Me miró—. La de las cosas que se aprenden sin querer.
Y se fue a hablar con su hermano, y yo me quedé con la copa en la mano y el corazón a mil, pensando que el pastel estaba perfecto, y el salón estaba lleno, y el pueblo entero estaba feliz.
Y que, por primera vez en cuatro días, yo también.
La felicidad duró hasta el baile.
Pero esa noche, nadie lo sabía todavía.