Novio de mentiras Capítulo 39 — El puñal
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Capítulo 39 — El puñal

Diego me estaba esperando en la esquina de la tienda, apoyado en su carro, con las llaves en la mano.

Lo vi desde lejos y supe, con esa certeza que da el instinto, que no estaba ahí por casualidad. Llevaba el traje de boda —el de invitado, el de la fila del fondo— y una cara que no era la suya, la de siempre, la del que se ríe de todo.

—Mateo —dijo, cuando llegué—. Te buscaba.

—¿A mí?

—A ti. —Se enderezó, se guardó las llaves—. No vine a la iglesia a buscarte porque no quería arruinar la boda de tu hermano. Pero esto no podía esperar. —Hizo una pausa—. Y no es una amenaza. Es un favor. El favor que a mí nadie me hizo cuando yo la dejé ir.

Me paré frente a él. La calle, las campanas lejanas, el olor a cohetes.

—Dime —dije.

—Lo del trato —dijo Diego, sin rodeos—. Lo sé. Lo oí todo, anoche, en el portón de la abuela. Tú, ella, el contrato, el domingo. Todo.

—Diego…

—No me interrumpas —dijo, y su voz cambió, se le fue lo suave—. No te estoy amenazando. Si te estuviera amenazando, ya le habría dicho a Karla, y a la mitad del pueblo, y a tu mamá, que es la que más le duele a tu familia. No lo he dicho. Y no lo voy a decir.

—Entonces, ¿qué quieres?

—Quiero que sepas una cosa —dijo—. Y quiero que la oigas bien, porque no la voy a repetir.

Se acercó. Un paso. Uno solo. Y me miró con una frialdad que no le conocía.

—A Valeria yo la quise —dijo—. La quise de verdad, hace años, y la dejé ir por imbécil.

Y cuando volví, hace unos días, me encontré con que andaba con un novio de la ciudad, y me dio coraje, y luego me dio celos, y luego, anoche, me enteré de que era un trato.

—Hizo una pausa—. Y sabes qué, Del Valle.

Prefiero mil veces que sea un trato a que sea una mentira más grande.

—No es… —empecé.

—Cállate —dijo—. No me vengas con que no es un trato. Yo lo oí. Yo lo sé. Lo que no sé —dijo, y su voz bajó— es si tú la quieres.

Me quedé callado.

—Porque yo sé lo que es quererla y dejarla ir —siguió Diego, y su voz perdió el filo—.

Yo lo hice. Hace años, cuando me fui a Monterrey, le dije que la iba a buscar, y no la busqué.

Me quedé en el norte, con el trabajo, con la ciudad, con la vida que creía que quería.

—Se rió, sin humor—. Y mira nomás cómo acabé: despedido, de vuelta en el pueblo, ayudando a mi papá con la empacadora, viendo cómo ella se iba con otro.

—Me miró—. El karma, Del Valle, tiene memoria.

—¿Y Karla? —dije, sin saber por qué lo preguntaba.

—Karla es otra cosa —dijo Diego, y su cara cambió—. Karla es buena. Karla es de las que se quedan. Y yo, que llevo toda la vida yéndome, no sé si soy capaz de quedarme. —Hizo una pausa—. Pero eso es mi problema. El tuyo, ahora mismo, es otro.

—¿Cuál?

—El tuyo —dijo—, es que tienes enfrente a la mujer que esperó catorce años por ti, y que no sabe que tú también llevas catorce años cargando la culpa.

—Me miró—. Y si tú la quieres, se lo dices.

Y si no la quieres, la dejas ir limpia, sin trato, sin contrato, sin que ella tenga que adivinar nada.

—Se acercó otro paso—. Porque si la lastimas, si la dejas plantada otra vez, si ella sale de esto con el corazón roto, yo no me quedo callado. No por ti. Por ella.

La palabra me dio en el pecho.

—¿Otra vez? —dije.

—Otra vez. —Diego asintió—. Yo sé lo del baile, Mateo.

Todo el pueblo lo sabe. La dejaste esperando en el atrio hace catorce años, y ella se quedó ahí, parada, con el vestido que le cosió su mamá, esperando a un cabrón que no llegó.

—Se acercó otro paso—. El pueblo no se olvida de eso.

Yo no me olvido de eso. Y si vuelve a pasar, no va a haber trato, ni contrato, ni apuesta que te salve.

Me quedé parado, con las manos en los bolsillos y el corazón a mil.

—¿Y qué quieres que haga? —dije, y mi voz salió rara. —¿Que le diga que la quiero y que se ría? ¿Que se lo diga y que me diga que el contrato es el contrato?

—Puede pasar —dijo Diego—. Pero también puede pasar que te diga que sí. —Se encogió de hombros—. Esa es la parte que tú nunca has probado, Del Valle. La de arriesgarte.

—Eso lo decides tú —dijo Diego—. Pero decídelo antes de que termine el día. Porque ella te está mirando como si fueras de verdad, Del Valle. Y eso, con Valeria Montes, no se juega.

Se dio la vuelta, se subió al carro, y arrancó, dejándome en la esquina de la tienda, con el pastel adentro, el pueblo sonando de fondo y las palabras de Diego dando vueltas.

Ella te está mirando como si fueras de verdad.

Y yo, que llevaba cuatro días fingiendo ser su novio, descubrí que ya no estaba fingiendo. Que el trato, el contrato, las reglas, todo eso se había quedado en el cajón de las cosas que ya no servían.

Me quedé un momento parado en la esquina, con el sol de la tarde en la cara, pensando en lo que había dicho Diego.

No en las amenazas. No en el pueblo. En lo otro: en que él también la había querido, y la había dejado ir, y había vuelto tarde.

En que yo podía ser él. En que yo, si no hacía nada, iba a ser él: el que la miró de lejos, el que no cruzó, el que se quedó con la duda.

—No —dije, en voz alta, en la calle vacía—. No voy a ser Diego.

Y entré a la tienda, tomé el pastel, y me quedé mirando el brillo del glaseado, el que le pusimos juntos, el que salió perfecto porque lo hicimos entre los dos.

Pensé en el viernes. En la cocina, con sus manos sobre las mías, enseñándome a amasar.

En la manera en que dijo "como las personas, dice mi abuela: se amasan con paciencia, no con fuerza".

En la manera en que me miró cuando le dije que me caía bien cuando no actuaba.

En la banca del kiosco, a las tres de la mañana, cuando apagó el teléfono de la familia para quedarse conmigo.

Catorce años. Catorce años había esperado para sentir algo así. Y ahora, con el pastel en las manos y el pueblo de fondo, lo sentía. De verdad. Sin ensayar, sin contrato, sin reglas.

Y que tenía miedo.

No del pueblo. No del trato. No de Diego.

Miedo de decírselo, y de que ella, después de todo, me dijera que el contrato era el contrato.

—Después de la boda —me dije, en voz baja, tomando el pastel—. Se lo digo después de la boda.

Pero la boda ya había pasado.

Y el banquete todavía no empezaba.