Novio de mentiras Capítulo 38 — El ayudante
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Capítulo 38 — El ayudante

—La tienda —dijo ella, cuando le pregunté a dónde íbamos—. El pastel está en la tienda, y le falta el glaseado. Y tú me debes una clase.

—¿Yo te debo una clase?

—Me dijiste que querías aprender a glasear. Fue el viernes, en la cocina. —Me miró—. ¿O ya se te olvidó?

No se me había olvidado. Se me había olvidado todo lo demás, menos eso: sus manos sobre las mías, el fondant, la manera en que dijo "como las personas, dice mi abuela: se amasan con paciencia, no con fuerza".

—No se me olvidó —dije.

—Entonces vamos. Y de paso —dijo, y su voz se puso casual, demasiado casual—, te debo el pan de muerto. Te lo prometí el jueves en el mercado y no te lo he dado.

—¿Y hoy sí?

—Hoy sí. Hice uno chiquito, para que veas cómo sabe. —Sonrió—. El bueno, el de la receta de la abuela, se hornea hasta octubre. Pero este es de muestra.

Caminamos hasta la tienda de Don Aurelio con el pueblo de fondo —las campanas todavía sonando, los niños recogiendo el arroz, la señora de la farmacia comentando el vestido de Paulina—, y nadie nos miró raro. Éramos los padrinos. Éramos la parejita. Éramos, por un día, del pueblo.

La tienda estaba cerrada, pero Valeria tenía la llave. Entramos, encendió las luces de la cocina, y el pastel de tres pisos nos esperaba en la mesa, cubierto, intacto, perfecto.

—Está precioso —dije.

—Todavía le falta el brillo —dijo ella, sacando el glaseado del refrigerador—. Manos a la obra, arquitecto. Te toca aprender.

Me puso el delantal. Me dio la espátula. Me paró frente al pastel.

—Primero, lo que aprendiste el viernes —dijo—: el glaseado se trabaja con paciencia. Se pone así, con la espátula inclinada, y se va girando la base. Despacio. Sin prisa.

—¿Y si lo echo a perder?

—Entonces aprendemos a arreglarlo. —Me miró—. Esa es la parte buena de los errores: siempre se pueden arreglar.

Lo intenté. La primera pasada salió torcida. La segunda, peor: me quedó un churro de glaseado que ni mi mamá reconocería.

—Así no —dijo ella, y me puso las manos encima, guiándome la espátula, como el viernes con el fondant—. Así. Despacito. De afuera hacia adentro.

Su pecho contra mi espalda. Sus manos sobre las mías. El olor a vainilla y a ella.

—Valeria —dije.

—Concéntrate en el pastel.

—No puedo concentrarme en el pastel.

—¿Por qué?

—Porque estás tú.

Se quedó callada. Las manos, quietas sobre las mías. La cocina, en silencio.

—Yo tampoco puedo concentrarme —dijo, al fin, con la voz rara—. Pero el pastel es de Paulina, y Paulina merece un pastel perfecto, y si lo echo a perder por andar pensando en ti, mi prima me mata.

—¿Pensando en mí?

—Concéntrate, Mateo.

Me concentré. O lo intenté. El glaseado fue saliendo, despacio, torcido a veces, arreglado otras, y entre espátula y espátula, ella me contó lo del pan de muerto: que el de la abuela lleva anís y naranja, que la masa se trabaja con manteca y azúcar, que los huesitos se hacen con la misma masa, que el pan se le regala a los que se fueron, para que sepan que uno se acuerda.

—¿Y a quién le regalas el tuyo? —pregunté.

—A mi abuelo —dijo ella, y su voz cambió—. El pan de muerto de la abuela es para él. Lo hace todos los años, desde que se fue, y me enseñó a mí. Dice que el abuelo era de los que se iban sin avisar, pero que el pan lo trae de vuelta.

—¿Y tú crees que lo trae de vuelta?

—No sé —dijo ella—. Pero es bonito pensarlo. —Sonrió—. A veces las cosas no necesitan ser de verdad para ser importantes. A veces, las de mentira también importan.

La frase me quedó flotando. Las de mentira también importan. Como nosotros. Como el trato.

—¿Y el pan de muerto? —dije, para cambiar de tema.

—Ahí está. —Señaló la mesa del fondo, donde había un pan pequeño, redondo, con los huesitos de azúcar encima—. Es de muestra. De los que se comen, no de los que se regalan. —Me partió un pedazo y me lo dio—. A ver. Dime qué sientes.

Lo probé. Anís, naranja, manteca. El sabor del pueblo, del otoño, de las cosas que no cambian.

—Sabe a… —dije, y no supe cómo decirlo.

—¿A qué?

—A que uno se queda. —La miré—. Sabe a que alguien se acuerda de uno.

Se quedó callada. Me miró, con el delantal puesto y la espátula en la mano y el pan de muerto entre los dos, y por un momento, la cocina de la tienda se quedó sin aire, como siempre que estábamos a solas.

—Mi abuelo —dijo ella, de pronto—. El que hacía el pan con la abuela.

Mi mamá me contó que se conocieron en un baile, y que él llegó de Jalisco con una deuda y los zapatos rotos, y que todo el pueblo dijo que la abuela estaba loca por casarse con él.

—Sonrió, con una sonrisa que se le fue a otro lado—.

Y mira: cincuenta años después, mi abuela todavía le hace el pan de muerto.

Todos los años. Como si él fuera a volver.

—¿Y vuelve?

—No sé —dijo ella—. Pero el pan lo hace. Y yo creo que eso es lo que importa: que alguien se acuerde de uno. Aunque sea con pan. Aunque sea una vez al año.

—Yo no tengo a nadie que me haga pan —dije, sin pensar.

Se quedó callada. La cocina, el delantal, el pan entre los dos.

—Pues ahora sí —dijo ella, al fin, con la voz rara—. Ahora tienes a alguien que te hace pan de muerto.

Y la frase, pequeña, dicha así, sin aspavientos, me llegó al pecho como una puñalada de las buenas.

—Mateo —dijo ella, en voz baja—. Después de la boda.

—Ya pasó la boda.

—La del banquete. La del pueblo. —Sonrió—. Todavía no termina el día, arquitecto. Todavía nos deben dos horas.

—Ya van dos horas.

—Entonces nos deben el pan de muerto completo. —Se rió—. Y el glaseado. —Miró el pastel, que había quedado, contra todo pronóstico, brillante y parejo—. Que, por cierto, te quedó perfecto.

—¿De verdad?

—De verdad. —Me miró, con una sonrisa que me llegó hasta los huesos—. Eres oficialmente el ayudante de pastelería más torpe y más aplicado que he tenido.

—¿He tenido muchos?

—Eres el primero. —Se rió—. Y el único. No te acostumbres.

El pastel quedó brillante. Ella guardó la espátula, se lavó las manos, y yo, que nunca había disfrutado tanto una tarde de trabajo, no quería que terminara.

—¿Sabes qué me dijo Don Aurelio el viernes? —dijo ella—. Que la paciencia es el cariño de los que no saben decirlo.

—¿Y tú qué le contestaste?

—Nada. —Me miró—. Pero ahora creo que tenía razón.

—¿En qué?

—En que hay gente que demuestra el cariño amasando, o glaseando, o haciendo pan de muerto. —Sonrió—. Y otra gente, los arquitectos, lo demuestran arreglando pasteles que no son suyos, un viernes, sin que nadie se los pida.

—Eso fue parte del trato —dije.

—El trato decía que tenías que parecer un buen novio —dijo ella—. No que fueras a la papelería corriendo por palitos de bambú. —Hizo una pausa—. Eso no fue el trato, Mateo. Eso fuiste tú.

Y la frase se quedó flotando, y yo no supe qué contestar, y no contesté, y nos quedamos en la cocina, con el pastel brillante y el pan de muerto a medias, y yo pensé que si el día terminara ahí, con ella riéndose con el delantal puesto, ya habría sido el mejor día de mi vida.

Pero el día no había terminado.

Y el pueblo todavía nos debía la fiesta.