Novio de mentiras Capítulo 37 — La boda
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Capítulo 37 — La boda

A las cinco de la tarde, la parroquia de San Gabriel Arcángel estaba llena.

Llena de verdad: las bancas ocupadas hasta el fondo, las mujeres con sus vestidos de domingo, los hombres con las camisas planchadas y el olor a loción barata. El pueblo entero cabía en esa iglesia, y el pueblo entero había ido a ver a Paulina Montes casarse con Emilio Del Valle.

Yo estaba parada al lado del altar, con el ramo de azahares que me tocaba sostener como madrina, y sentía las manos sudadas. A mi lado, Mateo, impecable en su traje, con la seriedad de arquitecto que le quedaba ridícula.

—¿Nerviosa? —murmuró.

—Un poquito. —Apreté el ramo—. Es la primera vez que soy madrina. Y la primera vez que el pueblo entero me ve parada al lado de un Del Valle, como si fuera cosa normal. —Lo miré—. Es raro.

—¿Raro malo o raro bueno?

—Todavía no sé.

—Soy la madrina, no la novia.

—Eso no responde mi pregunta.

—Estoy nerviosa —dije, y fue la verdad—. Y no sé por qué. No es mi boda.

—Es la primera boda donde tú sales en las fotos —dijo él—. Eso es presión.

Se me escapó la risa, y la tía Regina, desde la segunda banca, nos miró con una expresión que decía "en la iglesia no se ríe". Le sonreí. Con la sonrisa más inocente que tenía.

—Ya empezamos —dijo el padre Memo, desde el altar, con la voz que se oía en toda la iglesia—. Y esta vez, señorita Montes, la mirada sí tiene que ser de verdad. Que ya me contaron que la del ensayo no contó.

La iglesia se rió. Yo me puse roja. Mateo, el muy traidor, se rió más fuerte que nadie.

Y entonces sonó la música, y todo el mundo se volvió, y Paulina entró.

Iba del brazo de mi tío —el santo de mi tía Chole—, con el vestido blanco de los botones diminutos, el velo largo, el ramo de flores que combinaba con las servilletas que Xime no pudo cambiar.

Iba sonriendo, con esa sonrisa de las novias que ya no dudan, y el pueblo entero se puso de pie, y yo sentí un nudo en la garganta.

La vi pasar por el pasillo, y por un segundo vi a la Paulina de la cocina, la de ayer, la que lloró porque no decidía nada. Y ahí estaba, decidiéndolo todo: el paso, el ramo, la vida.

—Se ve preciosa —murmuró Mateo, a mi lado.

—Es mi prima —dije, y la voz me salió rara—. Y está preciosa. Y no voy a llorar.

—Nadie dijo que fueras a llorar.

—Yo lo digo. Por si acaso. —Me sequé un ojo—. Es el arroz. Debe ser el arroz.

—Claro —dijo él, y me pasó el pañuelo—. Es el arroz.

Emilio la esperaba en el altar, con los ojos brillosos y las manos temblando.

El padre Memo nos hizo a los padrinos acercarnos con las arras, y esta vez las trece monedas de oro no se cayeron, y el lazo se puso sin que nadie lo pisara, y yo sostuve la cinta blanca sobre los hombros de los novios con las manos firmes, y pensé, sin querer, en lo que el padre Memo dijo en el ensayo: el lazo es el único nudo que no se deshace con las manos.

—¿Y con qué se deshace? —pregunté yo entonces.

—Con la vida, mija. La vida va deshaciendo los nudos.

Miré a Mateo, al otro lado del lazo. Me miraba.

Con esa mirada que ya no me sorprendía, porque ya la conocía, porque ya la esperaba.

Con la mirada de la banca del kiosco. Con una mirada que no era la del ensayo, la de mentira que el cura había cazado.

Era otra. Era la de la banca del kiosco, la de las tres de la mañana, la del beso.

—Yo los declaro marido y mujer —dijo el padre Memo, y la iglesia aplaudió, y Paulina y Emilio se besaron, y las campanas sonaron.

—Pueden besar a la novia —dijo el padre Memo, y luego, más bajo, dirigiéndose a nosotros—: Y ustedes dos, la mirada sí les salió de verdad esta vez. Ya era hora.

—Padre… —empecé.

—No me digas nada, mija. Yo ya vi muchas cosas. —Y me guiñó el ojo—. Cuando esta pareja se canse de mirarse, ustedes dos tienen su propio asunto pendiente.

Y la iglesia aplaudió, y las campanas sonaron, y yo, con el lazo todavía en las manos, miré a Mateo otra vez, y él me sonrió, y por un segundo —un segundo nada más— sentí que la iglesia, las flores, las campanas, todo era para nosotros.

—Ya, ya —dijo la abuela, a mi lado, pasándome el pañuelo—. Cálmate, mija, que todavía falta el banquete.

—¿Yo por qué lloraría, abuela?

—Porque las Montes lloramos en las bodas, mija. Es tradición. —Y me guiñó el ojo, con esa sonrisa de la que ya sabe—. Y porque el vestido te queda precioso.

Salimos de la iglesia bajo la lluvia de arroz, con las campanas sonando y el pueblo entero aplaudiendo.

Paulina y Emilio subieron al coche adornado con latas, y la señora de la farmacia lloraba, y el señor de la tortillería aventó el arroz con una puntería que le dio a mi tío en la nuca, y mi tío, el santo, se rió, y el pueblo entero se rió con él.

—¡Que vivan los novios! —gritó alguien.

—¡Que vivan! —contestó el pueblo.

Y yo me quedé en la puerta de la parroquia, con Mateo a mi lado y el arroz en el pelo, viendo cómo el coche de los novios se alejaba entre las latas y los gritos.

—¿Y ahora? —dijo él.

—Ahora el banquete. —Lo miré—. A las ocho, en el salón La Hacienda.

—¿Y antes?

—Antes —dije, y le quité un grano de arroz del hombro—, antes tenemos dos horas. Dos horas de padrinos. Dos horas sin que nadie nos pida nada. —Sonreí—. Es el único lujo del día.

—¿Y qué hacemos con dos horas?

—No sé. —Sonreí—. ¿Qué hacen los padrinos con dos horas libres?

—Los padrinos —dijo él, y su voz bajó—, van a buscar un lugar donde no haya nadie.

—¿Y si nos ven?

—Que nos vean. —Me tomó de la mano—. Somos los padrinos. Tenemos permiso de andar juntos todo el día. Es parte del protocolo.

—¿Y eso qué protocolo dice?

—El protocolo de los padrinos —dijo él—. Se aprende por ósmosis.

—O sea que no sabes nada.

—Exacto. Absorbí la información sin querer.

Se me escapó la risa, y la señora de la farmacia, desde la puerta de la iglesia, nos vio reír y le dijo algo a su comadre, y las dos nos miraron con esa sonrisa de las que ya están planeando la siguiente boda.

Y yo, que llevaba cuatro días fingiendo, descubrí que ya no estaba fingiendo.

Que me estaba riendo de verdad, con la mano de Mateo en la mía, bajo el arroz de la boda de mi prima, delante de todo el pueblo.

Y que no quería que el día terminara.

Dos horas. Dos horas antes de que el pueblo entero volviera a vernos.

Dos horas para nosotros.