Capítulo 36 — La noche de Mateo
Eran las cuatro de la mañana cuando volví a la hacienda.
La casa seguía dormida. La puerta de mi cuarto, abierta. El teléfono, en la mesita, con la pantalla encendida y el mensaje sin mandar: "No te vayas el domingo. Mejor: no me dejes irme."
Lo leí otra vez. Ya no me sonó a amenaza. Me sonó a la única cosa cierta que había escrito en años.
Me acosté. Y no dormí.
No dormí porque la tenía enfrente: la imagen de ella, en la banca del kiosco, a las tres de la mañana, diciéndome con la voz mojada que llevaba catorce años sin dejar que nadie se acercara.
Y yo, que había llegado a la plaza sin saber qué iba a decir, la había besado.
Por fin. La había besado, y ella había apagado el teléfono de la familia en vez de contestar, y me había dicho que eso era lo que me iba a decir mañana, y yo le había dicho que no, que el beso era la parte fácil, que la difícil era la de después.
Y se había reído. Y la risa me había dolido, de lo buena que era.
Me quedé mirando el techo. Y empecé a ensayar.
Mañana, después de la boda, se lo digo. Se lo digo completo.
Pero, ¿cómo se dice algo así? ¿Cómo se le dice a alguien que llevas catorce años cargando la culpa de haberla dejado esperando en un atrio?
¿Cómo se le dice que llegaste al pueblo por dinero, que firmaste un contrato ridículo en un cuaderno de recetas, y que de pronto el contrato se te olvidó y lo único que te importa es que se quede?
Lo intenté con frases. Las repasé en voz baja, como quien ensaya un brindis:
—"Valeria, tengo que decirte algo."
No. Sonaba a despido.
—"Lo del baile, Valeria, quiero explicártelo."
No. Sonaba a excusa.
—"Catorce años. No fui al baile porque mi papá…"
No. Sonaba a culpa. Y lo era. Pero no quería que sonara como una culpa que me quitara de encima.
—"No quiero que se acabe."
Eso. Eso era lo único que me salía de verdad. Todo lo demás eran adornos.
Cerré los ojos. Y la vi otra vez: contra el portón, con los ojos llenos. En la cocina, pasándome el azúcar. En la iglesia, con las arras en las manos. En la banca, cerrando los ojos, esperando que yo la besara.
Y sentí el miedo. El miedo de siempre, el de la prepa, el que me había tenido encerrado en mi cuarto mientras ella esperaba en el atrio.
El miedo de decirlo y que se ría. De decirlo y que diga "el trato era el trato".
De decirlo y que se vaya de todos modos, porque lo que yo tenía para ofrecer era un despacho en la ciudad y una culpa de catorce años.
El miedo estaba ahí. No se iba. Pero ya no me ganaba.
Porque, por primera vez en mi vida, tenía claro lo que quería decir. No sabía cómo iba a decirlo. No sabía si iba a salir bien. Pero sabía lo que quería decir, palabra por palabra, y eso, para mí, era nuevo.
La ventana empezó a clarear.
El amanecer llegó sin avisar: gris, rosado, dorado. El pueblo empezó a despertar: un perro, un gallo, el ruido lejano de una puerta. El día de la boda.
Bajé a la cocina y me encontré a mi mamá, ya vestida, con el pelo recogido y una taza de café en la mano, mirando el patio por la ventana. Y a mi hermano, sentado a la mesa, con el traje puesto y la corbata sin anudar, moviendo el pie sin parar.
—No puedo —dijo Emilio, cuando me vio—. No puedo, Mateo. Se me olvidó el discurso. Se me olvidaron las argollas. Se me olvidó cómo se camina hasta el altar. ¿Y si me caigo? ¿Y si me equivoco de nombre?
—¿De nombre?
—¿Y si le digo "te acepto, Karla"?
—Paulina.
—¡Eso! —Emilio se pasó la mano por la cara—. ¿Ves? Ya me equivoqué de nombre, y ni siquiera he llegado a la iglesia.
—Emilio. —Me senté frente a él—. Vas a caminar hasta el altar. Paulina va a estar ahí. El padre Memo va a decir las palabras de siempre. Y tú vas a decir "sí, acepto". Y todo el pueblo va a llorar, y tu esposa te va a querer toda la vida. —Lo miré—. ¿Y sabes por qué lo sé?
—¿Por qué?
—Porque ayer, en el ensayo, la viste. La miraste como se mira lo único que importa. Y el padre Memo dijo que la mirada era de mentira, pero la tuya no lo era. —Le puse la mano en el hombro—. La tuya era de verdad. Y con eso basta.
Emilio me miró. Un rato largo.
—¿Y tú? —dijo—. ¿La señorita Montes?
—¿Qué con la señorita Montes?
—¿Es de verdad?
Me quedé callado.
—Eso —dijo Emilio, y por primera vez en la mañana, se rió—. Eso es lo que yo pensaba.
—Cállate —dije, y me reí, y le di un golpecito en el hombro—. Anda, anúdate la corbata. La novia no se va a casar con un novio despeinado.
—¿Y tú? —dijo Emilio, ya con la corbata en la mano—. ¿Vas a esperarla en el atrio o hasta la iglesia?
—¿Cómo?
—Lo que oíste. —Sonrió—. Los Del Valle tenemos fama de dejar esperando a la gente. Yo no quiero que el pueblo siga contando esa historia con mi hermano. —Hizo una pausa—. Cuando sea, primo. Cuando sea.
No supe qué contestar. Y Emilio, el optimista, el que cree en los finales felices, se fue anudando la corbata, dejándome con la frase colgando y el corazón a mil.
—No dormiste —dijo mi mamá, sin volverse.
—No.
—Yo tampoco. —Se dio la vuelta—. ¿Nervioso?
—Un poco.
—Yo me puse así en la boda de Emilio —dijo—. Bueno, yo me puse así en todas las bodas. Es una tradición de la familia: no dormir, y luego fingir que todo está bien. —Sonrió, apenas—. Tu papá era el único que dormía. Dormía en todas partes. Hasta en los velorios.
—Me acuerdo.
—¿Sabes qué me decía? —Se acercó—. Me decía: "Camila, el día que no te pongas nerviosa por los tuyos, preocúpate". —Hizo una pausa—. Y mira, hoy te veo a ti, parado en la misma ventana, sin dormir, nervioso por los tuyos. —Me tocó el brazo—. Eres más de tu papá de lo que crees, Mateo.
No supe qué contestar. Mi mamá nunca hablaba de mi papá. Nunca. Y esa mañana, en la cocina, con el café y el amanecer, me lo acababa de decir dos veces: que defendía como él, que era de él.
—Gracias, mamá —dije.
—No me agradezcas —dijo ella, y volvió a su café—. Anda, vístete. Hoy es la boda de tu hermano, y los padrinos no pueden llegar tarde.
—¿Padrinos? —dije.
—Padrinos. —Sonrió, con esa sonrisa suya de directora—. ¿O creías que solo te ibas a sentar a ver? El padre Memo ya tiene las arras listas. Y la señorita Montes ya estará esperando.
Subí las escaleras con el corazón a mil, con la camisa blanca planchada en el perchero y la certeza nueva de que hoy, después de la boda, se lo iba a decir todo.
Me paré. Me vestí. La camisa blanca, la que había planchado mi mamá, la que usaría en la boda de mi hermano.
Y mientras me anudaba la corbata frente al espejo, me dije, en voz baja, la frase que llevaba toda la noche ensayando:
—No quiero que se acabe.
Y por primera vez en mi vida adulta, supe exactamente lo que quería decir.
Amaneció. El día más largo del año.
El sábado tenía otros planes.