Capítulo 35 — La reconciliación
A las tres de la mañana, yo no podía dormir.
Me había acostado a la una, después de darle vueltas a todo: a Diego con las llaves, al "¿y si no me voy el domingo?", a la manera en que Mateo me había mirado contra el portón, como si yo fuera una respuesta a una pregunta que ni siquiera había hecho.
A las dos, me levanté, me puse la chamarra, y salí a caminar.
El pueblo, de madrugada, era otro pueblo: las calles vacías, las luces apagadas, el olor a tierra mojada. Caminé hasta la plaza, me senté en la banca del kiosco —la misma donde le di mi elote, la misma donde todo empezó a dejar de ser un trato— y me quedé mirando la luna.
La plaza vacía era un espejo raro: de día, era el corazón del pueblo, el lugar donde todos nos conocíamos y donde el chisme corría como el agua.
De noche, era solo un kiosco, unas bancas y el silencio.
Y yo, sentada ahí, con la chamarra puesta, sintiendo por primera vez en días que podía pensar sin que nadie me mirara.
Pensé en mañana. En la boda. En el padre Memo, las arras, el lazo.
En Camila Del Valle, que me había medido en el corredor de las buganvilias y que, al final, había brindado por mí.
En Paulina, llorando en la cocina de su mamá.
En Diego, que ahora sabía. En el domingo, que se acercaba como una fecha en un calendario que nadie quería tachar.
Y pensé en Mateo.
En Mateo con su libreta ridícula, pasándome el azúcar, diciéndome en el brindis que era la única que no fingía. En Mateo, parado contra el portón, preguntándome "¿y si no me voy el domingo?". En Mateo, a centímetros de mí, dos veces, con el teléfono de la familia como testigo.
Y ahí, a los cinco minutos, apareció él.
Mateo, con la chamarra puesta sobre la pijama, los tenis sin agujetas, el pelo revuelto. Se detuvo al ver la plaza. Me vio. Y se quedó parado, como si no supiera si acercarse.
—¿Qué haces aquí? —dijo, al fin.
—Eso mismo te iba a preguntar.
—No podía dormir.
—Yo tampoco.
—¿Y por qué la plaza?
—Porque es donde empezó todo. —Me encogí de hombros—. Bueno, no todo. Todo empezó en una tienda de abarrotes con un contrato ridículo. Pero esto —señalé la banca—, esto empezó aquí.
Se acercó, despacio, y se sentó a mi lado. A medio metro de distancia. El mismo medio metro de siempre.
—¿Diego? —dijo.
—No sé. —Me pasé la mano por la cara—. Dijo que no es de los que cuentan chismes.
Y yo le creo. Diego no es de esos. Pero…
—Lo miré—. Ayer, en la cena, tu mamá me preguntó qué soy de ti.
Hoy, en la calle, tú me preguntaste qué somos.
Y Diego oyó lo del trato. Y yo ya no sé ni qué soy yo, Mateo, imagínate qué somos.
Se quedó callado. La plaza, la luna, el kiosco.
—Yo tampoco sé qué somos —dijo, al fin—. Pero sé qué no quiero que seamos.
—¿Qué?
—No quiero que seamos "el trato que se acabó el domingo". —Me miró—. Eso, no.
—¿Y qué quieres que seamos?
—No sé. —Se rió, bajito, sin humor—. Llevo toda la noche tratando de escribirte un mensaje que lo explique, y no me sale. Todo lo que escribo suena falso o suena a amenaza. —Hizo una pausa—. Lo único que me sale de verdad es esto: no quiero que se acabe.
La frase se quedó flotando entre los dos, en la madrugada, con la luna de testigo.
—Yo tampoco quiero que se acabe —dije, y mi voz salió apenas un hilo—.
Y me da un miedo terrible decirlo. Porque si lo digo, es de verdad.
Y si es de verdad, me puedes lastimar. Y yo llevo catorce años sin dejar que nadie me lastime, Mateo.
Catorce años sin dejar que nadie se acerque.
—Sentí los ojos llenándose—. Y llegas tú, con tu libreta ridícula y tus aguacates, y de pronto estoy aquí, a las tres de la mañana, en la banca del kiosco, diciéndote que no quiero que se acabe.
—Yo también llevo catorce años —dijo él, con la voz rara—. Catorce años con una culpa que no me dejaba volver. Catorce años sin decirle a nadie lo que me pasó en el baile. —Me miró—. Y de pronto estás tú, y no puedo dejar de pensar en que mañana, si no hago nada, te vas a ir, y se va a llevar todo.
—Mañana es la boda —dije—. Después de la boda, el domingo…
—Después de la boda —dijo él—, te voy a decir algo. De verdad. Lo que sea que sea esto, te lo voy a decir completo. —Hizo una pausa—. Pero no esta noche. Esta noche, solo quiero quedarme aquí, en esta banca, contigo, sin que nada se acabe.
Me quedé mirándolo. La luna, la madrugada, sus ojos en la sombra.
—Está bien —dije—. Quedémonos aquí.
Y nos quedamos.
Y en la banca, con el pueblo dormido, se fue acercando, despacio, sin prisa, como quien tiene todo el tiempo del mundo.
Y yo no me aparté.
Y cuando su cara estaba a centímetros de la mía, cuando ya podía sentir su respiración en mi boca, cuando yo ya había cerrado los ojos, listo para lo que fuera…
…el teléfono de la familia truena.
El mío. El de la casa de la abuela, el que suena a las tres de la mañana y que solo puede significar una cosa: que alguien se está muriendo, o que alguien está pariendo, o que mi tía Chole descubrió que el pastel tiene fondant nuevo y quiere contármelo de inmediato.
—Es la casa —dije, con la voz rara.
Y saqué el teléfono. Y vi la pantalla. Y me quedé mirándolo, un segundo, dos, con el corazón a mil.
Y lo apagué.
—¿No vas a contestar? —preguntó Mateo, con la voz rara también.
—Es la casa —dije—. Si contesto, me dice mi mamá que vuelva. Y si me dice que vuelva, voy a volver. —Lo miré—. Y no quiero volver todavía.
Se quedó callado. La luna, la madrugada, el teléfono apagado en mi mano.
—Yo tampoco quiero que vuelvas —dijo, al fin.
Y se acercó. Y yo no me aparté.
Y esta vez no hubo teléfono que sonara, ni mamá, ni tía Chole, ni nada que se interpusiera.
Y lo besé.
O él me besó. No sé. La verdad, no sé quién se movió primero. Solo sé que de pronto su boca estaba en la mía, y que sus manos estaban en mi cara, y que el mundo, el pueblo, el kiosco, la luna, todo se quedó callado, como si también quisiera mirar.
Fue un beso de madrugada. De los que saben a que apenas empieza. De los que no se firman en ningún contrato.
Nos separamos, despacio, sin prisa, y nos quedamos mirando, frente a frente, con la respiración revuelta.
—Eso —dijo él, con la voz apenas un hilo—. Eso era lo que te iba a decir mañana.
—¿Eso?
—Eso, y más. —Se rió, bajito, sin humor—. Pero el beso era la parte fácil.
—¿Y cuál es la parte difícil?
—La de después. —Me tomó la mano—. La de explicarte todo lo que llevo catorce años sin decir.
Me quedé callada. Con su mano en la mía, y el teléfono apagado en el bolsillo, y la certeza nueva, rara, de que algo había cambiado para siempre entre los dos.
—Mañana —dije—. Después de la boda.
—¿Después de la boda?
—Me dijiste que mañana me ibas a decir algo, completo. Pues eso. Mañana, después de la boda, me lo dices. —Le apreté la mano—. Yo voy a estar ahí.
Se quedó mirándome. Un rato largo.
—¿Y si te da miedo lo que te diga?
—Me va a dar miedo —dije—. Pero voy a escucharte.
—¿Completo?
—Completo.
Asintió. Y se levantó, y me tendió la mano, y caminamos de regreso al portón de la abuela, con las manos agarradas y el pueblo dormido, y el teléfono apagado, y la noche, por fin, del lado nuestro.
En el portón, nos paramos frente a frente.
—¿Y esto? —preguntó él, señalando el espacio entre los dos—. ¿Esto ya no es un trato?
—Esto —dije—, esto es otra cosa.
—¿Y qué cosa?
—Eso te lo digo yo mañana —dije, y me reí—. Después de la boda. Para que no seas el único con discurso.
Se rió. Y me dio un beso en la frente, rápido, como si le diera vergüenza, y se fue caminando, calle arriba, con la chamarra sobre la pijama y los tenis sin agujetas, y se dio la vuelta una vez, a mitad de la cuadra, para verme.
Y yo me quedé en el portón, viéndolo irse, con el corazón a mil, la boca todavía con sabor a él y la certeza nueva, rara, de que mañana, después de la boda, iba a pasar algo que iba a cambiar todo.
No sabía si para bien o para mal.
Pero iba a pasar.