Novio de mentiras Capítulo 34 — El casi
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Capítulo 34 — El casi

La hacienda, de madrugada, era el lugar más silencioso del mundo.

Me acosté a las doce. A la una seguía despierto, mirando el techo. A las dos, me levanté, abrí la ventana y me quedé mirando el patio, las buganvilias, la silla donde mi mamá se sentaba a leer.

No había ruido. Ni perros, ni carros, ni el zumbido de la ciudad. Solo la casa, respirando despacio, y yo con la cabeza llena de cosas que no me dejaban dormir.

Bajé a la cocina a buscar agua, y la casa me fue saliendo al paso: la foto de mi papá en el pasillo, con su traje de boda, treinta años antes; el despacho que él nunca usó, lleno de planos que yo dibujaba de niño y que mi mamá había enmarcado; la silla del patio donde él se sentaba a ver llover.

La casa de mi infancia, la que dejé a los dieciocho y a la que volvía dos veces al año, con prisa, como quien paga una deuda.

Nunca me había quedado a mirarla. Nunca había tenido tiempo.

La cena de ensayo había sido un campo de batalla, y yo había ganado una batalla que no sabía que estaba peleando.

Fede con su copa, la tía Regina con sus hijos del extranjero, Xime con sus servilletas.

Y ella, al final de la mesa, aguantando todo con una sonrisa que me había dolido ver.

Yo la había defendido en el brindis. No lo había planeado.

Las palabras habían salido solas, como salen las que son de verdad.

Y después, la calle. El portón de la abuela. "¿Y si no me voy el domingo?" La había visto contra el portón, con los ojos llenos, diciendo que ya le dolía que me fuera. La había visto no apartarse cuando me acerqué.

Y Diego. Diego con las llaves en la mano, oyendo lo que no debía oír.

A las dos y media, abrí el chat de Valeria.

El último mensaje era el mío, el del miércoles, el que le mandé después de la fiesta de Paulina y que nunca contestó.

Lo leí otra vez, como si fuera a encontrarle un significado nuevo.

No lo encontré. El mensaje seguía siendo el mismo: un hombre de treinta y cuatro años escribiendo a las dos de la mañana como un chamaco de prepa.

Escribí: "No sé qué somos."

Lo leí. Sonaba a chamaco de prepa. Lo borré.

Escribí: "Lo que dije en la calle era de verdad."

Lo leí. Sonaba a amenaza. Lo borré.

Escribí: "No te vayas el domingo. Mejor: no me dejes irme."

Me quedé mirándolo. Tres renglones. Los más ciertos que había escrito en años.

No lo borré.

Tampoco lo mandé.

Me quedé con el teléfono en la mano, la pantalla encendida, la frase flotando entre los dos, a un dedo de distancia de mandarse al otro lado del pueblo.

Un dedo. Eso era todo lo que separaba la frase de Valeria. Un dedo y el miedo de siempre: el miedo de que lo leyera y no contestara. El miedo de que lo leyera y contestara. El miedo de que lo leyera, y contestara, y que su respuesta fuera "el trato era el trato, Mateo. El domingo, cada quien".

Cerré los ojos. La vi otra vez: en el portón, con los ojos llenos. En la cocina, pasándome el azúcar. En la iglesia, con las arras en las manos, mirándome como si el altar fuera nuestro. En la banca del kiosco, cerrando los ojos, esperando que yo la besara.

Y pensé en lo que me había dicho en la calle, cuando le pregunté "¿y si no me voy el domingo?": "Ya me duele bastante con saber que te vas."

Eso. Eso era la respuesta. La tenía enfrente, en la pantalla, en mis manos, y no hacía falta mandarla porque ya la había oído con su voz, en su calle, contra su portón, con su pueblo de fondo.

Cerré el teléfono. Lo puse en la mesita. Me acosté. Y miré el techo, y el techo me devolvió la mirada, como siempre, sin decir nada.

Y pensé en el baile.

Catorce años. La prepa, el salón de la cooperativa, la apuesta con los Rojas.

La invitación que le hice en persona, con el corazón en la boca, en el portal de la iglesia.

La noche del baile, los Rojas con las cervezas abiertas, y yo parado en el portal, viendo su vestido a lo lejos, sin atreverme a cruzar.

No fui. No por mi papá, no por un plan. Por cobarde. Y llevaba catorce años cargando con eso.

Ella esperó. Todo el baile, según contó el pueblo después. Con el vestido que su mamá le había cosido, esperando a un imbécil que no llegó.

Catorce años. Catorce años de culpa, de volver a San Gabriel cada Navidad sin quedarme, de pasarla de largo, de construir edificios de oficinas para no pensar en ella.

Y ahora la tenía enfrente, en mi pueblo, en mi cocina, arreglando pasteles conmigo, diciéndome que le dolía que me fuera.

Lo del baile ya no importaba. Importaba lo que venía: el domingo, la despedida, el trato terminado. O el domingo sin despedida, sin trato, con ella contra el portón, sin apartarse cuando me acerqué, con la luna de testigo y la voz de Diego cortándonos en seco.

Otro casi-beso. El segundo: la azotea y el portón. Dos veces, y las dos veces el mundo se interpuso.

Y yo, que llevaba catorce años sin atreverme, había decidido que la tercera no la iba a parar nadie.

Cerré el teléfono. Me acosté. Miré el techo.

Catorce años. Y el domingo, si no hacía nada, se iba a ir, y se iba a llevar todo: la cocina, la iglesia, la calle, la risa de cuando la imitaba a mi prima Xime. Todo.

Me senté. Encendí la luz. Y tomé una decisión.

Mañana, después de la boda, se lo digo todo. Todo: lo del baile, lo de la culpa, lo de estos cuatro días, lo de que no quiero que se acabe. Se lo digo como se dicen las cosas cuando ya no importa el orgullo. Se lo digo antes de que el domingo se la lleve.

No me lo voy a decir a mí mismo, como en la prepa, cuando me quedé parado en el portal sin atreverme a cruzar. Se lo voy a decir a ella. Con mi voz. Frente a frente. Aunque me tiemblen las manos. Aunque me salga mal. Aunque me diga que no.

—Mañana —dije, en voz alta, al techo—. Mañana, después de la boda.

El techo no contestó. Los techos nunca contestan. Yo tampoco necesitaba que contestaran.

Catorce años esperando para decir algo. Y ahora que lo tenía enfrente, claro, limpio, ensayado, me daba cuenta de que no era difícil.

Era solo miedo. Y el miedo, pensé, era igual de terco que ella: no se iba con órdenes, ni con contratos, ni con planos bien hechos.

Se iba solo cuando uno dejaba de darle la razón.

Y me quedé dormido, por fin, con el teléfono en la mano y la frase sin mandar, como si el mañana fuera a ser más fácil solo por haberlo dicho.

Mañana. Después de la boda. Mañana, todo. Y esta vez, pensé, el que espera no soy yo: soy yo el que va a llegar.