Capítulo 33 — ¿Qué somos?
Nos despedimos en la esquina de la casa de la abuela, como todas las noches, con el "mañana te veo" de siempre.
—Mañana es la boda —dijo Mateo.
—Ya sé que mañana es la boda.
—A las cinco, en la iglesia.
—Ya sé que a las cinco.
—¿Y después?
—¿Después qué?
—Después de la boda. —Se quedó callado un momento—. Después de la boda, el domingo, el trato se acaba. ¿Y después?
La pregunta me cayó encima como un balde de agua fría.
—Después —dije—, pues… cada quien. Tú a tu despacho. Yo a mi vida. Y listo.
—¿Y listo?
—Sí. ¿Qué otra cosa iba a ser?
—No sé —dijo él, y su voz sonó distinta, más baja—. Por eso pregunto.
Me apoyé en el portón de la abuela. La noche, la luna, las luces apagadas del pueblo. Y él parado frente a mí, con las manos en los bolsillos, mirándome como si yo tuviera la respuesta.
—Esto era un trato, Mateo —dije—. Tú lo dijiste. Novio de mentiras, contrato, reglas. El domingo termina. Cada quien por su lado. —Hice una pausa—. Era el plan.
—¿Y si ya no quiero que sea el plan?
La frase se quedó flotando en el aire.
—¿Qué quieres decir? —dije, y mi voz salió rara, como si no fuera mía.
—Quiero decir que… —Se pasó la mano por la cara—. Que no sé cómo se supone que vuelva a mi despacho después de esto. Que no sé cómo se supone que deje de venir al pueblo y deje de verte. Que no sé qué somos, Valeria. Eso es lo que quiero decir.
—Somos un trato —dije, y hasta yo oí lo falsa que sonó mi voz—. Somos un trato que se acaba el domingo.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Entonces, ¿por qué me miras así?
—¿Cómo te miro?
—Así —dijo él, y dio un paso—. Como si esto fuera de verdad. Como si no fuera un trato. Como si yo fuera alguien que te importa.
—Tú me importas —dije, y la frase se me escapó antes de que pudiera detenerla—. Quiero decir… claro que me importas. Eres mi novio. De mentiras. Pero…
—¿Pero?
—Pero nada. —Di un paso atrás—. Esto se acaba el domingo. Y mañana hay una boda. Y pasado mañana tú te vas. Y yo me quedo. Y todo vuelve a ser como era. —Me crucé de brazos, para tener algo que hacer con las manos—. Eso es lo que hay, Mateo. Eso es lo que firmamos.
—¿Y si no quiero firmarlo otra vez?
—No se firma otra vez. Se acaba.
—Valeria.
—No. —Lo señalé—. No me digas "Valeria" con esa voz. No me mires así. No hagas esto. —Sentí los ojos llenándose—. No hagas que esto duela antes de tiempo, Mateo. Ya duele bastante con saber que el domingo te vas.
Se quedó callado. La calle, la luna, el pueblo dormido.
Y entonces dio otro paso. Y otro. Y se quedó parado frente a mí, a un palmo de distancia, tan cerca que podía oler su colonia y oír su respiración.
—Y si no me voy —dijo, en voz baja—. ¿Qué?
—¿Cómo que "y si no te vas"?
—Y si no me voy el domingo. Si me quedo. —Me miró—. ¿Qué pasaría?
No supe qué decir.
No supe si era una pregunta de verdad o una de esas que se hacen para ver la reacción.
Y lo único que supe, en ese momento, fue que no quería apartarme.
Que estaba parada frente a él, con la espalda contra el portón, y que no me estaba apartando.
—Mateo… —dije.
—Dime algo —dijo él, con la voz rara—. Cualquier cosa. Dime que esto no es solo un trato. Dime que lo del fondant, lo de la cocina, lo del brindis, no fue solo actuación. Dime algo, Valeria.
—Yo…
—¿Diego? —dijo una voz, detrás de nosotros—. ¿Eres tú?
Nos separamos como si nos hubieran echado agua.
Era Diego. Diego Salas, con las llaves del carro en la mano, parado a tres metros, mirándonos con una expresión rara.
—Val —dijo, con la voz extraña—. Mateo. —Nos miró a los dos—. Buenas noches.
—Diego —dije, con el corazón a mil—. ¿Qué haces aquí?
—Iba a casa de Karla. Dejé algo. —Se quedó parado, sin moverse—. Oigan… yo no quiero meterme en nada, pero… —Hizo una pausa—. ¿Oí bien? ¿Lo del trato?
El mundo se detuvo.
—Diego —dijo Mateo, con voz de piedra—. No oíste nada.
—Oí algo —dijo Diego, y su cara cambió—. Oí "trato". Oí "se acaba el domingo". Oí "novio de mentiras". —Nos miró—. ¿Es un trato? ¿Todo esto es un trato?
—Diego, escúchame —dije, y mi voz salió urgente—. Es una historia larga. Es… es complicado. Pero no es lo que piensas.
—¿No? —Diego se rió, sin humor—. Porque suena exactamente a lo que pienso.
Suena a que la señorita Montes anda fingiendo un novio para su boda familiar, y a que el arquitecto Del Valle anda de prestado.
—Sacudió la cabeza—. No me digas que no es lo que pienso, Val.
Porque te conozco. Y esto… —Señaló a Mateo—. Esto no se te parece.
—¿Y qué se me parece a mí, Diego? —dije, y mi voz sonó más alta de lo que quería—. Porque tú hace dos días me dijiste que me habías querido, y hace cuatro años no me buscaste, y hace catorce no fuiste a mi baile de la prepa. —Hice una pausa—. Dime qué se me parece a mí, para saber si te creo.
Diego se quedó callado.
—Tienes razón —dijo, al fin, y su voz cambió—.
No te conozco. Ya no. —Se pasó la mano por la cara—.
Y tal vez por eso te vi con él y sentí… no sé.
Algo raro. —Se encogió de hombros—. No te preocupes.
Yo no soy de los que cuentan chismes. —Hizo una pausa, y su mirada se volvió rara, pesada—.
Pero quiero que sepas una cosa, Val. Si este trato te termina lastimando, no voy a poder quedarme callado.
—Diego…
—Ya lo oíste. —Se encogió de hombros—. No te voy a contar a nadie. Pero tampoco voy a ver cómo te rompen el corazón en silencio. —Nos miró a los dos—. Cuídense.
Y se dio la vuelta, y se fue caminando, calle abajo, hacia la casa de Karla, con las llaves sonando en la mano, y su sombra se fue alargando bajo la luna, hasta que se lo tragó la esquina.
—Eso estuvo feo —dijo Mateo, en voz baja.
—Estuvo feo —dije—. Pero pudo estar peor.
—¿Peor?
—Pudo haberlo oído la abuela. —Sonreí, sin ganas—. Y entonces sí, Mateo Del Valle, te darían dos cucharadas.
Y yo me quedé parada frente al portón de la abuela, con el corazón en la boca, viendo cómo la noche se llevaba a Diego y con él, la última esperanza de que el trato siguiera siendo un secreto.
—Diego sabe —dije.
—Diego sabe —dijo Mateo.
—Y Diego no es de los que cuentan chismes —dije—. Pero también dijo que las mentiras siempre acaban cobrando.
—¿Y tú qué crees?
—Creo que tiene razón —dije, y la verdad me pesó—. Creo que tiene razón, Mateo.
Y ninguno de los dos dijo nada más, porque no había nada que decir: el trato tenía fecha de caducidad, y la caducidad acababa de subirse a un carro y alejarse por la calle principal.