Capítulo 32 — El regreso
Nos dejó el carro en la esquina de la plaza, porque Mateo dijo que quería caminar un poco y porque yo, la verdad, no quería que la noche terminara.
Caminamos por la calle principal, con el pueblo dormido y las luces de la tienda de Don Aurelio apagadas. La luna estaba llena, o casi, y las sombras de los árboles se veían largas.
—Oye —dije—. Tu prima Xime.
—No digas nada.
—"En la ciudad los colores de otoño se usan en tonos terracota, no en salmón."
—No empieces.
—"¿En el pueblo todavía se usa el salmón?" —Me llevé la mano al pecho, con dramatismo—. "Porque en la ciudad, verás, el salmón es de temporada."
—Valeria.
—"Los hijos estudian en Londres y en Boston." —Hice la voz de la tía Regina, aguda y condescendiente—. "¿Y usted ha viajado, señorita Montes?"
—Ya, ya.
—"A Guadalajara —dije yo—. Y a León, una vez." —Me paré, lo miré, y me reí—. "Muy bonito León." ¡Mateo! ¡Le dije "muy bonito León" a tu tía! ¡Como si León fuera un destino turístico!
Mateo se estaba riendo. De verdad riéndose, con la cabeza echada para atrás, con una risa que no le había oído nunca, una risa de las que se le escapan a uno sin permiso.
—Tu cara —dijo, entre risas—. Tu cara cuando Xime dijo lo de las servilletas. Yo vi tu cara.
—Mi cara decía "estoy contando los minutos".
—Tu cara decía "me voy a comer el salmón crudo si hace falta, pero esta señora no me va a ganar".
—Pues claro que no me iba a ganar. —Seguí caminando—. Soy una Montes. Las Montes no se achican en cenas de ricos.
—¿Y qué hacen las Montes en cenas de ricos?
—Aguantan —dije—. Comen poquito, sonríen mucho, y luego se van a su casa y se ríen de todo. Es tradición familiar. La abuela dice que los ricos también lloran, solo que en terracota.
Se rió otra vez. Y caminamos un rato en silencio, con la risa todavía flotando entre los dos, y el pueblo callado, y la luna.
—Tu mamá me llevó al corredor —dije, de pronto.
Se detuvo.
—¿Qué?
—Al corredor. A enseñarme las buganvilias. —Lo miré—. Me preguntó qué soy de ti.
Mateo se quedó callado. La luna, la calle, su cara en la sombra.
—¿Y qué le dijiste? —dijo, al fin.
—Que te estoy conociendo. Que no sé bien qué somos. Que no es un juego.
—¿Y ella qué dijo?
—Dijo que eso era más de lo que había sacado de sus hijos en treinta años. —Sonreí—. Y que volviéramos a cenar, porque el salmón se enfría.
Mateo se quedó mirándome. Largo. Con una expresión que no supe nombrar.
—¿Qué? —dije.
—Nada —dijo—. Es que… —Se pasó la mano por la cara—. Es que no sé qué se supone que haga con eso.
—¿Con qué?
—Con que mi mamá te haya llevado al corredor. Con que le hayas dicho que me estás conociendo. Con que hayas aguantado a Fede y a Xime y a la tía Regina sin soltar una sola grosería. —Me miró—. Con que me caigas bien, Valeria. —Hizo una pausa—. Me caes bien cuando no actúas.
Me quedé helada.
—¿Cuándo actúo?
—En el mercado. En la plaza. En la iglesia. —Se encogió de hombros—. No digo que esté mal. Es parte del trato. Pero ahora, aquí, en la calle, sin público, sin nadie que nos vea… —Se detuvo—. Me caes bien. Eso es todo. Me caes bien de verdad.
No supe qué contestar. Porque era lo más honesto que me había dicho desde que empezamos, y porque yo sentía exactamente lo mismo, y porque si le contestaba con una broma, iba a sonar falsa, y si le contestaba de verdad, iba a tener que admitir que la noche, la luna, la calle, él, todo me caía bien de una manera que no cabía en ningún contrato.
—Tú también —dije al fin—. Me caes bien cuando no actúas.
Se quedó callado. La calle, la luna, los dos parados como tontos en medio del pueblo, sin saber cómo seguir.
Pasamos por el kiosco de la plaza, y Mateo se detuvo un momento, mirándolo.
—¿Te acuerdas de ayer? —dijo.
—¿De ayer qué?
—De aquí. De la banca. Del elote. —Señaló el kiosco—. Tú me diste la mitad de tu elote, y yo, que soy arquitecto y que he comido en los restaurantes más caros de la ciudad, me quedé pensando que era lo mejor que había comido en años.
—Era un elote de veinte pesos.
—Por eso. —Me miró—. Los elotes de veinte pesos no vienen con compromiso. Vienen con limón y chile y nada más. —Hizo una pausa—. Y aun así, me supo a otra cosa.
—¿A qué te supo?
—No sé. —Se encogió de hombros—. A algo que no sabía que estaba buscando.
Me quedé callada. La plaza, la luna, el kiosco, la banca donde tres días antes todo había empezado a cambiar.
—Yo también —dije, y mi voz salió baja—. Yo también sentí algo raro, Mateo. Y no sé qué es. Y me da miedo. Y mañana es la boda, y pasado mañana te vas, y yo… —Me detuve—. Yo no sé qué voy a hacer cuando te vayas.
—¿Y si te dijera que no me voy?
—Te diría que es muy pronto para saberlo.
—¿Y si te dijera que lo sé desde el jueves?
—Te diría que los arquitectos no deciden así. —Sonreí—. Los arquitectos hacen planos, y presupuestos, y estudios de mercado.
—¿Y si te dijera que ya hice el estudio de mercado?
—¿Y qué dice el estudio?
—Dice que no hay ningún otro pueblo como este. —Me miró—. Y ninguna otra pastelería.
No supe qué contestar. Y no contesté. Y seguimos caminando, con la luna, y el silencio, y las palabras flotando entre los dos, sin saber bien qué hacer con ellas.
Llegamos al portón de la abuela. Nos paramos frente a frente, como todas las noches.
—¿Mañana? —dijo él.
—Mañana —dije—. La boda.
—¿Y después?
—Después —dije—, nos vemos. Supongo. —Me reí, bajito—. Es lo que hacen los novios, ¿no? Verse después de la boda.
—Los novios se ven siempre —dijo él, con una voz rara—. Es parte del trato.
—¿Y cuando se acabe el trato?
—Entonces ya no es un trato. Es otra cosa.
—¿Y qué cosa?
—Eso —dijo él—. Eso es lo que te voy a decir mañana, después de la boda. —Hizo una pausa—. Si me dejas.
—Te dejo —dije, y la frase me salió antes de pensarla—. Quiero decir… sí. Claro. Te dejo.
Asintió. Y se dio la vuelta, y caminó tres pasos, y se detuvo.
—Oye.
—¿Qué?
—El elote —dijo—. Mañana te invito otro. Para que veas que no era suerte.
—¿Y si es suerte?
—Entonces te invito dos.
Y se fue, calle arriba, con las manos en los bolsillos, y yo me quedé en el portón, con la risa y el corazón a mil, pensando que el elote de veinte pesos, el de mañana, el de los dos, iba a ser el más caro de mi vida.
Y caminamos el resto del camino en silencio, y el silencio era de los buenos, y yo no quería que terminara.