Novio de mentiras Capítulo 31 — El brindis
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Capítulo 31 — El brindis

La vi desde el otro lado de la mesa.

Valeria aguantando. Valeria con la espalda recta y la sonrisa puesta, respondiendo a la tía Regina con una educación que le estaba costando cada palabra. Valeria escuchando a Xime explicarle los tonos terracota. Valeria diciendo "qué interesante" con la cara de quien está contando los minutos.

Mi familia, en pleno, hacía lo que mi familia siempre hacía: medir a la gente nueva. Pesarla. Ver si aguantaba.

Y ella aguantaba. Dios, cómo aguantaba.

—Tu novia es muy… del pueblo —dijo Fede, a mi lado, con la copa en la mano—. No te lo digo como insulto, primo. Es que se nota.

—¿Qué se nota?

—Que no es de aquí. De la ciudad, digo. —Se encogió de hombros—. No es tu tipo. Tú sales con las de la oficina, las de las botas y los vestidos caros. —Me miró—. Ella es otra cosa.

—Sí —dije—. Es otra cosa.

—¿Y eso te gusta?

Lo miré. A Fede, que no había movido un dedo en su vida sin preguntarle primero a su mamá. A Fede, que había llegado a la hacienda con una maleta llena de ropa para "dos días" y un séquito de opiniones sobre todo.

—Me gusta —dije—. Me gusta mucho.

Fede parpadeó. No estaba acostumbrado a que yo contestara.

—Bueno —dijo—. Yo solo digo que se le nota. El pueblo, digo. En la manera de hablar, en la ropa, en cómo mira las cosas.

—¿Y qué tiene de malo?

—Nada. Nada. —Alzó las manos—. Yo no dije nada.

—Dijiste que se le nota. —Lo miré—. Y se le nota, Fede. Se le nota que es de un lugar donde la gente se saluda, donde la gente se conoce, donde la gente se queda. Se le nota que es de verdad. Y eso, para nosotros, es lo más raro que hay.

Fede abrió la boca. No encontró nada que decir. Mi mamá, desde la cabecera de la mesa, lo vio todo.

—Mateo —dijo mi mamá, con su voz de directora—. ¿Un brindis?

—Un brindis.

Me paré. Levanté la copa. La mesa entera me miró: los primos, las tías, la vajilla de porcelana, los candelabros. Y Valeria, al final de la mesa, con las mejillas encendidas, mirándome con una expresión que no supe leer.

—Por mi hermano y por Paulina —dije—. Porque se van a casar mañana, y porque de toda esta familia, son los que mejor lo van a hacer. —La mesa se rió, suave—. Y por Valeria.

Hubo un silencio. Un silencio de esos que se sienten.

—Por Valeria —repetí, y la miré—. Que es la mejor pastelera de la ciudad, y la persona más lista de esta mesa, y la única que ha trabajado de verdad en su vida. —Me encogí de hombros—. Yo también sé leer a la gente, Fede. Y ella es la única persona aquí que no está fingiendo nada.

La mesa se quedó callada.

Mi mamá, con la copa a medio levantar, me miró de una manera que no le conocía: como si yo hubiera dicho algo que no esperaba.

—Brindemos —dijo, al fin, y levantó su copa—. Por los novios. Y por las personas que no fingen.

Todos brindaron. Yo me quedé de pie un segundo más, mirando a Valeria, que tenía los ojos brillosos y la boca apretada, como si estuviera conteniendo algo.

—Salud, Valeria —dije, y tomé mi copa.

—Salud, Mateo —dijo ella, y su voz sonó rara, y yo supe, en ese momento, que había hecho algo de lo que no sabía las consecuencias.

La cena siguió. Fede se olvidó de su brindis —el suyo, el oficial, el que ensayó tres veces en el pasillo— y se pasó el resto de la noche mirando su plato.

Xime encontró un tema nuevo: los postres de boda "en la ciudad", que ahora se hacen de mousse y frutos rojos, no de tres pisos de fondant.

La tía Regina le preguntó a Valeria si conocía a alguien de su familia que hubiera "hecho algo importante", y Valeria respondió, con una sonrisa que me llegó hasta el otro lado de la mesa:

—Mi abuela tiene ochenta y dos años y sigue amasando su propio pan. Eso es importante, tía.

La tía Regina no supo qué contestar. Yo tampoco. Pero por razones distintas.

Después del postre —tres pisos de mousse, por supuesto, porque Xime había ganado esa batalla—, Valeria se levantó a buscar el baño, y yo aproveché para respirar. Y fue entonces cuando mi mamá me alcanzó en el corredor de las buganvilias, donde estaba mirando la luna.

—Mateo —dijo, a mi lado, sin mirarme—. Lo del brindis.

—¿Qué tiene lo del brindis?

—Nada. —Hizo una pausa—. Es que nunca te había oído defender a alguien así. Ni a tu hermano. Ni a mí. —Me miró—. Ni a ti mismo.

—No sé de qué hablas, mamá.

—Defiendes bien a tu gente, Mateo. —Sonrió, con una sonrisa rara, de las que no usa en público—. Eso no lo aprendiste de mí. Tu papá defendía así a la suya. —Se ajustó el chal—. Me alegra que te haya tocado a ti, hijo. Es lo mejor que te dejó.

Y se fue, antes de que yo pudiera contestar, dejándome con el corredor, las buganvilias y un nudo en la garganta que no esperaba.

En la despedida, en la puerta de la hacienda, mi mamá le dio a Valeria dos besos —los dos besos de la familia, los que se dan a los de adentro— y le dijo, en voz baja, con esa voz suya de cuando habla en serio:

—Señorita Montes, espero verla pronto. —Hizo una pausa—. Y si mi hijo la vuelve a dejar esperando como en la prepa, me avisa. Yo misma lo regaño.

—¿Señora? —dijo Valeria, con los ojos redondos.

—El pueblo habla, señorita. Y el pueblo dice que usted esperó en un atrio a un Del Valle que no llegó.

—Sonrió, con una sonrisa que no le había visto nunca—.

Los Del Valle tenemos fama de malos pagadores.

Pero yo, cuando elegí al mío, lo esperé tres años.

Y valió la pena. —Le apretó la mano—. Usted decide si el suyo vale la pena.

Pero no decida por lo que digan los demás. Decida por lo que sienta.

Valeria se quedó sin palabras. Yo también.

Y en el carro, de regreso al pueblo, ninguno de los dos dijo nada durante un buen rato. La noche, la carretera, los faroles.

—¿Por qué lo hiciste? —dijo ella, al fin.

—¿Hacer qué?

—Lo del brindis. Lo de "la mejor pastelera". Lo de "la única que no finge". —Se volvió hacia mí—. No era parte del trato, Mateo. Defender a la novia en el brindis no viene en el contrato.

—Mi familia es mi problema —dije—. No tenía por qué aguantar a Fede.

—¿Y por qué la defendiste a ella? —insistió—. A mí. ¿Por qué la defendiste a mí?

Me quedé callado. El carro, la noche, sus ojos en la oscuridad.

—Porque es la verdad —dije.

—¿La verdad?

—La verdad. —Apreté el volante—. Eres la mejor pastelera. Eres la persona más lista de la mesa. Y eres la única que no estaba fingiendo. —Hice una pausa—. Lo dije porque es verdad, Valeria. No porque viniera en el contrato.

Ella no contestó.

Se quedó callada el resto del camino, mirando por la ventana, con las manos cruzadas sobre el regazo.

Y yo no supe si lo que había dicho la había acercado o la había asustado.

Pero la verdad era la verdad.