Novio de mentiras Capítulo 30 — La cena de ensayo
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Capítulo 30 — La cena de ensayo

La hacienda de los Del Valle, de noche, parecía sacada de una revista de bodas: la fachada blanca, los faroles del patio, la mesa larga bajo la parra con velas y vajilla de porcelana. Hasta el aire olía a dinero.

Yo iba del brazo de Mateo —el trato, la regla número uno, el brazo de los novios— y sentía que la camisa nueva, la que compré para la ocasión, me quedaba chica por todos lados.

—No mires todo —murmuró Mateo—. Pareces turista.

—Soy turista —murmuré—. Soy turista en un pueblo que no es el mío, en una casa que no es la mía, con una familia que no es la mía. ¿Qué querías, que mirara el piso?

—Podrías mirarme a mí. Es lo que haría una novia.

Lo miré. De verdad lo miré: el saco azul marino, la camisa blanca, la manera en que su mamá le arregló el cuello antes de que entráramos, como si él tuviera doce años. Y sentí, otra vez, ese empujón en el pecho que ya no sabía cómo llamar.

—¿Y qué? —dijo él.

—Nada. Estás guapo. Ya me lo dijiste. No me lo vuelvas a decir.

—Yo no te lo dije.

—Te lo dije yo. Es un cumplido. Acéptalo y calla.

Se rió. Y con la risa, la familia nos rodeó.

Emilio, el novio, fue el primero en saludarnos. Se veía feliz, de verdad feliz, con esa felicidad de los que no tienen que fingir nada: me dio un abrazo, me dijo "gracias por venir, cuñada", y la palabra me cayó rara, como un zapato que no es de mi talla.

—¿Cuñada? —dije, cuando Emilio se fue—. Tu hermano me dijo cuñada.

—Mi hermano es un optimista —dijo Mateo.

—¿Y eso qué significa?

—Significa que cree en los finales felices. —Me miró—. Es de la familia. No lo puedo evitar.

Y antes de que pudiera preguntarle qué quería decir con eso, apareció su mamá.

La mamá de Mateo era exactamente como me la había imaginado, y peor: alta, delgada, con el pelo perfecto y una sonrisa que se encendía y se apagaba como una lámpara. Se llamaba Camila. Me tomó las dos manos, me miró de arriba abajo con una velocidad que no dejaba nada afuera, y dijo:

—Señorita Montes. Por fin. Mateo no nos habla de usted desde la prepa, y cuando nos habló, nos habló de una niña en un baile. —Sonrió—. Qué bueno que creció.

—Gracias, señora —dije, y le sostuve la mirada—. Yo también tengo mis recuerdos de la prepa. Muy buenos. —Le sonreí—. Aunque de entonces a ahora, la verdad, me quedé igual de bajita.

Camila parpadeó. Una décima de segundo. Suficiente.

—Qué encantadora —dijo, y me soltó las manos—. Pasen, pasen. La mesa está servida.

Y mientras cruzábamos el patio, sentí el mensaje que me había llegado la noche anterior, el que todavía llevaba guardado en el bolsillo: "Señorita Montes, soy Camila Del Valle. Mañana, en la cena de ensayo, quiero hablar con usted a solas. No le diga a Mateo."

—¿Estás bien? —preguntó Mateo.

—Perfecta —dije, y sonreí—. Estoy perfecta.

La cena fue un campo minado.

El primo Fede, el del brindis, me preguntó si el pastel era "artesanal o de los que compran en el súper", con una sonrisa que pretendía ser amable.

La prima Xime, la de las servilletas, me explicó que "en la ciudad" los colores de otoño se usan en tonos terracota, no en salmón, y me preguntó si en el pueblo "todavía se usaba el salmón".

La tía Regina, la de los hijos del extranjero, me contó que sus hijos estudiaban en Londres y en Boston, y me preguntó si yo había "viajado".

—A Guadalajara —dije—. Y a León, una vez. —Sonreí—. Muy bonito León.

Hubo un silencio. El tipo de silencio que se hace cuando la gente decide no decir lo que piensa.

Y yo, la pastelera que llevaba una semana fingiendo ser novia de un Del Valle, sentí el peso de la mesa entera: los ojos, las sonrisas, los codazos disimulados. La sentí como se siente el agua fría antes de entrar.

Y entonces, entre el segundo y el tercer plato, Camila Del Valle se inclinó hacia mí y dijo, en voz baja, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos:

—Señorita Montes, ¿me acompaña al corredor? Quiero mostrarle las buganvilias.

Miré a Mateo, que estaba en la otra punta de la mesa, hablando con su hermano. Él no oyó nada.

—Claro, señora —dije.

El corredor de la hacienda olía a jazmín y a tierra mojada. Las buganvilias, enormes, se subían por los arcos. Camila caminó un trecho en silencio, y luego se volvió.

—Voy a ser directa —dijo—. A los Del Valle no nos gusta andar con rodeos.

—Adelante.

—Mateo nunca trae a nadie al pueblo. Nunca.

Ni novias, ni amigas, ni clientas. El pueblo es su lugar de vacaciones, el lugar al que viene a esconderse.

—Me miró—. Y de pronto aparece usted, la señorita Montes, y mi hijo anda con una libreta, y se ríe, y arregla pasteles, y ensaya miradas en la iglesia.

—Hizo una pausa—. El padre Memo me contó lo de la mirada.

—¿El padre Memo le contó?

—El padre Memo me cuenta todo. Es primo de mi difunto esposo, pero para la familia es familia.

—Sonrió, con una sonrisa que no era cálida—.

Y me dijo que la mirada era de mentira. Y yo, que he visto a mi hijo con veinte mujeres, ninguna en serio, le digo: señorita Montes, usted no es su tipo.

Usted es demasiado de verdad para mi hijo.

No supe si eso era un insulto o un cumplido.

—¿Y por eso me trajo al corredor, señora? ¿Para decirme que no soy su tipo?

—La traje al corredor para decirle esto: si esto es de verdad, quiero saberlo.

Si es de mentira, quiero saberlo también.

—Se acercó—. Porque los Del Valle no jugamos, señorita.

Los Del Valle no fingen. Y yo no voy a permitir que nadie juegue con mi hijo, ni que mi hijo juegue con nadie.

—Me miró a los ojos—. Así que dígame: ¿usted qué es de Mateo?

La pregunta me cayó como una losa.

Y yo, la mentirosa, la que llevaba una semana diciendo "es mi novio" a todo el pueblo, no pude contestar.

Porque no sabía qué era de Mateo.

Porque ya no sabía si era la novia, la actriz, la del trato, o la que se había quedado mirando la cocina de la tienda mientras él le pasaba el azúcar.

—Soy… —dije—. Soy…

—¿Sí?

—Soy alguien que lo está conociendo —dije al fin, y fue lo más verdadero que dije en toda la noche—. Y él a mí. Y no sé bien qué somos. Pero no es un juego, señora. No es un juego.

Camila me miró. Largo. En silencio. Con esa mirada suya que pesaba.

—Bueno —dijo, al fin—. Pues eso es más de lo que he sacado yo de mis hijos en treinta años. —Y por primera vez, su sonrisa fue casi real—. Vamos a cenar, señorita. El salmón se enfría.

Y volvimos a la mesa, y Camila Del Valle levantó su copa, y dijo, con la voz que se oía en todo el patio:

—Por los nuevos miembros de la familia.

Y todos brindaron.

Y yo, con la copa en la mano, pensé en que Camila no había dicho "por mi hijo y su novia".

Había dicho "por los nuevos miembros".

Como si ya supiera que los Del Valle, de una forma u otra, iban a quedarse conmigo.